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Capital Mental: Buenas razones para morir joven
En México es necesario reconocer que los servicios de salud mental son insuficientes y mayoritariamente deficientes y que el estigma ante la enfermedad mental es un lastre solapado por el bajo nivel educacional de la población.
No importa de qué manera, estoy dispuesta a seguir viviendo consciente de que moriré. Sin eso, no estoy viva.
Banana Yoshimoto, Kitchen.
Que los psiquiatras se obsesionen por tratar de entender la manera en que los intangibles hilos de la mente pueden ser manipulados para que alguien decida quitarse la vida, no es algo tan obvio como pudiera parecer, sobre todo si se trata de personas que apenas comienzan a vivir.
¿Acaso no basta saber que la enfermedad depresiva es el factor de riesgo más elevado ante el suicidio?
Si así fuera, solamente tendríamos que lanzarnos a detectar y codificar síntomas de todas las formas posibles de depresión, establecer diagnósticos consensuados y aplicar los distintos tratamientos farmacológicos y las mejores estrategias psicosociales disponibles. Con esto probablemente lograríamos evitar muchos suicidios. Así, el remedio no parece tan difícil, ni remoto. Lástima que los trazos de la realidad sean menos nítidos, más densos y complicados, y sobre todo sujetos a modificaciones impredecibles.
Por otra parte, en México es necesario reconocer que los servicios de salud mental son insuficientes y mayoritariamente deficientes y que el estigma ante la enfermedad mental es un lastre solapado por el bajo nivel educacional de la población. Además, en años recientes la inseguridad pública y la desconfianza ante el futuro se han convertido en los principales detonadores de angustia y desesperanza para millones de personas.
Los huecos conceptuales para una mejor comprensión del suicidio en la niñez y la adolescencia son enormes. Falta mucho por entender y no está siendo fácil aprender a pensar desde una óptica menos comprometida con la poderosa industria farmacéutica. En principio, hay que ver más de cerca y detenimiento el rostro de los jóvenes y sobre todo re-aprender a escucharlos con atención. En la actualidad casi todos son parte de redes sociales y justamente en ellas se fraguan buena parte de sus ideas, emociones y comportamientos.
Hace poco un muchacho descubrió su interés por el suicidio a partir de una lectura esclarecedora. Había leído que la felicidad solamente se alcanza a partir del momento en que se deja de sentir. Sin el más mínimo intento por ocultar los cortes y cicatrices de sus antebrazos, el muchacho explicaba -concentrado y con reposada lucidez las razones para acabar con su vida.
Parecía como si jamás hubiera sentido urgencia alguna por dejar de sufrir.
Cuando me corto y veo la sangre escurrir decía sosegado y volteando hacia la ventana- es cuando más seguro me siento de estar vivo.
La escritora Banana Yoshimoto quien se ha convertido en objeto de culto para millones de jóvenes en todo el mundo dijo hace poco que la maternidad había cambiado su relación ante la vida y la muerte: Ahora tiendo a pensar que deseo vivir más tiempo. Antes, solamente tenía urgencia de vivir.
La psiquiatría necesita apegarse a sus orígenes filosóficos para comprender que el suicidio va más allá de un estado clínico medicable y asumir que, como dice Yashimoto las personas no son rebasadas por circunstancias o fuerzas externas. La derrota viene de adentro .