De nuestra buena sazón y talante hay noticias desde siempre. En 1839, por ejemplo, a punto de estallar el descontento, la patria todavía ofrecía a sus visitantes sorpresas y consejos para el paseo, la vacación e incluso la gastronomía de fines de año. Testigo insuperable es Madame Calderón de la Barca, mujer harto sagaz y curiosa, esposa del primer ministro plenipotenciario de España en México, como ya hemos dicho en estas páginas, escribía copiosas cartas a sus parientes de Boston. Además de describir las costumbres mexicanas para las navidades y las fiestas de Año Nuevo resultaría una cronista insuperable de la historia nacional. Revisemos por ejemplo su misiva correspondiente al 18 de diciembre. El texto comienza con una gran emoción: ella y su marido estaban casi recién llegados e iban a conocer al general Antonio López de Santa Anna, que había perdido la pierna pero todavía no la reputación.

Levantados a las 2 de la mañana, felices de poder salir de Veracruz, los Calderón atestiguaron que dos cajones, llamados carruajes, tirados por mulas , los esperaban, para llevarlos a Manga de Clavo, la hacienda del general Santa Anna. Después de algunas horas de viaje, llegaron a su destino, y luego de cruzar las varias leguas del jardín privado del que muchas veces había sido y sería presidente de México llegaron a la casa. Eran las 5 de la mañana. Una hora nunca propicia para hacer visitas sino, en todo caso, para despedirlas. Madame se muestra impresionada por la recepción de oficiales y ayudantes uniformados y más aun por la gentileza y el atuendo de la señora de Santa Anna, toda ella vestida de muselina blanca, zapatos blancos de raso y con muy espléndidos diamantes en su prendedor, aretes y sortijas. Toda ella sencillita y fresca, vamos. Aun a esas horas de la mañana. Apareció después la hija del matrimonio, una miniatura de la mamá .

Pero luego se presentó el mismísimo Quinceuñas (apelativo quizá cruel pero ingenioso) y Madame Calderón describe el hecho de la siguiente manera:

Poco después hizo su entrada el general Santa Anna en persona. Muy señor, de muy buen vestido, con sencillez, con una sombra de melancolía en el semblante, con una sola pierna, con algo peculiar del inválido y, para nosotros, la persona más interesante de todo el grupo. De color cetrino, hermosos ojos negros de suave y penetrante mirada, e interesante la expresión de su rostro .

Evidente que Madame no era adivina. Que quizá el largo viaje en barco la había mareado, el trayecto en el carruaje, obnubilado, y la cercanía de la Navidad, conmovido hasta el extremo. O quizá su temperamento anglosajón era más frío e impresionable. El almuerzo también la llenó de buenas viandas y emoción. Después de carne, legumbres, mucho vino y pescado, todo ellos servidos en vajilla francesa en blanco y oro y una despedida muy afectuosa, partieron -pero ahora en un coche estadounidense tirado por hermosas mulas bien peinadas- hacia la Ciudad de México. Pararon en Jalapa, comieron por vez primera chile y ajo que el hambre hizo pasaderos y cuando llegó la Nochebuena estaban en Puebla. A Madame no la dejaron ir a misa de gallo. Pero se sabe que a las 3 de la mañana, ya en Navidad, se las agenció para tomar un chocolate calientito asomada en un balcón. Pensaba en qué le traería la fiesta de Año Nuevo y se preguntaba qué estarían cenando los Santa Anna.

Es así como a través de escritores y cronistas abordamos un tema que a todos nos gusta, mucho más fácil de decidir que entre la alegría el llanto: la comida. Y además como especie de travesura, poniendo a literatos mexicanos en la misma cazuela. Y es que ya sabemos: la relación de cada quien con la comida determina no sólo su figura sino también su actitud ante la vida. Hay quienes se dedican a comer, a cocinar, a estar a dieta y, los menos de las veces, a escribir sobre el tema. Los que se consideran verdaderos literatos consideran el asunto gastronómico como una frivolidad. Exquisita, si se quiere, pero menos problemática que la muerte, el amor o la tragedia de existir. Claro que siempre han existido quienes se las arreglan para hacer novelones en forma de recetario y le da dan al clavo (de olor) con metáforas comestibles pero indigestas.

El fenómeno se repite: una vez que los autores consideran trabajado lo suficiente, llorado ante la página en blanco, patinado sobre el despectivo hielo de la filología, publicado media docena de libros y encontrado por fin su estilo, se sientan gozosos a degustar temas menores que al final resultan grandes. Salvador Novo hizo un feliz catálogo razonado de sus recetas favoritas, Artemio del Valle Arizpe se hundió en su taza de chocolate y los lectores, casi llegando al punto más alto de la alacena intelectual, fueron a las librerías a pedir La cocina jerezana en tiempos de López Velarde en vez de la Suave Patria.

Aguantemos con entereza los comentarios de los que dicen que Los hongos mexicanos comestibles de José Juan Tablada es un experimento fantasioso, lúdico y casi una composición casera y preferimos leer a Alfonso Reyes en sus Memorias de cocina y bodega minuta, cuando descubre que entrar a la cocina con una pluma en vez de una cuchara era deliciosamente erudito y nos convence de que sus viajes gastronómicos no desmerecen al de Ulises. Jorge Ibargüengoitia sobresale en este tema. Va recorriendo la América ignota con una torta compuesta en la mano y se arriesga al afirmar que la cocina es punto central de su obra y sus referencias culinarias (alguna vez como un registro social del mexicano o un intento de dejar plasmadas para siempre las costumbres de mesa del género humano en la segunda mitad del siglo XX ). Es difícil imaginar que los sobrevivientes de nuestras guerras y revoluciones pudieran, como Ibargüengoitia, explicar a la sociedad mexicana a través de una enchilada. Y sí, platillos y personajes tanto en la realidad como en sus textos han creado verdaderas mitologías. El Armando de las famosas tortas, que le dio su nombre a este platillo como Napoleón al famoso pastelito que aparece en las crónicas de Sálvese quien pueda.

Si habremos de decidir la cena de Año Nuevo, elegir a Reyes, Othón, Tablada, López Velarde o Ibargüengoitia importa poco. Porque si bien con distintos sazones, el menú de su escritura es exquisito. Quizá le resulte útil saber que los invitados están divididos en dos grandes clases: quienes tienen más comida que apetito y los que tienen más apetito que comida. También entre los que leen y no cocinan y los que cocinan y comen toda clase de lecturas.