Autoconstrucción es una escultura animada, una obra de teatro sobre una escultura, una sinfonía de lo inestable a cuyo compás se mueven cinco actores sobre un espacio escultórico. No hay manera de entenderla sin los tres elementos: la música, la plástica y el teatro.

Y eso es una maravilla. Que tres mentes creativas, con visiones artísticas tan independientes como las de Cruz-Villegas, Castro y Fernández Ros puedan conjugarse en una sola obra de manera tan completa es algo que tiene que verse.

La premisa de este espectáculo (sí, es un gran espectáculo, mantiene la atención del público, hace reír y conmueve el ánimo) es la inestabilidad no sólo como elemento de construcción arquitectónica, también como parte determinante de la realidad.

Para lograrlo, los tres autores escogieron una comunidad invariablemente en obra negra: una ciudad perdida, una colonia en proceso de autoconstrucción. Y es que, si bien las ciudades están construidas de formas sólidas, de concreto, la realidad que habita ese escenario es tan cambiante y endeble como una casa construida con cartón y bolsas de plástico.

En escena tenemos a Katia Tirado (la piel llena de tatuajes, varios de ellos de Dr. Lakra, también artista de kurimanzutto) como una dura ama de casa que se presenta al mismo tiempo como un objeto lúbrico y piedra de toque de la comunidad.

Están Mario Eduardo D’León y Alfonso Cárcamo como los hombres que entre albures, caguamas y piropos guarros a las muchachas construyen su hombría al mismo tiempo que levantan casas; todo, la hombría y las casas, con materiales tomados de otro lugar, pedazos de otra cosa.

Y de otro lugar parece venir el personaje de Pilar Padilla, una estudiante que repite al dedillo el credo socialista y que está dispuesta a encabezar una guerrilla urbana para obtener la justicia que el status quo le niega a quienes viven a orillas de él. La guerrilla, finalmente, es también un modo de autoconstrucción.

Los músicos merecen mención propia. Oleg Gouk y Anna Litvinenkova llevan sus violines desde unos saltitos rítmicos imperceptibles hasta un canto que llega al grito. Pável Loaria, Edgar Revilla y Gino Soriano con sus saxófonos dan notas ligeras, divertidas, que dan cohesión al propio drama existente en la música de Fernández Ros.

Es una lástima que Autoconstrucción sólo vaya a presentarse durante tres fines de semana, pero eso también recalca la precariedad de la obra. Como una ciudad perdida, puede quedarse años o puede ser desalojada en cualquier momento.

cmoreno@eleconomista.com.mx

Galería kurimanzutto.

Gobernador Rafael Rebollar 94, San Miguel Insurgentes. Viernes 21 y 28, 9 de la noche. Sábados 22 y 29, 8 de la noche. Domingos 23 y 30, 7 de la noche. Admisión: $200. Cupo de 100 personas por función.

De cómo tres pueden hacer una unidad indivisible

Estamos en la galería kurimanzutto, así con k minúsucula, la galería mexicana que se ha convertido en algo así como la sede de toda una generación de artistas nacionales jóvenes y reconocidos en el extranjero.

Lo que se gesta en esta galería para el próximo mes ha puesto a especular al mundillo de las artes. Abraham Cruz-Villegas, escultor y una de la estrellas de la galería, ha invitado a sus cuates Antonio Castro, director teatral, y Antonio Fernández Ros, compositor, para hacer algo.

El resultado es "Autoconstrucción", un trabajo tricéfalo que es más que una obra de teatro, más que una escultura y más que música. No es un perfomance tampoco. Es la exploración estética del concepto de la autoconstrucción desde el punto de vista social, político y material.

Abraham, tu historia personal es importante para el proyecto.

Cruz-Villegas (CV): Yo crecía en una comunidad autoconstruida, la colonia Ajusco, nacida de la ocupación de un terreno ahí en los pedregales de Coyoacán. He hecho ya varios trabajos de investigación creativa al respecto, produje un libro en Glasgow, otro en Los Ángeles, tengo un documental en el que entrevisto a mis padres que fueron de los que comenzaron la colonia.

¿Por qué se juntaron, además de su amistad?

Antonio Castro: Creo que nuestro trabajo tiene puntos de encuentro, especialmente en nuestro procesos creativo. A mí no me fue difícil abrir mi proceso, que normalmente llevo en soledad, tanto a Toño como a Abraham. Aquí todo mundo opinaba de todo…

Antonio Fernández Ros: Era muy curioso ver a cada quien experimentar con cosas que no conoce. Mucha de la música salió de improvisaciones de ellos, todo fue tomando sentido de cosas discutidas y contaminadas por los tres. Yo puso bocetos musicales en la mesa, Tony de pronto armaba la dramaturgia de las escenas que nos imaginábamos, todo se iba detonando, no había nada escrito.

CV: Sí, esa es la palabra: contaminación. Yo puse en la mesa mi trabajo previo sobre la autocostrucción y ellos, después también los actores y los músicos, aportaron imágenes e ideas que a mí me sorprendía por lo cercanas que eran a mi propio proceso.

Y todo fluyó como agua, por lo visto. Se juntaron en enero y la pieza ya está lista en unos meses.

CV: Para mí era lógico trabajar con ellos. De repente agarraban maderas y una cubeta y armaban esculturas muy parecidas a las mías. Más que un proyecto de autoconstrucción fue un proceso auntoconstructivo, como una casa con las varilla salidas.

Castro: No podría imaginar un proceso más horizontal, porque todos estábamos caminando en territorio desconocido. Estábamos dispuestos a dejarnos afectar por los demás.

CV: Tenemos referentes en común, ellos saben que es la Bauhaus o Popova, no tengo que explicarles adondede va mi obra, los tres sabemos quién es John Cage, que está presente en la obra…

Fernández Ros: Y Chicoché, que también está aquí.