Las palabras del año pasado, escribió el poeta T.S. Eliot, pertenecen al lenguaje del año pasado. Las palabras del próximo año esperan otra voz. La esperanza sonríe desde el umbral del año que llega, quieren creer los espíritus optimistas y hasta parece que desde los calendarios se desprende una voz susurrando: será más feliz . Mucho se ha escrito sobre estos días donde todo parece empezar otra vez. ?Todo parece como de estreno, nuevo y reluciente y diferentes pensamientos venidos de todo el mundo, se han recopilado a lo largo de los tiempos. Cada año nuevo cielo y tierra en armonía el primer día, escribe Masaoka Shiki, con su oriental sabiduría; no hay que ser haragán, y no esperes el año nuevo para tomar resoluciones porque todos los días son buenos para las decisiones buenas, reconviene el sacerdote español Josemaría Escrivá de Balague

Sin embargo, en el caso de nuestros cronistas mexicanos los escritos y reportes de año nuevo tienen un sabor distinto. Ángel de Campo, firmando con su seudónimo Tick-Tack publica un texto titulado Felicitaciones y cobros de pasada con motivo de Año Nuevo el último día de diciembre de 1901 donde relata en tono jocoso las costumbres de estos días (y también repasa algunos chismes).

Pues no todos pueden gozar del fin de año, y para no fatigar la atención de la cámara, citaré a los impresores de prensa de pie; a los evangelistas; a los mensajeros postales y telegráficos; a las doncellas de dulcería y a los mancebos de botica. Porque estamos en el siglo de las atenciones sociales, la cocinera Luz Pial de Alas, el portero Arturo Padrón, el bombeador Calixto Piedra, el gendarme Nicasio Lope, el cochero Simeón O’Faril, la de la recaudería Pancha Gotas, la profesora con título Angustias Diosdado, y hasta el pobre de solemnidad Adalberto Recalde; todos, todos sin excepción imprimiéndole el sello personal de sus deseos a lo económico, contribuyen al progreso de la industria nacional, consumiendo las cartulinas del país, para que contengan su nombre en góticas, cursivas, redondas, atanasias, versalitas, miñonas, de adorno, o a cuerno limpio, digo, a mano. Algunos envían algo simbólico, por ejemplo, una tarjeta con alegoría de color, una paloma de cuyo esponjado cuello pende un cuerno de la abundancia... y esa mensajería va a desear feliz año a Don Bernardo Fulton, a quien cuentan que se le desapareció del hogar su esposa Columba, llevándose lo vuelto del mandado; otros se arrancan con un barco que llega al puerto con un sol que nace detrás del Peñón; con un ramillete de nomeolvides, o con un San Antonio Abad que de lejos se antoja anuncio de la empacadora por el cerdo, y de cerca una broma pesada a Tadeo Lemus, prójimo que habla por las narices provisionalmente y confiesa humilde que le han luxado las costillas por celos .

Muy distinto el talante de ?Ignacio Manuel Altamirano, cronista por antonomasia del siglo XIX. En sus Crónicas de la semana, en El Renacimiento del 2 enero de 1869, en ocasión de un nuevo año escribió:

Es la hora de arrodillarse y de orar. En la mañana del primer día de enero es uno creyente y torna a la juventud con la memoria y con el corazón, acaba de llorar y sonríe, acaba de deshacer los hermosos tejidos de su imaginación vuelve a comenzarlos, como Penélope, en espera de la felicidad. En cada enero sentimos la amargura de un desengaño, pero saboreamos al mismo tiempo el néctar de un deseo.

Pero habría de dejar el melodrama y lo tremebundo, algunos años después cuando la realidad le salió como hace siempre brutal al paso y hubo de reseñar la muerte de Margarita Maza de Juárez.

En México, el año de 1871 ha entrado, como dice mi amigo Gostkowki, coronado de ciprés. En efecto, los primeros días de enero, consagrados generalmente a fiestas íntimas y a esperanzas placenteras, fueron turbados por el funesto acontecimiento de la muerte de la señora Juárez. La esposa del presidente de la República era una mujer eminente, no por el puesto que ocupaba en la sociedad, sino por sus altísimas virtudes. La sociedad mexicana, sin distinción de partidos, lo reconoce así, y es mucho que una sociedad dividida por profundos resentimientos y por obstinadas preocupaciones, rinda un homenaje espontáneo y uniforme a la verdad. Y es que la virtud de esa matrona resplandecía demasiado para que pudiera negarse. ¿Quién podría negar la luz del sol? La noticia de tamaña desgracia, heló la risa en los labios de todos. Parece que en el momento se extendió sobre México un velo de tristeza, que obligó a cada uno a lamentar en religioso recogimiento una pérdida irreparable. Los tiempos que vivimos no permiten los lutos oficiales; Juárez no es partidario de la pompa, y menos para sus asuntos privados; la modesta señora que acababa de morir la desdeñó durante su vida de elevación, con la sinceridad de las mujeres republicanas y de los corazones virtuosos. Así es: que no sólo no se dispuso nada oficialmente, con motivo de la muerte de la esposa del primer magistrado de la nación, sino que se omitieron hasta las invitaciones. Jamás se había llevado la modestia y la delicadeza democrática hasta ese extremo. Pero jamás tampoco se había hecho una demostración tan espontánea, tan general y tan tierna del sentimiento público. Al menos yo no recuerdo uno semejante desde que vivo en México, ni lo he oído decir. Cesaron los banquetes, cerráronse los teatros, las sociedades suspendieron sus sesiones y los talleres sus trabajos. Todo el mundo, nacionales, extranjeros, de todas edades y de todas las clases de la sociedad, se dirigieron en gran número a la casa mortuoria, sita en la colonia de los arquitectos, para acompañar el cadáver al cementerio de San Fernando, donde debía sepultarse .

Después Altamirano describe, consternado, cómo las calles de la Mariscala, San Hipólito, Puente de Alvarado y Ribera de San Cosme, estuvieron inundadas de gente la tarde del día tres en que tuvo lugar el entierro y cómo la comitiva que acompañó al cadáver era inmensa.

Poco tiempo y ánimo le quedan para redactar su habitual mensaje de año nuevo que decía así y del cual es necesario yo me apropié para pasarlo a ustedes:

Ahora lectores, deseadme un buen año, como yo os le deseo con todo mi corazón; y vosotras, bellísimas lectoras, sed felices, y que en este año, ni por un momento la melancolía anuble vuestro corazón generoso y bueno, como es el de todas las mexicanas. Y que si llegáis a derramar algunas lágrimas, sea solamente por el placer que os cause el recuerdo de una buena acción o por la dicha de sentiros amadas .