Cuando a Ron Woodroof le diagnosticaron SIDA quiso romperle la cara al médico. Yo no soy ningún pinche marica , le dijo. El médico le respondió: Tiene 30 días para poner en orden sus asuntos . Un mes para vivir.

Era 1985. El SIDA era la octava plaga, la condena a una agonía larga: consumirse hasta los huesos en un hospicio sin medicinas, sin paliativos. Una muerte triste y por lo general solitaria, pues nadie quería exponerse a ese virus. La homofobia, además, parecía vestirse de justicia: te mueres así por sodomita.

Ron no era gay. Es más, era un muy homofóbico vaquero que trabajaba en los pozos petroleros de Dallas. Para más información, Ron era el más macho mujeriego de la comarca. Se tiraba a cualquier mujer sin usar ninguna protección, hasta a las junkies con pinchazos frescos en los brazos. Uy, mala suerte, Ron.

Un mes para vivir. Pero Ron no va a quedarse esperando en un hospicio. No, señor, éste es un vaquero que morirá con las botas puestas.

¿Qué hará un bruto como Ron Woodroof para pelear en contra de la plaga??Simple: volverse un experto investigador biomédico que dará con terapias muy efectivas.

Tal es la premisa de Dallas Buyers Club (conocida también como El club de los desahuciados; parece que por esta vez los distribuidores decidieron usar de manera intercambiable el título original y la traducción). Si le parece una exageración, una historia improbable, le diré algo: Ron Woodroof existió. Sobrevivió siete años a su diagnóstico fatal y se convirtió en uno de los activistas más respetados de la lucha en contra del SIDA.

El papel de Woodroof lo hace el resucitado Matthew McConaughey. Su contraparte, su hermano de armas improbable, es Rayon, una transgénero interpretada con acierto y compasión por Jared Leto. Ambos tienen merecidas nominaciones al Oscar. Su apariencia en los huesos y su vulnerabilidad pueden causarle un ataque de ansiedad a algún espectador.

Como Midnight Cowboy, aquella cinta que lanzara a Jon Voight a la fama y prometiera que Dustin Hoffman era el actor joven a seguir en los 70, Dallas ?Buyers Club no sólo es una historia de amistad. Es también la historia de dos personas en el margen de la sociedad que se atreven a mentarle la madre al sistema y, de un modo agridulce, le acaban ganando. El vaquero de medianoche renace en la relación de Ron y Rayon.

En el caso de Woodroof y Rayon, consiguen ganarle la partida burocrática a la FDA (y a sus socios corporativos, los grandes laboratorios), la institución encargada de autorizar medicamentos en Estados Unidos. Y con ello, mejorar la calidad de vida a miles de contagiados de SIDA en todo el mundo. La investigación biomédica de Woodroof (en serio: el tipo se puso a leer cuanto estudio médico encontró) ayudó a mejorar los cocteles de medicamentos que hoy se usan con el SIDA.

Woodroof no era, en modo alguno, una monjita. Cuando crea su propia red de distribución de medicinas y suplementos que, probados o no, combatían la enfermedad, también hizo un gran negocio, una especie de Costco para desahuciados: la membresía costaba 400 dólares, precio razonable para un último recurso.

Woodroof murió en 1992. Craig Borten, el guionista de la cinta, lo conoció meses antes de su muerte. El personaje le pareció tan fascinante (tosco, sin ser grosero; compasivo, sin ser sentimental) que pasó 20 años desarrollando el proyecto. Hoy, cuando parece que hemos olvidado tenerle un sano terror al SIDA, Dallas Buyers Club puede verse no sólo como un testimonio a agua pasada, sino como un recordatorio de cómo, en la cara de una tragedia global, frecuentemente es la iniciativa individual la que reacciona a tiempo en lo que las instituciones adquieren la suficiente flexibilidad para actuar.