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Arte e Ideas

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Crónicas y leyendas del hombre de las sortijas

Del Valle Arizpe: nunca hubo más ilustre cronista citadino. Gustaba de la historias de aparecidos.

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Cuentan escritores y escribanos que antes de pensar en los paseos, en destinar espacios abiertos para recreo y lucimiento de los ciudadanos, había que arreglar el descontento. Los virreyes ya tenían su lujoso palacio, los arzobispos y curas, iglesias y conventos; los conquistadores eran dueños de terrenos y mansiones y hasta la Santa Inquisición se había hecho de una plaza. Todo en orden pero sin concierto. No todos los habitantes de la Nueva España, de la muy noble, real e insigne Ciudad de México conocían el privilegio de vivir en santa paz. A pesar de catecismos y sagradas escrituras, leyendas de gran susto y trágicas historias corrían por calles y callejones. Unas más terribles que otras. La noticia de la mujer que lloraba por sus hijos, una suerte de bruja vestida de blanco, daba un miedo atroz y provocaba encierros. Cuentan que no había ningún valiente que se atreviera a salir a la calle pasadas las 10 de la noche. Que en cuanto sonaba la queda en Catedral, todos echaban cerrojos, ponían trancas y otras seguras defensas a sus puertas y ventanas. Y que el llanto prologado y lastimero, el angustioso gemido, pasaba de una calle a otra, y rodeaba plazas y plazuelas cada noche. Y que siempre terminaba con la figura de la mujer horrenda y misteriosa, arrodillada en la Plaza Mayor, vuelta hacia el oriente, donde daba su último alarido antes de levantarse para dirigirse hasta el lago. Y que en sus orillas se perdía, no se sabe si desvanecida entre la niebla o porque se sumergía en las aguas buscando a sus hijos perdidos. Pero su ausencia duraba solamente lo que la luz del día.

Cada calle y edificio tenían una habladuría que luego se volvió leyenda.

La princesa se peinaba

La que correspondía al Palacio de Moctezuma, por ejemplo, en el gran predio que hoy corresponde a Palacio Nacional, también era aterradora: una historia que se llamó La muerta resucitada y que Artemio del Valle Arizpe, el más ilustre cronista de la ciudad, escribe así:

La princesa Papatzin resbaló de la salud y cayó en enfermedad. Se le fue agravando el mal con mucha prisa y la puso en el último peligro de la vida. No había medicina que la volviese a la consonancia. Los remedios parece que le quitaban más salud. Al fin dio las boqueadas y se fue del mundo. La princesa Papatzin era hermana del emperador Moctezuma y viuda del gobernador de Tlatelolco; murió este magnate y ella vivió en el palacio de su hermano, de muchas estancias hasta que fue a llevársela la muerte. Las exequias fueron con la suntuosa magnificencia de su linaje. El entierro tuvo acompañamiento solemne. Moctezuma iba detrás del cadáver honrando el mortuorio. Se trasladó el cuerpo al lugar de la sepultura, que fue una gruta que estaba en los floridos jardines del palacio y junto a un estanque en el que la princesa solía bañarse alegre. Como era cordial y amable todos se fueron tristes del lugar del entierro diciendo sus virtudes y excelencias. Las palabras lastimeras estremecían el aire. Al día siguiente, una muchacha que vivía en el palacio cruzó por el jardín para ir a la casa del mayordomo de la difunta señora, pero al pasar al lado del estanque la vio sentada en el borde alisándose los luengos cabellos .

El cuento no termina allí. La niña, toda inocencia, se pone a cantar. La princesa -no sabemos si resucitada o muerta en vida- manda a la niña por su mayordomo, sus damas y toda la gente que le había servido. Al verla todos se desmayan - como heridos por un rayo - de la impresión de verla de pie y hablando como siempre. Ella habla quedo, dice que nunca pudo cruzar el umbral que tenía enfrente y que no ha llegado su momento. Cuenta la leyenda y tradición que la princesa se queda encerrada en una habitación del palacio donde come poco y canta mucho. Nadie sabe de cierto si por fin se habrá ido a la otra vida o si su espíritu encerrado es el que todavía provoca, como siempre, los espantosos crujidos de las paredes del Palacio Nacional.

El mapa de aquellas calles, que se han transformado en las nuestras, se bordó con esta geografía de espíritus. No explican nada pero dicen mucho. Los ejemplos sobran: la hoy calle de Correo Mayor tuvo como primer nombre la del Vinagre y después se llamó la del Indio Triste, porque de ella se contaba una fábula. Una memoria de la vida de un indio que fue escarnecido durante mucho tiempo por conquistadores y habitantes nobles y que impávido aguantó la injuria hasta amanecer muerto en su casa, en un cuarto que iba a dar al convento del Carmen. Su espíritu se quedó ahí más de tres siglos, dicen todavía. Y era uno de tristeza y mucha desolación.

El charro negro tiene nombre

Muchos muertos vivos se quedaron a vagar en la Plaza de Santo Domingo, algunos se instalaron en las parroquias de San Agustín y San Francisco. Otros hicieron de sus crímenes y penas la memoria de una esquina. (No olvidar al famoso don Juan Manuel que envenenado por el odio salía todas las noches poco antes de las 11, cubierto con una capa negra y esperaba al primer individuo que pasara enfrente para preguntarle la hora. Todos le respondían siempre las once y el caballero, antes de acuchillarlos, contestaba: ¡Dichoso usted, que sabe la hora de su muerte! .) La calle de Regina tuvo un cuervo negro que se posaba en el templo cada día, las monjas de Santa Isabel encontraban panecillos que ellas no habían horneado. Y las historias se contaban todo el tiempo. Y es que, efectivamente, antes del paseo, y la construcción de teatros y jardines, llegaron los escritores. Estudiosos casi todos, recolectores de imaginación propia y ajena, muchos y muy buenos. Pocos como Artemio del Valle Arizpe, que conjuntaran todo.

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