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Arte e Ideas

Lectura 3:00 min

Ecos del antisemitismo

Quienes gozamos de El nombre de la rosa de Umberto Eco, hemos esperado pacientemente su nueva novela El Cementerio de Praga.

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"El primero con el que entablé relación fue con el doctor Du Maurier, un individuo sobremanera odioso, tanto que uno se preguntaba cómo podía un psiquiatra (que eso era) inspirar confianza a sus pacientes exhibiendo un rostro tan desagradable": Umberto Eco, El Cementerio de Praga.

Una de las mejores cosas de la temporada de fin de año es hacerse de un buen libro de casi 600 páginas y sumergirse en su lectura de cabo a rabo en menos de una semana. Quienes no hace mucho -apenas 30 años– gozamos de El nombre de la rosa, hemos esperado pacientemente esta nueva novela de la que apenas se comienza a hablar, al menos en el mundo hispano-parlante.

Umberto Eco desvela al lector con un tema nada nuevo, pero siempre inquietante y reiterativo: el odio hacia los demás.

¿Es normal para los humanos odiar? ¿Se trata de un sentimiento primitivo –genéticamente determinado-, o es este un subproducto de una serie de experiencias, enseñanzas y afrontes coyunturales que nos llevan a convertirnos en entes capaces no sólo de detestar a aquellos que señalamos como distintos, sino incluso derivar de esta práctica el mayor de los placeres?

Los grandes héroes , o anti-héroes si se quiere, del máximo odio – aquel que rebasa cualquier matiz de temperancia objetiva – a lo largo de la historia han gozado de millones de seguidores. De hecho, la mata sigue dando y los ejemplos sobran en diferentes partes de nuestro planeta.

La trama de la novela va de la mano de las memorias de un oscuro personaje, que casi al final de la séptima década de la vida, escribe unos diarios donde narra sus recuerdos de infancia, las obsesiones refractarias a la más elemental de las realidades, su infinita auto-complacencia ante cualquier tipo de venalidad, la ingerencia y aportaciones siniestras del refinado oficio de falsear la verdad en circunstancias decisivas de la historia europea del siglo XIX, y sin reparar jamás –absolutamente vacío de compasión o de cualquier escrúpulo moral- en la gravedad del daño ocasionado a sus víctimas cercanas o distantes.

¿Qué clase de persona es capaz de tal saña en perjuicio de quienes solamente son reales a partir de un cúmulo de anécdotas deshilvanadas y, cuyo único mérito , es el haber sido instiladas durante la infancia por un abuelo dotado de un odio perseverante de dudosa articulación con la razón?

La respuesta que Eco nos da es la de un enfermo mental al que nadie reconoce como tal, simplemente porque siempre ha sabido mantenerse lo suficientemente cerca de quienes –al igual que él– son una caterva de trastornados pero con cuotas importantes de poder.

El personaje del capitán Simonini y el abate Della Piccola, que son un mismo individuo disociado pero reunido mentalmente por una compleja patología, no representa al común de las personas que sufren una enfermedad cerebral, sino que es tan solo una muestra de tantos ideólogos, comunicadores, gobernantes y sus secuaces, que mediante la efusividad perversa continúan alimentando el miedo, y por lo tanto el odio, de quienes no saben, no han aprendido o simplemente, no se atreven a pensar crítica y humanitariamente apegados a la razón.

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