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Garage Picasso: Arte, poder y narco
El poder necesita al arte como propaganda y como reflejo de su propia importancia. Pero el arte necesita al poder aún más: como mecenas, a veces, pero sobre todo como enfrentamiento con lo que se sale de todo margen, lo que supera todo orden racional.

Si, como escribió Nietzsche, toda filosofía es la justificación racional de cierto estado de las cosas (es decir, de quién domina a quién), todo arte puede ser la justificación sentimental del status quo. Como sea, el arte es resultado de una investigación intuitiva de la realidad. Y la realidad, ya se sabe, es la doncella que siempre se le escapa al arte. Pero no por eso deja de perseguirla.
El arte y el poder, ese calibrador de lo real, siempre han tenido una relación tan cercana y conflictiva como la que tienen dos hermanos siameses unidos por la cadera. Infelices de estar siempre juntos, tarde o temprano uno acaba empuñando un hacha aunque eso signifique cortarse el hígado.
El poder necesita al arte como propaganda y como reflejo de su propia importancia. Pero el arte necesita al poder aún más: como mecenas, a veces, pero sobre todo como enfrentamiento con lo que se sale de todo margen, lo que supera todo orden racional. Como eso que podemos llamar sublime.
Retratar al poderoso como si su domino fuera digno de pasar a la posteridad, porque ningún artista crea para el olvido. Lo sublime hace que amor y odio se confundan, y que todo juicio moral se suspenda: ¿odiaba Velázquez a la infanta Margarita y a su padre, Felipe IV, rey de España como dicen los historiadores del chisme? Bendito el odio que nos legó Las Meninas , entonces.
Del horror también pueden nacer grandes obras: Noche y niebla de Alain Resnais es una de las cintas más poderosas de la historia cinematográfica, una obra de arte lograda gracias a la meticulosidad con la que los nazis documentaron el funcionamiento de los campos de exterminio.
Hablando de poder, horro y arte, quién lo duda, hoy los personajes de la conexión oscura del crimen organizado son tan poderosos que su presencia asemeja una fuerza de la naturaleza.
Así como en el siglo XIX los burgueses llegaron y cambiaron para siempre - para siempre , la frase misma es una ficción, pero cuando uno es capaz de imponer ese inmenso reglamento de juego que llamamos status quo cualquier cosa que haga tiene ecos y matices de eternidad- el rostro del mundo, a principios de nuestro siglo son sus contrapartes criminales los que, sin ideología ni más filosofía que el cuerno de chivo, protagonizan la nueva revolución.
El arte simplemente no puedo ignorarlos. ¿Cómo está pintando el arte a estos caballeros, estos reyes, estos nuevos burgueses? ¿Es posible un narcoarte?
En las próximas dos entregas de esta columna hablaremos más del arte que nos deja el narco. Hay toda una generación de artistas influidos por la violencia del crimen organizado. ¿Qué están observando que quizá mañana sea capaz de suspender todo juicio moral y confunda el amor y el odio?