La crianza de trucha arcoíris en la zona limítrofe entre el Estado de México y Michoacán se ha convertido no sólo en una fuente de empleo para cientos de familias que encontraron en esta actividad una forma de subsistir, también ha fortalecido el tejido social en estas áreas naturales rurales marginadas de clima frío.

Pareciera increíble que a 140 kilómetros de la ciudad de México se puede encontrar un pescado con la calidad de un salmón, pero con beneficios agregados como la huella de carbono, que es mucho menor, es producto fresco que se pesca hoy y en la tarde ya está a la venta y con una calidad del agua muy buena, por lo que es directamente proporcional a la limpieza de la carne, “eso en realidad no se puede garantizar con un salmón”, platican los habitantes de la región, la cual hoy cuenta con 46 granjas de trucha.

“Hace 40 años mi papá taló el monte, cuando se inició lo de la trucha paró y en vez de cortar reforestábamos. Año tras año, como 10 años, así se acabaron los talamontes y llegaron las truchas, incluso entre municipios nos hemos apoyado, pues nosotros reforestábamos y las demás comunidades metieron vigilancia”, dice Alfredo Hinojosa Malvaez, propietario de la granja El Pozo y habitante de la localidad de Rincón del Ahorcado, en Zitácuaro, Michoacán.

Al finalizar su jornada matutina, platica que ahora se vive mejor, “talar es un dinero que te lo ganas rápido, pero no te ayuda para mucho, con las truchas es constante el dinero y, aunque no se gana el dineral porque se invierte, podemos vivir mejor. Yo nada más acabé la primaria, pero mi hijo ya va a la prepa, como tengo mi granja hay más entradas, por eso mi esposa me dice que no batalle, ‘hay que darle lo que nosotros no tuvimos y que no estudie con hambre’, si no las letras no entran (ríe)”.

Alfredo asegura que no ha sido un camino fácil, pues no todos son productores de trucha “y a los demás, pues les vale y seguían talando monte, lo que nosotros hicimos es ayudar a combatirlos, avisando, estando al pendiente y hoy es muy distinto, incluso hasta producimos agua limpia para los chilangos”, bromea.

Ya cometimos todos los errores

Manuel Sarmiento, director de Neminatura y miembro de la granja Trucha Sustentable, una sociedad de producción rural, cuenta que este esfuerzo inició hace 26 años “esto comenzó con un proyecto de gobierno para sacar a los talamontes y darles una forma de vida distinta y funcionó”, aunque asegura que el trabajo posterior ha sido meramente de la comunidad. “Cometimos todos los errores básicos y hemos modificado nuestras prácticas —la ingeniería de las estanquerías, la calidad de los alimentos, la calidad genética—, hoy es mucho más controlado y sustentable”, explica.

La trucha es una especie de alta calidad, pues no es fácil producirla. “Le llamamos el chillón de los pescados”, dice Manuel, se trata de un producto muy sensible, de manera natural únicamente vive y se desarrolla en aguas de manantiales bien oxigenadas, frías y sin contaminación en bosques de pinos, encinos y oyameles, no tolera ninguna sustancia ajena y los procedimientos requieren precisión, atención y cuidados. “Es un proceso largo. Para tener una trucha de kilo y medio, se tiene que criar durante poco más de un año”. Así, su delicada carne está libre de químicos, pesticidas, antibióticos y hormonas.

Estas buenas prácticas han llevado a sus productores a colocarse en el mercado nacional “hoy la trucha arcoíris tiene tan alta calidad que compite directamente con el salmón y eso tiene un punto a favor, pues el producto se vende a relativamente buen precio y el dinero llega directamente al productor”, expone Manuel, quien también es biólogo de profesión.

La región está al límite de lo que naturalmente se puede producir (de 10 a 12 toneladas al año por productor) y sus pobladores así lo quieren conservar. Éste fue otro punto por el que se decidió crear una asociación de productores y generar una marca colectiva llamada Michin para vender en conjunto a restaurantes, tiendas de autoservicio y distribuidores de público en general, así se colocan alrededor de 250 a 300 toneladas de producto al año y sin intermediarios “eso nos ha servido, primero, para producir y vender y, segundo, para regular la calidad, ya que nos hemos homogeneizado y capacitado para cumplir con los estándares que requiere un mercado exigente”.

Éste es un ejemplo considerado pesca sustentable, pues además de satisfacer las necesidades de quienes dependen de este recurso, se garantiza la continuidad de la pesca y de la biodiversidad. Está avalada por el Consejo Mexicano de Promoción de los Productos Pesqueros y Acuícolas AC, que, a su vez, lidera el primer esfuerzo en México para la promoción de estas prácticas a través del hashtag #PescaConFuturo, en el cual está incluida la trucha arcoíris y comparte el espacio con la langosta roja de Baja California, la sardina crinuda, el mero rojo, el barrilete, entre otros productos que pueden ser consultados desde la página de esta institución.

Los problemas

A pesar de que la acuacultura ha demostrado grandes beneficios en otros países, en México el apoyo “es de medio pelo”, denuncian los productores. “Las autoridades no han entendido que el futuro de la generación proteínica para la alimentación humana es la acuacultura, otros países incluso tienen grandes legislaciones sobre el tema, donde incluso se obliga a tener un aprovechamiento acuícola antes que el agropecuario, pues, por ejemplo, 1 kilo de carne de res cuesta 12,000 litros de agua, mientras que 1 kilo de trucha requiere 40 litros”.

La competencia por el uso del agua y las grandes cantidades de bosque que se han talado para la producción de aguacate y guayaba también es un constante riesgo en esta zona; además, la parte legal para estas prácticas sigue siendo un desastre, concluyen.

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