En su libro The Film Club, David Gilmour (el crítico de cine, no el músico) dice que Stanley Kubrick hizo películas para dañar a la gente. Es una afirmación con la que estoy de acuerdo: nadie sale incólume de una cinta de Kubrick. Queda un herida, siempre una herida y, a veces, supura y casi nunca se cura volviendo a ver la película. Ni tampoco ignorándola. Kubrick, el torturador perfecto.

Llega a la Ciudad de México la exposición llamada simplemente Stanley Kubrick. Eso es lo único simple que tiene, el nombre. Antes ya se había presentado en Monterrey. Allá tuvo una tibia recepción. En la Ciudad de México hay colas para verla en la Cineteca Nacional.

Kubrick hizo cine único. Nadie como él en el panorama. Así es como estamos acostumbrados a verlo. Es curioso ver sus inicios en el arte de la cámara: son películas en blanco y negro más o menos convencionales. Violentas, sí, pero de una época en que el cine de boxeadores y gánsters estaba en boga. Ingenuas, en ellas se alcanza a ver esa obsesión del cineasta por la iluminación oblicua. Expresionista en su modo, las sombras de Kubrick son una forma de las pirámides sagradas.

Dice el crítico Bernd Kiefer que la esencia de la leyenda kubrickiana es su perfeccionismo. Después de las películitas en blanco y negro (de las cuales hay clips para el visitante estudioso) está la majestuosa sala para Espartaco, su entrada por la puerta principal a Hollywood. Ah, cómo sufrió Kubrick. Él, tan perfeccionista, tenía a la gente del estudio sobre su trasero y tenía que lidiar constantemente con el ego del hoy centenario, Kirk Douglas, el Brad Pitt de aquella época.

Kubrick terminó la película como quien se come las verduras de su plato porque su médico le dijo que necesita fibra. El crítico Kiefer dice que la principal lección que Kubrick aprendió de Espartaco es que podía trabajar para Hollywood pero no podía trabajar en Hollywood. Desde entonces se fue a vivir a Londres. Si alguien quería hacer cine con él, que lo fuera a buscar entre nueve y cinco.

Genio o loco: las dos

Y por supuesto que querían hacer cine con él. ¿Cómo diablos logró hacer una película como Lolita? La película más controversial de su tiempo, basada en la novela más controversial de su tiempo, aparece como de pasada en la exposición. Me parece un error de curaduría. Lolita no es el gran logro formal de Kubrick pero sí su gran triunfo ideológico: éste es mi cine y haré lo que se me pega la gana. Cómo logró que Hollywood no lo ahogara: he ahí el ahora-lo-ves-ahora-no-lo-ves del viejo Stanley.

Se dice que Kubrick traumatizaba a sus actores. Es un hecho documentado. A Tom Cruise y Nicole Kidman los tuvo encerrados un año para lograr el erotismo perfecto (y un tanto patológico) de Eyes wide shut. Los hizo pedazos. Pero todos querían filmar a la Kubrick. Genio, loco peligroso.

Por su puesto la exposición hace parada en Naranja mecánica. Es divertido, lo es en toda la exposición, ver los objetos originales con los que se hicieron esas películas que son mito. Si quisiera arruinar la experiencia de descubrimiento del visitante le diría que se quedara un buen rato en la sala de la Naranja. No es mi intención, pero háganme caso.

Todas las películas de Kubrick, desde las menos celebradas como Barry Lyndon (una de mis favoritas), la fabulosa Eyes wide shut, El resplandor, Cara de guerra, hasta el monstruo Leviatán que es 2001: Odisea del espacio, están presentes como testimonios de una filmografía que es inminente hasta para un ciego.

2001: Odisea del espacio es la cinta que recibe más espacio. Ninguna película de Kubrick dejó tanta huella y eso que es de lo más misteriosa. ¿De qué trata 2001? ¿De un viaje al espacio? No es suficiente. ¿Es una aventura de la evolución? Caliente, eso puede ser. Quien mira 2001 no la olvida. Hay quien se aburre y se va, pero por lo menos quedará herido por esa lucha de los monos y el hueso homicida.

¿Ve cómo Kubrick hizo cine para herir? La exposición pretende ser una celebración de un gran cineasta. Debería ser algo más: la ceremonia diabólica en torno a un sumo sacerdote que está a punto de sacarnos el corazón para comérselo delante de la feligresía. Nosotros, con nuestro último aliento, agradecemos la muerte violenta. Porque es un final memorable.

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