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Camerata Oslo: me pongo de pie
Este grupo de cuerdas demostró calidad en el concierto que ofrecieron en el Templo de la Valenciana en el marco del Festival Internacional Cervantino.

Lo primero que llama la atención de este grupo de cuerdas es que todos, salvo los chelistas, tocan de pie. Como si fueran solistas al frente de una orquesta.
Este detalle, además de que da al sonido una mayor proyección, dice mucho de la actitud con la que tocan, ya que, efectivamente, los músicos que integran el grupo son intérpretes de gran calidad.
Y vaya que demostraron esa calidad en el concierto que ofrecieron en el Templo de la Valenciana
Antonio Bravo, de Radio Educación comentaba (en la transmisión en vivo que hicieron desde el asiento junto al que estaba este cronista) que desde una hora y media antes del concierto, la Camerata ensayó no tanto para repasar las piezas sino para ver cómo adaptaban cada una de ellas al espacio acústico del Templo, lo cual se notó desde las primeras notas de la Sinfonía no. 2 de Carl Philip Emmanuel Bach, donde (por ejemplo y con la promesa de no incluir más tecnicismos que éste) las veloces notas de las escalas del allegro tenían, con la resonancia, la textura suave de una pendiente de hielo y no, digamos, la accidentada de una escalera.
Tras este inicio de la época preclásica, la Camerata se movió rápidamente a la actualidad y al frío del norte de Europa con Arctos, Concierto para violín y cuerdas del Noruego Terje Bjorklund, donde Catharina Chen, solista entre solistas, nos remitió a la rudeza del pasaje nórdico.
Clima en el que siguieron las dos melodías, "El primer encuentro" y "Noruega", de Edvard Grieg. No cabe duda de que al hacer el programa, el tema de este Cervantino, Los dones de la Naturaleza, estuvo presente.
Tras el intermedio, la camerata decidió calentar las cosas y regresar de algún modo a Bach (pero el padre, Johann) y tocó la Suite Holberg, también de Grieg. Y ciertamente, aunque ya nadie sabe bailar la gavota ni la zarabanda, como que los pies se le movían un poco público.
Este espíritu bailarín siguió con Orawa del polaco Wojciech Kilar, que mostró que se pueden tender puentes (y bailar sobre ellos) entre el minimalismo contemporáno, la música barroca y las danzas polacas.
Al final, el público, entusiasmado, se puso también de pie.