Estamos a unos días de que concluya el proceso electoral. Después del domingo, lo que quedará son esos días inciertos en los que se califica la elección. Y, después, los meses de transición antes del relevo en el gobierno. Tanto en la prensa como en las redes sociales, analistas, escritores y celebridades han estado dispuestos a decirnos por quién van a votar. Unos, como respaldo personal a algún candidato, a su postura partidista o ideológica. Otros, justificando su posición vía argumentos desde la confianza a los equipos de tal candidato o, al contrario, a través de la desconfianza que les provocan los de los demás: el voto por eliminación. La lógica de todos es similar al lema que se escucha en los últimos spots de Peña Nieto: tanta gente no puede estar equivocada. Se podría hacer un montaje con marchas de apoyo y rechazo a los tres candidatos principales y usar el mismo eslogan.

Hace unas semanas, me preguntaba por qué, frente a la presencia de los aspirantes en Tercer Grado, era posible leer, sin importar candidato o pregunta, cómo los acólitos se indignaban con los periodistas por la agresividad y grosería, así como por la tibieza con la que trataron a los adversarios. Con el propio siempre eran poco menos que zafios y vendidos .

¿Qué impulsa a dejarse devorar por la pasión electoral hasta la ceguera? Me viene a la mente un tweet que sentenció: En unos días averiguaremos si vivimos en un país de asnos . Variante de la propia frase de AMLO, que dejó claro que puede perder la elección: si el país se sume en el masoquismo colectivo .

Mientras un querido amigo aportaba que él iba a votar como toda la gente inteligente del país , por AMLO, muchas otras voces se sumaban a esta sentencia, añadiendo que quien no lo hiciera era: (a) un retrógrada (b) un reaccionario (c) un apologista de la corrupción, la violencia y la desigualdad (d) un títere de la televisión.

Mientras el fervor juvenil antiEPN recorre las calles de la capital, las encuestas siguen con el priísta a la cabeza. Igualmente descalificadas como propaganda del voto útil o el desencanto, anticipadoras del fraude o técnicamente fallidas.

Es conocida la teoría de la comunicación que analiza la parcialidad del espectador. Es la que dice que descarta la efectividad de la propaganda.

No suele mencionarse el fenómeno de los medios hostiles (o Hostile Media Effect). Éste describe cómo, frente a un mismo mensaje mediático, los seguidores de un grupo o posición tenderán a verlo como hostil hacia su causa, mientras que los que sostienen la postura contraria también pensarán que la cobertura es hostil hacia la suya.

Los investigadores de la Universidad de Stanford partieron de un experimento de percepción hacia la cobertura de un suceso político en el Medio Oriente, entre grupos proisraelíes y propalestinos. Previamente, habían estudiado la campaña presidencial de Carter contra Reagan.

Los defensores de ambos candidatos sintieron que su lado estaba siento brutalmente atacado por los medios, mientras que, básicamente, se apapachaba al contrario . Era evidente que la postura editorial del medio era opuesta a la suya. Más aún, cuando ambos coincidían en que el medio no favorecía a ninguno, éste era injustificadamente objetivo.

Concluyeron: si el espectador está involucrado intelectual o emocionalmente con una posición, el efecto se intensifica, al igual que la creencia de que otros espectadores neutrales se verán manipulados en su contra si se enfrentan a esos contenidos.

Todo lo anterior, sin importar si el medio tiene (o no) una cobertura manipulada o parcial. No se trata de diferencias de opinión frente a un suceso, candidato o propuesta.

Se trata de una diferencia de percepción que va desde cómo se ve al candidato y su plataforma, extensiva a cómo se percibe la realidad nacional.

La mayor paradoja frente a los razonamientos para justificar el propio voto está en la urna: un voto pensado, en el que se contrastaron posiciones, discursos, etcétera, vale lo mismo que un voto de tin–marín. Así es la democracia.

Eso lo saben los candidatos. Por eso prometen y asustan, se quejan y señalan, son poco concretos y más bien divagan. Tratan de balancear las personalidades, los lugares comunes y los gestos fáciles, para ver si son capaces de atinar al que a ti te funciona.

Detrás de ello, no hay tanta malicia y perversidad como quisieran ver los oponentes, sino puro pragmatismo: así se juega.

¿Por quién votar el próximo domingo? No lo diré aquí. Que nos baste saber que los demás no están equivocados. Ninguno es el epítome del mal y la perdición de la nación; como tampoco ninguno ostenta la verdad, la razón o la receta para la paz y prosperidad; aunque pensarlo así nos reconforte. No estaría mal mesurar nuestras expectativas.