Hace tiempo ya que, gracias a renovados estudios de su obra, la imagen de Gabriela Mistral no es sólo la de la Maestra de América, diplomática?y poeta sentimental. Su poesía menos convencional y sobre todo sus ensayos y recados son, sin embargo, menos conocidos por el gran público. Más que los poemas acerca de la maternidad, que durante su vida se leyeron desde una óptica conservadora que borraba la identidad queer de la autora (que ella misma velaba), la vigencia de Mistral se encuentra en poemas donde se manifiesta una visión crítica de la mujer y de la condición humana, como Todas íbamos a ser reinas o La extranjera , y en sus escritos políticos acerca de América Latina y los problemas sociales de su tiempo.

En el poema La extranjera ?expresa la soledad de quien es siempre vista como forastera,?así viva ochenta años entre nosotros : su lengua, su acento?y costumbres se asocian con lo animal, lo bárbaro. Incluso lo que calla resultaría extraño si lo enunciara: y ha amado con pasión de que blanquea,/ que nunca cuenta y que si nos contase/sería como el mapa de otra estrella . En estos días de xenofobia renovada, la muerte también extranjera a que se condena a la extraña obliga a considerar los efectos del rechazo hacia la otra , hacia lo que no conocemos ni intentamos entender.

Desde una perspectiva más claramente política, Mistral reivindica la importancia de la unidad de América Latina y critica el imperialismo que impuso en estas tierras explotación y autoritarismo. La asociación con los intereses de Estados Unidos de dictadores como Machado en Cuba o Somoza en Nicaragua, aliados o títeres del Gigante del Norte, es sólo uno de los males de un continente todavía sometido a una situación colonial. Conocedora de la tradición libertaria latinoamericana, Mistral reivindica, entre otros, a Martí como luchador sin odio , anterior a Gandhi, y como escritor pleno de ideas. También advierte contra el menosprecio de la libertad y denuncia la depredación de nuestros recursos naturales. Sus reflexiones llevan sin duda a preguntarse por qué persisten estos problemas y cómo superarlos.

Más complicadas para las lectoras actuales son las reflexiones de Mistral ante las transformaciones de la condición femenina. Aun cuando su obra poética dé pie a lecturas tradicionales de los roles de género, no deja de sorprender la contradictoria posición ante el cambio social de una mujer independiente, que destacó por sus actividades públicas, en la escritura, la docencia y la diplomacia, y que tuvo una vida sentimental heterodoxa en su época. Así, contra la incorporación plena de las mujeres al mundo del trabajo, Mistral argumentó, en 1927, que éstas no deberían participar en actividades contrarias a su naturaleza , que exigieran fuerza física, y que, en cambio, debían apegarse a actividades cercanas al cuidado de la infancia, o a ocupaciones neutras . En 1928, en un artículo en que reivindica el derecho al voto de las mujeres, manifiesta su preferencia por el sufragio otorgado, así sea por regímenes fascistas, y no ganado a través de luchas políticas. Si bien condena el fascismo, no parece preocuparle la diferencia entre un derecho obtenido y una concesión que conlleva manipulación política.

Éstas y otras posturas discordantes ni del todo conservadoras ni del todo progresistas le atrajeron críticas diversas: lo mismo la tacharon de feminista que de antifeminista. Lo admirable de Mistral es que, lejos de eludir la polémica, negó ser antifeminista, se deslindó del feminismo y mantuvo su independencia: no le interesaba, escribía, un parlamento con la mitad de mujeres si éste no era representativo de un grupo concreto. Si bien es obsoleta su propuesta de una representación por gremios con una composición de género tradicional, además sigue?vigente su crítica a la fraseología vaga de los diputados y al vacío de conceptos e intereses definidos en los parlamentos.

A 50 años de su muerte, Mistral?merece nuevas reediciones de sus escritos políticos que permitan reinterpretar su obra y apreciar la belleza de su prosa.

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