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Arte e Ideas

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¡Javier y Rebeca, la apoteosis!

Esperábamos que el tenor y la soprano dieran una gran presentación, pero con sus voces, frescura, y talento superaron las expectativas.

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Las palabras quedan cortas para describir lo que pasó la noche del domingo 7 en Bellas Artes, en la Gala que ofrecieron el tenor Javier Camarena y la soprano Rebeca Olvera para celebrar una década de su debut en el Palacio con la ópera La fille du régiment (La hija del regimiento). Ambos cantantes hicieron lo que les vino en gana con sus voces maravillosas y dejaron hipnotizados a los congregados. Javier, impecable e implacable, cantó incluso arriesgando la voz. Rebeca estuvo estupenda, talentosa, simpática, guapísima, más madura.

Ciertamente fue una celebración que al final quedó un tanto cuanto caótica porque se les ocurrió cambiar el programa original, cosa que honestamente resultó mejor. En México la gente se puede dar estas licencias poéticas , cosa que no se podría en Zürich ni en Salzburgo. Entendemos que, como buenos mexicanos, un Bakunin en cada hijo te dio .

El público se dividió en dos secciones: los de adentro , entre los que se encontraban funcionarios del gobierno federal y local, artistas, cantantes, intelectuales; y el público de afuera , una multitud variopinta embelesada frente a una pantalla gigante que seguía puntualmente el concierto. Sentadas estarían poco más de 200 personas, más otras 300 que permanecían de pie soportando el viento frío de la noche.

Puede ser que muchas de ellas, hasta hoy no supieran lo que era una ópera o un aria... Y a juzgar por sus caras, su atención e incluso sus comentarios, acababan de descubrir algo nuevo en la vida, un nuevo tipo de música que les fascinó. Poner una pantalla gigante ahí, casi a las puertas del Metro Bellas Artes, fue genial.

La Celebración o Gala, como se le quiera llamar, estuvo dividida muy claramente en dos partes opuestas totalmente entre sí. En la primera, un Javier Camarena, muy profesional, serio, metido en su papel, cantó como Dios manda, con esas avalanchas de notas que lanza en segundos, con esos fraseos que son como una montaña rusa, en donde transita de lo agudo a lo grave con una facilidad increíble sosteniendo siempre muy sólido su centro. Uno observa su avalancha de sobreagudos y tiene que admirar ese manejo magistral de su columna de aire, su técnica bien aprendida, que hace ver que Javier canta muy fácil , pero no es así, es disciplina.

Camarena, cantante rossiniano, esta vez dejó a Rossini en el armario y prefirió a Donizetti ( Ed ancor la tremenda porta... de Roberto Devereux); a Bellini ( Vieni fra queste braccia... , del dueto de Los puritanos); a Verdi ( Ella mi fu rapita... , de Rigoletto), aria que le valió una sonora ovación con el público puesto de pie. Electrizante... Y cantó con Rebeca un dúo de Rigoletto que causó furor entre los congregados: É il sol dell’anima...

Por lo que respecta a Rebeca Olvera, la bella poblana también cumplió con el papel que se había propuesto: la primera parte fue seria, casi solemne, entregada totalmente a cuidar su línea de canto, siguiendo escrupulosa y limpiamente las notas marcadas en la partitura. Llevaba un vestido morado con el largo hasta el piso con el que se veía muy elegante. Cantó como ella sabe, con técnica, con pasión, con entrega, como una diosa, como una diva, con su voz de plata. En el programa también optó por Donizetti. Con Bellini lució (en Ah! non credea mirarti... de la ópera La sonámbula) y fue correspondida con una fuerte ovación.

Cambio radical

Pero en la segunda parte, las cosas cambiaron radicalmente. Aparte de que empezaron las zarzuelas, el punto se centró en el vestuario: Rebeca Olvera que hasta ahora se había mantenido recatada, hizo su aparición portando un imponente vestido de dos piezas en tonos azules. Arriba, lentejuelas y pedrería, y abajo una falda tableada de vuelo amplio que llegaba hasta el piso. La diferencia más notoria con el vestido morado es que el azul tenía una abertura que llegaba muy arriba de la rodilla ( Niña, que no es como para andar paseando en bicicleta por las calles de Alcalá ). Más de un caballero dejó de respirar unos segundos, para luego aspirar buena parte del aire de la Sala principal del Palacio al ver tanta hermosura.

Rebeca y Javier siguieron con la ronda de canciones mexicanas, pero en un de repente, Camarena entró al escenario frotándose las manos, con esa mirada brillante que tiene, con esa picardía en sus ojos oliváceos. Llevaba una idea a cuestas. Entonces de cantante pasó a ser maestro de ceremonias. Nunca el Palacio había tenido un animador mejor que éste. Entonces, un poco tarde, comenzó a explicar cuál era el sentido de la celebración: festejar los 10 años del debut de esta pareja en Bellas Artes. Camarena agregó que, por tanto, querían cambiar el programa en su última parte, y que ahora cantarían un fragmento de La fille du régiment, ópera que los había lanzado a la fama. Visto así, suena de lo más lógico, de lo más sensato. ¿Por qué no se les ocurrió antes?

Javier y Rebeca, felices, eran los chicos del pastel, para quienes se había hecho esta fiesta grandotota de cumpleaños. Además de que celebraban los 35 años como director de Enrique Patrón de Rueda.

Dos horas y media después de iniciada, la fiesta en Bellas Artes del domingo 7 terminó.

El público de adentro estaba de pie, enloquecido. Los de afuera iban dejando sus lugares lentamente para no perder el último segundo de esta fiesta. Iban felices... Tenemos cantantes. Podemos tener público. Podemos tener ópera.

ricrdo.pacheco@eleconomista.mx

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