Fue una conferencia magistral plagada de humor, tanto como estuvo habitada por la erudición. El tema así lo anticipaba: “Insultos y malas palabras de ayer y hoy”, que este viernes impartió la lingüista, filóloga e investigadora Concepción Company Company, investigadora emérita de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua y de El Colegio Nacional.

No hubo tabús que impusieran el pudor para hablar desde la óptica de una docta en nuestra lengua. Lo que naturalmente no podía evadirse fue la aparente irreverencia de profundizar en sendos entresijos de nuestra lengua. Y el público lo agradeció.

“Se nos define como seres de sintaxis libre. Eso significa que podemos crear, recrear, decir cosas que nunca antes habíamos dicho y también entender lo que nunca antes habíamos oído, pero, ojo, esa libertad en la realidad de la historia de cualquier lengua, es una libertad muy limitada, porque, para ser aceptado y estar bien insertado en una comunidad, hay que emplear la misma lengua de los otros, es decir, la lengua de la tribu”, introdujo la autora del “Diccionario de mexicanismos”.

Con lo anterior como plataforma de despegue, explicó que insultar y emplear malas palabras no son lo mismo. Sin embargo, añadió que tanto los insultos como las malas palabras definen de dónde somos; además, ambos conceptos pertenecen al ámbito lingüístico de lo socialmente prohibido; por ello, los hablantes solemos pensar que ambas formas del lenguaje son idénticas.

Un insulto es un proceso de intersubjetivización, es un proceso con el oyente; su función es interaccionar con el otro, ofender al otro y provocarlo. No hay marcha atrás. Desde que las historias de las lenguas tienen datos, se reparan con remedios extralingüísticos (…) Las malas palabras, por el contrario, son un proceso de subjetivización porque solo son un diálogo con yo misma; es expresar sentimientos, no son interactivas, no hay reparación, no se espera que el otro se ofenda. El otro puede escandalizarse un poco si digo ‘madres, me lleva la chingada’. No pasada nada. Si se ofende es problema de él, pero yo no lo estoy insultando”.

Detalló que tanto los insultos como las malas palabras son locales en cualquier lengua del mundo, pero al mismo tiempo, son universales lingüísticos, puesto que en las 6,102 lenguas inventariadas por el Instituto Max Planck no hay una sola lengua que no tenga insultos o malas palabras. La necesidad de ofender al otro y de expresar nuestros sentimientos y nuestras sorpresas, son impulsos universales cognitivos.

Fue generosa en la ejemplificación para separar ambos conceptos y plantear distintas situaciones de en las que solemos abrevar de estos recursos lingüísticos. De igual manera, explicó en cada ejemplificación los primeros registros del empleo de estos términos en la historia del país.

El peso del tabú

“Todas las lenguas del mundo tienen zonas lingüísticas tabú porque somos seres insertos socialmente. Como dice Freud en ‘Tótem y tabú”, es totalmente arbitrario lo que para una sociedad está prohibido y lo que para otro no lo está: depende de la cultura, por lo tanto, depende de focos sociales históricamente cimentados y depende de la edad del hablante. El tabú, además de que es muy local, está asociado a zonas cognitivas y culturales que son centrales para el ser humano alrededor de cinco ejes fundamentalmente: el sexo, la muerte, la escatología, la religión y la identidad.

Explicó, por ejemplo, que México no tiene una cultura blasfema y no suele haber malas palabras o insultos relacionados con la religión. Y compartió que, en otras lenguas, como el hebreo, donde existe el tabú de nombre propio. Por ejemplo, poner el mismo nombre de padre, madre, abuelos o líneas parentales colaterales está prohibido porque se le quita responsabilidad al que va a nacer. No es bien visto poner a los hijos el nombre del padre o la madre.

Detalló que las palabras tabú tienen una gran paradoja en su evolución puesto que cambian muy poco por depender siempre de los mismos ejes cognitivos y porque son requeridos en la lengua con mucha continuidad. Por ello, la sociedad requiere de eufemismos que proponen variantes lingüísticas para los mismos conceptos.

Insultos del ayer

En México, por ejemplo, “la palabra 'coger' tiene una cantidad inimaginable de sustitutos: echar pata, gratinar el mollete, matar el oso a puñaladas, despeinar la cotorra. Es un imaginario impresionante de eufemismos para sustituir a coger”.

Sobre los insultos del ayer detalló que están documentados términos como “alcahuete, cabrón, carajo, conchudo, cornudo, demonios, diablos, indio, miserable, pendejo y perro”. Este último, señaló fue el peor insulto durante los siglos XVI, XVII y XVIII.

Hay documentación que constata que “diablos” era una palabra injuriosa en 1547 en nuestro país. Mientras que uno de los insultos que se ha mantenido a lo largo del tiempo es “puto”.

Detalló que se sabe de los insultos de la historia del país por archivos históricos de la vida cotidiana como los expedientes judiciales en los que, así como sucede al día de hoy en los Ministerios Públicos, las declaraciones se transcribían de manera literal, con insultos como parte de la denuncia.

Por último, dijo que el insulto y la ofensa forman parte de la violencia innata de cualquier ser humano, por desgracia, y eso revela inseguridad. En el caso de México, lo insultos, suponen una afirmación machista.

“Hoy México, aparentemente, es una sociedad más abierta, pero tiene los mismos atavismos y estereotipos porque seguimos insultando en femenino, porque seguimos usando ‘puto’ como un gran insulto y creo yo, se requiere educar, educar y educar a todos y a todas para generar sociedades tolerantes a las minorías, sea cual sea su preferencia sexual; para educarnos a todos en el respeto”.

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