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Arte e Ideas

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Cuando Hannah Arendt me explicó qué onda (II)

Estábamos en que Adolf Eichmann y Hannah Arendt. Una película, una teórica política y la capacidad que tenemos todos para volvernos asesinos siendo buenos ciudadanos.

Me dio por hablar del caso por Hannah Arendt, la película de Margarethe von Trotta, una biopic improbable. ¿Cómo hacer atractiva la vida de una filósofa que sobre todo se dedicó a dar clases y murió tranquila? Narrando el único gran escándalo de su vida: el que causaron sus opiniones sobre el proceso de Eichmann en Jerusalén.

(El otro escándalo de su vida, su romance con Martin Heidegger, él profesor cincuentón, ella estudiante veinteañera, fue escándalo pequeño. Se agranda por aquella minucia de que Heidegger estaba casado. Ah, y luego se volvió nazi. Heidegger).

La cinta es sentimental, apasionante; una biopic como debe ser. Como soy politóloga amateur, me emocionó como la biopic de Cuauhtémoc Blanco a un americanista.

Mis escenas favoritas:

1. La conferencia de Arendt frente a sus alumnos, clímax de la película, cuando explica el concepto de la banalidad del mal. Seguro así era Arendt dando clase, con su cigarro... Fumar es cool.

2. El editor del New Yorker le dice: ¿Se da cuenta de que la mayor parte de nuestros lectores no hablan griego antiguo? . Arendt: Pues deberían .

3. El rompimiento con Hans Jonas, su gran amigo de la universidad, judío y, como ella, sobreviviente del Holocausto. Hasta aquí llegué con la alumna favorita de Heidegger .

4. Su relación con la escritora Mary McCarthy, su mejor amiga, una mujer divertida y práctica, maravillosamente retratada con una partida de billar. Arendt trata de tirar y McCarthy la pone nerviosa: A ver, llena el espacio ‘Martin Heidegger fue el gran______ de mi vida’. Anda, no le cuento a nadie . (Arendt falla el tiro, por supuesto).

5. La vida doméstica de Arendt. Le gustaba estar casada y atender a su esposo, Heinrich Blücher, profesor como ella. Blücher le da una nalgada.

Pero, más allá de la cinta, hablemos de Arendt y Eichmann.

Eichmann: el nazi, el responsable de organizar la Solución Final, alias el Holocausto o la Shoa. Juzgado en Jerusalén por la muerte de 5 millones de seres humanos, la mayoría judíos.

Hannah Arendt: filósofa política alemana, una de las mentes más brillantes del siglo XX. Judía.

La mujer que osó decir que Eichmann no era un monstruo. Me corrijo: la mujer que osó explicar por qué Eichmann no era un monstruo. No fue por simpatía ni por humanismo (o lo hizo por cierta esquina poco iluminada del humanismo). Lo hizo para demostrar la verdadera naturaleza de los crímenes del Tercer Reich. Con una lógica fría, impecable, explicó lo inexplicable. Una vez que publicó sus ideas, a Arendt la llamaron desalmada, corazón de hielo, judía antisemita, en fin.

Seguramente ha oído alguna vez hablar del concepto de la banalidad del mal , eternamente amarrado a la memoria de Arendt. Una de esas ideas tan poderosas que escapan del campo en el que nacieron y se instalan en los callejones del imaginario popular.

La frase la acuñó en 1961, mientras cubría el juicio de Eichmann para el semanario New Yorker.

¿Qué es la banalidad del mal? En su libro Eichmann en Jerusalén, una extensión de sus reportajes para la revista, Arendt observa que Eichmann justificó siempre su comportamiento con el argumento burocrático: Seguía órdenes de mis superiores , tenía un contrato que me obligaba . Nunca aceptó ser antisemita ni tener mayor sentimientos por las víctimas que el que tiene un mensajero por un paquete.

Eichmann fue solo un pelo en el lomo de una bestia asesina. ¿Eso lo hace un asesino? Sí. Pero no en los términos grandilocuentes, épicos, de los grandes criminales de la humanidad. No es monstruo , escribió Arendt, sino comparsa . Banal como un monigote que entregó su voluntad y su capacidad de pensar por lo tanto, de decidir como individuo al poder.

Se ha discutido si Eichmann sabía o no las consecuencias de sus acciones. Su diario de guerra demuestra que no sólo era bien consciente de las matanzas, sino que incluso participó en varias, cuando las ejecuciones se hacían a bala. Eichmann se ganó a pulso la horca y que sus cenizas fueran dispersadas en mar abierto, lo más lejos posible de tierra humana.

Pero eso no les quita pertinencia a las ideas de Arendt: cuando la obediencia sustituye a la conciencia, el mal campa entre los buenos ciudadanos. Gente que se adapta para sobrevivir, aunque eso signifique participar en la muerte del vecino. Y sin mayor emoción: llene la forma 5-G, en la siguiente ventanilla le dan el visto bueno, gracias por cumplir sus obligaciones.

No digo que Arendt haya explicado del todo la naturaleza del mal ni que sus argumentos, aunque impecables, sean incuestionables. Pero dos cosas le admiro: que haya cumplido con su deber intelectual: el de pensar a contracorriente y encontrar el otro argumento , el que nadie quiere sostener y que ella sostuvo con solidez. La segunda es que, tenga o no razón sobre la banalidad del mal, logró que la gente común como yo, como cualquiera, cuestione el orden en el que le tocó vivir.

¿Estos privilegios que yo recibo están provocando que alguien más sufra? Dirán que eso es culpa de progre. No. Es una pregunta oportuna, creo, para cualquiera que observe al poder y se pregunte qué pieza del juego le toca ser.

También es una pregunta de apostador: ¿cómo hago para estar siempre del lado del privilegio y nunca del sufrimiento? La política, esa picaresca.

concepcion.moreno@eleconomista.mx

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