Ver al joven actor Esteban Castellanos desdoblarse en tres pequeños niños perdidos que tienen que sobrevivir dentro de una ciudad viciosa muy parecida a la nuestra, y ver que lo hace con desenvoltura, mucho ingenio y humor, es una de las experiencias estéticas más gratas que ofrece la cartelera teatral de la actualidad.

Más sorprendente aún es lo que este actor y director de la puesta en escena Los niños perdidos puede lograr con tan solo algunos elementos escenográficos: una silla, un gorrito, una pistola, un silbato y una luz roja. Todo lo demás se encuadra en el terreno de la imaginación y desde ahí Castellanos nos introduce en una historia cándida y muy cruda.

Los niños perdidos toca un tema duro y cercano: el abandono de los niños en un entorno urbano, en una jungla asfáltica que los devora, los traga y los exprime hasta vaciarlos de toda sensibilidad, un entramado de vicios que los enguye en su laberinto hasta perderlos y hacer que pierdan la cabeza:

¡Mátalo! , le dice uno de esos pinches chamacos a otro, una niña lista que ya en esos años ha aprendido a seducir a sus amiguitos. Aquel a quien ella interpela jala el gatillo, y con eso, como en la obra literaria La ciudad de Dios, provoca un cambio tanto en la formación del niño en cuestión como en el desarrollo de la obra teatral.

Se escucha el balazo y luego viene la oscuridad. Los niños se ríen y se sienten distintos. Un revólver caliente en manos del muchacho es su boleto de entrada a esa etapa que a falta de poder llamarla madurez es simplemente el destierro del Edén mítico, la pérdida de la inocencia. Una persona muere a manos de unos niños malcriados y, sobre todo, desatendidos por sus padres, y ellos, los niños, saltan de alegría, el primer instante del vigor se les filtra por los poros, acarician las mieles del poder y, principalmente, no se sienten afectados en lo más mínimo; solo miran al cadáver, se maravillan de la velocidad de la muerte y deciden seguir su camino.

Degradación desde las cloacas

Con este fondo sin telón, Castellanos nos sonríe con cinismo para presentarnos las cloacas desde donde buena parte de las futuras generaciones forman su personalidad ante la indiferencia de la ciudadanía y de sus gobiernos, en plena degeneración.

Mirar ese rostro de la infancia provoca el más aterrador de los desconciertos porque solo la negación puede producir optimismo. Ver los cascarones rotos con sus productos a medio formar causa asco pero esos productos no mueren, transitarán su vida como huérfanos mutantes, desechos de un mundo del cual no pidieron ser y al que ahora solo pueden quitarle lo que esté al alcance porque este mundo nada les dio, ni siquiera aquello que nos parece más natural: el cariño de los padres.

La obra se presenta en el teatro El Milagro y combina riesgo, vitalidad y muchas travesuras, características que exprime de si mismo el director y actor Esteban Castellanos, que a pesar de su juventud tiene una capacidad histriónica mayor.

Los niños perdidos

Teatro El Milagro (Milán 24 Col. Juárez)

Hasta el 29 de mayo (21 de mayo celebran 400 representaciones)

$140

Sábados 13 hrs