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Arte e Ideas

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Chéjov, invencible en "El jardín de los cerezos"

Tras unas cuantas funciones en el Palacio de Bellas Artes, el montaje inicia temporada en el Teatro de las Artes

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Cuando se cuenta con un buen texto, crecen las posibilidades de que un montaje teatral sea exitoso. La Compañía Nacional de Teatro no erró a la hora de escoger una obra poderosa, simbólica y contundente para presentar en la re apertura de la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes: El jardín de los cerezos, del dramaturgo ruso Antón Chéjov. Tras unas cuantas funciones en el recién remozado recinto, el montaje inicia temporada en el Teatro de las Artes.

El estreno en Bellas Artes tuvo problemas técnicos, pero la obra es a prueba de balas: Chéjov es Chéjov, el texto escrito hace un siglo aún hace eco en este nuevo cambio de siglo y el ambicioso montaje, con todo y sus problemas, es un deleite visual.

Más aún: Julieta Egurrola deslumbra en escena al interpretar a la protagonista de esta obra, Lubia, una aristócrata de fines del siglo XIX incapaz de advertir los cambios que se están generando en el mundo, y Farnesio Bernal alcanza una fuerza dramática contundente y tierna interpretando a un viejo mujik que ya no embona en esa nueva realidad industrial.

El baile al borde del abismo

El jardín de los cerezos es la última pieza escrita por Chéjov, pero cometeríamos un gran error si pensamos que en esta obra encontraremos la mirada cansada de un hombre viejo. La verdad es que esta obra Chéjov la estrenó cuando tenía 43 años, en 1903, y falleció al año siguiente, siendo un hombre aún joven pero enfermo que en su última década de vida produjo sus obras fundamentales.

El chileno Roberto Bolaño, también escritor de muerte temprana que falleció exactamente un siglo después de Chéjov, dijo, inspirado por Nietzsche, que los grandes escritores a la hora de observar el abismo le sostienen la mirada y son capaces incluso de bailar al borde. Chéjov miró el abismo de la muerte (el más atroz) y prefirió reír.

No es casualidad que la risa, el humor, la parodia y la caricatura sean elementos centrales en la forma narrativa de El jardín de los cerezos. Con estos elementos el autor ruso, predominantemente serio y con inclinaciones realistas, insufla complejidad a sus personajes convirtiéndolos en muchos más que tipos o categorías.

El director del montaje Luis de Tavira, hombre de teatro agudo y claridoso, precisa en un texto del programa de mano: Alguna vez hubo un jardín, no un bosque abrupto. Un lugar apolíneo que demanda el cuidado de cada día y que es la forma y la sensación que testimonian la presencia del hombre en la naturaleza: el paraíso perdido justo en el momento en que se anuncia la emergencia del mundo industrial .

Drama multitudinario

El jardín de los cerezos es un drama dividido en cuatro actos, cada uno de ellos representa una de las estaciones y diferentes momentos del día. Ocurre a principios de 1900, una familia aristócrata que vive en una finca centenaria famosa por su precioso jardín de cerezos está a punto de quebrar económicamente.

Liuba (Julieta Egurrola) es la matrona de la casa, vuelve de París donde fue víctima de amores; tiene una hija natural, Ania (Rocío Leal), y otra adoptiva, Varia (Yulleni Pérez), a quien le encuentra buen partido en su vecino, Lopajin (Roberto Soto), comerciante que quiere ayudarlos, él les da una idea: convertir la finca en un centro de veraniego para la nueva clase de turistas , lo cual implicaría talar el jardín. Pero en el fondo, Lopajin está enamorado de Liuba.

En casa viven también el hermano de Liuba (Gaev), señorito de finas prendas, y la servidumbre: un mujik viejo, Firs (Farnesio Bernal), que no sabe otra cosa que ser mujik aunque desde 1861 se había decretado la abolición de la esclavitud; una institutriz alocada, Charlotte (Érika de la Llave) que tiene un simpático perrito muy bien amaestrado, y Epijodov (Héctor Holten), el administrador de la finca que no tiene nada qué administrar.

Además, otros personajes meten las narices hasta la cocina de la casa: un terrateniente vecino y alcohólico, Pischik (Diego Jáuregui) y Trofimov (Luis Lesher) un estudiante enamorado de Ania de patéticos y petulantes discursos.

La escenografía de Philippe Amand: de tonos lúgubres soporta una alegoría decadente, los trazos en capas de la casa significan hacen pensar en niveles, la rampa que va de en medio hacia el fondo marca un metafórico descenso que es la ruina moral y económica de los personajes. El vestuario de Carlo de Michelis y Elena Gómez Tosasant es atinado y sobrio, y la coreografía de Juan Luis Vives, vertiginosa como los tiempos tratados.

El jardín de los cerezos

Teatro de las Artes (Cenart)

Del 12 de febrero al 6 de marzo

Mi, J y V 18 hrs; S y D 17 hrs.

Boletos en taquilla: $150 y $100

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