Entre los diversos tratamientos literarios que existen en torno de la tragedia que asoló a la Ciudad de México el 19 de septiembre de 1985, esa tragedia que en nuestro imaginario a quedado resumida como el temblor , la novela cedió el paso a la crónica y al testimonio, pero el escritor mexicano Edson Lechuga pone fin a ese distanciamiento y se aproxima a esa mañana trágica con el poder de la imaginación en su novela "Luz de luciérnagas".

Una novela que se convierte, acaso, en la exploración más conmovedora y más sutil que se ha escrito sobre el tema.

"Luz de luciérnagas" transcurre en dos planos espaciotemporales distintos pero conectados por Germán Canseco (personaje principal): la Ciudad de México los días 18 y 19 de septiembre de 1985, y Barcelona, en 2008, planos también conectados por una confusión que es tanto la inauguración y la posibilidad de cierre o consumación de un estado de ánimo que se convierte en estado vital: el engaño y el aferramiento a la identidad trascendida.

Germán Canseco vive en México en un cuarto de azotea en la colonia Narvarte en donde lee, duerme y escribe una novela de la que sólo tiene el título, de su cuarto baja todos los días a una cocina económica en donde doña Raquel lo alimenta. Tiene un amigo, Marcelo, que es su equilibro y su pie de apoyo. Y está enamorado de una chica de nombre bello y sintomático del vacío, Alma, con quien suele hacer el amor en un cuarto de hotel cuya ventana da a la pista de despegue del aeropuerto, y de quien recibe una carta que es un enigma para el lector, y que es la mujer que pierde en el terremoto.

Un proceso muy duro y conmovedor

Yo no quería escribir una novela sobre el temblor, pero Germán Canseco hace una remembranza de su vida, y así me llevó y yo me di a la tarea, con toda la honestidad que fui capaz de evocar, de pasar por ahí, y fue un proceso duro pero muy conmovedor , apunta el escritor radicado en Barcelona desde hace ocho años y que en 1985 vivía en Puebla y tenía 15 años.

A Edson Lechuga el espíritu crítico no le es ajeno, el escritor es claro: El terremoto es importantísimo porque el pueblo comenzó a construir una red social muy interesante, que al cabo de los meses se transformó en el primer gran partido político de izquierdas que fue el PRD, que ganó la presidencia tres años después en 1988 con el ingeniero Cárdenas , acota, estas apreciaciones se cuelan también hacia los entresijos de Luz de luciérnagas.

Pero mi novela no terminó en asuntos políticos sino se fue a asuntos humanos, literarios, artísticos. Mi intención fue exponer los duelos que sufrió Germán Canseco: cómo le dolió, cómo tuvo que gestionar toda esta serie de circunstancias y sentimientos que se te vienen encima de un momento a otro , acota.

Y esto lo logra con creces.

La prosa que se desborda por los pliegues de estas páginas es mágica, audaz y muy precisa, nos estruja y sacude como si el temblor lo lleváramos por dentro, es una novela cargada de poesía, encanto y sorpresa pero también de las noches del DF, y de las mujeres, el alcohol, los huevos rancheros y las drogas, y, sobre todo, del abandono y el perdón, del amor y del silencio, de la luz y sus intermitencias y del opresivo peso del pasado.

Es un canto nostálgico que habla sobre las distancias entre la idea y sus escombros, entre lo planeado y lo destruido, y lo hace el ritmo de la luz de las luciérnagas que brillan en la noche, o como los chispazos de la memoria o como los destellos de una linterna que en aquellas horas brumosas posteriores al terremoto serpenteaban ávidas de rescate entre el concreto pesado, los vidrios rotos y las partes de electrodomésticos y carne humana que fueron la materia del derrumbe y hoy son la materia más clara del dolor y del recuerdo.

Lechuga expresa la experiencia de Germán como alguien que presencia su propia caída en el infierno o en el Hades, y pese al dolor se mantiene en pie porque todavía tiene una brújula, un motivo: su Alma. Perderla sería dejar de vivir.

En unos cuantos trazos literarios Lechuga manifiesta un don que se cultiva toda una vida. No le hace falta más para seducirnos hasta la última página y para hacernos sentir la necesidad de ir corriendo a escribir o de salir corriendo a dar un beso, una palabra o un abrazo.

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