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Arte e Ideas

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¡Está temblando!

¿Por qué el terremoto del 85 es un tabú, si vivimos en una ciudad en la que tiembla, siempre ha temblado y morirá temblando?

Odio los temblores. Amo el DF, estoy casada con esta ciudad, pero los temblores son algo así como la taza del baño salpicada y el mi amor, ¿me planchas la camisa? de este matrimonio: razones de divorcio.

Entenderán que mi reacción no fue nada elegante el fin de semana pasado con el temblorazo que nos remeció (tomo el verbo prestado del titular con que CNN México dio la noticia; son unos poetas del periodismo esos muchachos) a todos hasta la conciencia. Me dio mucho miedo, me levanté de la cama esperando ver lo peor por la ventana: cuerpos, explosiones, seres ancestrales reclamándome mi deslealtad a mis raíces indígenas.

Soy agorera, qué les digo, y un ejemplo de cobardía. Mis cinco perros, en cambio, demostraron la entereza de los seres absolutamente naturales: si se hubiera caído la casa habrían recibido el techo moviendo la cola. Mis gatos me miraron con una superioridad irrebatible: cuando traté de abrazar a uno de ellos, me rasguñó y volvió a dormir. Pensé, mientras huía: Ahora sí, éste es el que tanto nos avisaron, éste el que nos venían prometiendo desde el 85 .

No me acuerdo del temblor de 1985. Bueno, sí me acuerdo. Me acuerdo del temblor de la mañana y me acuerdo de las indicaciones de mi papá para que mi mamá, mis hermanos y yo saliéramos con calma de la casa. Recuerdo perfectamente que yo sólo llevaba mi piyama y un calcetín y eso me preocupaba. Me acuerdo de la réplica del día siguiente: los cables de luz que chocaban e iluminaban la noche a chispazos. Hacía frío y mi mamá nos abrazaba a todos.

Son recuerdos que tengo muy claros y presentes. Lo más probable es que sean falsos.

Oliver Sacks, gran neurocientífico y escritor, lo explicó hace unos meses en un ensayo publicado en el New York Review of Books (échenselo: http://bit.ly/XaQRj7): nuestro cerebro no sabe distinguir entre recuerdos ciertos e inventados. Un recuerdo perfectamente espurio puede acomodarse sin problemas entre nuestras más queridas memorias si se cumplen algunas condiciones. Cuando el 85, yo era muy chica, casi un bebé. De esa época no tengo ningún recuerdo, excepto los del temblor. Pero esas escenas han sido comentadas varias veces en mi familia. Si a eso agregamos el impacto emocional del suceso para mi familia y para México, tenemos el tónico perfecto para engañar a mi memoria.

Mis recuerdos del 85 son fabricaciones de una mente infantil asustada y han sido perfeccionados a través de los años gracias a la mitología familiar y a mi necesidad de colocarme a mí misma no sólo en esa mitología, sino también en la historia reciente de mi país, de mi ciudad. Por eso son preciosos para mí. Pero encuentro pocas personas con quien compartirlos. He descubierto que el 85 es un tabú.

¿Por qué hablamos tan poco del terremoto del 85? Sus efectos fueron devastadores y tienen una enorme carga simbólica en nuestra idiosincrasia.

Dice Ignacio Padilla, en su ensayo Arte y olvido del terremoto (Almadía), que somos una sociedad obstinada en recordar el 2 de octubre de 1968, pero que ha decidido olvidar casi por completo el 19 de septiembre de 1985, aunque ambos sucesos son muy necesarios para entender nuestros trances democráticos. Padilla dice que justificamos tal sandez diciendo que el 2 de octubre tiene culpables claros que no han sido castigados, mientras ¿a quién culpamos de un movimiento telúrico? Como si los 40 mil muertos de aquella mañana y aquella noche no hubieran sido causados, en buena medida, por reglas de construcción deficientes, desarrolladores urbanos corruptos, mala política de protección civil, la tardía reacción de la autoridad y otros fallos institucionales gravísimos; errores increíbles en una ciudad que tiembla, siempre ha temblado y morirá temblando.

No es que el terremoto no haya tenido sus repercusiones. Ahora, nos dicen, los edificios están mejor construidos, los niños aprenden a desalojar desde el kínder y todos participamos en macrosimulacros cada 19 de septiembre. Las costureras de la colonia Obrera tienen su estatua y en el Centro está hoy la Plaza de la Solidaridad en homenaje a todos los que espontáneamente rescataron gente, viva y muerta, entre los escombros del Hotel Regis.

Sin embargo, no hay paces con el temblor. No hay casi artistas, novelistas, cineastas que hayan contado la epopeya del 85. Apenas destellos: Carlos Amorales con su pieza Germinal , donde pone fotos de los edificios caídos junto a textos anarquistas; el ensayo fotográfico DF penúltima región , de Gerardo Suter y la novela, de pronta aparición, Cuando Plutón era un planeta, de Flor Aguilera. Muy pocos tributos para una sociedad civil que, ante la destrucción completa de su ciudad, se organizó para sobrevivir junta. Ése debería ser nuestro más grande poema heroico.

concepcion.moreno@eleconomista.mx

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