Este año, no lo sabremos nunca, es quizás aquel que estuvimos esperando. El tiempo en que por fin los propósitos se cumplieron, los sueños ya son una agradable realidad, los vicios desaparecieron, las manías se volvieron graciosos aderezos del carácter y el horóscopo dejó de interesarnos. Quizá, no tarda en llegar el momento en que muchas frases hechas sean una maravillosa verdad y no una invitación a la ignominia. (¿Qué tal aquella de: “el tiempo cura lo que la razón no puede curar” o “la perseverancia trae ventura”?)

Por si acaso apenas que fue el primer día del año 2018 muchos cambiaron de calendario, calzones o cartera y practicaron todo tipo de acciones extrañas. Sin fundamento científico. Nada nos asegura la fortuna y la prosperidad salvo el trabajo y la constancia, como bien han dicho todas las madres y abuelas del mundo. Sin embargo, astrólogos, numerólogos, fanáticos del feng shui y magos blancos recomiendan algunas prácticas sencillas, que como si fuéramos integrantes de una tribu pagana, se han denominado rituales. Quienes aspiran a ser  iluminados compran canastas de la prosperidad con 12 veladoras de distintos colores, para prender una por mes; los que no quieren que les falte la lana cuelgan borreguitos detrás de la puerta de su casa y los más obsesivos se consiguen un ramo de siete hierbas amargas, lo rocían con aguardiente puro y cascarilla para quitar lo salado, luego lo queman y juran que, como el humo, las malas vibras que cargamos el año pasado se irán y el aire fresco del nuevo año llegará con buenas intenciones.

La historia, dijo el sabio Tucídides, es un incesante volver a empezar. Y, como seguramente ya lo sabe, no fue el único que llegó a tan impresionante conclusión. Acuérdese de Heráclito y su Eterno Retorno, de Borges cuando dijo aquello de quien se aleja de su casa ya ha vuelto y que el camino es solo uno, el que viene y el que va, pero también el recorrido. Muy bueno el porvenir, pero a veces aterrador por desconocido. Sin embargo, y por si lo necesita, siempre es posible acudir a las certezas. Confiarse de un almanaque o calendario que, con su recuento de las fechas y los días, logre paz para nuestra estresada psique.

Por ejemplo, y muy confiable, el calendario del más antiguo Galván que, a pesar de pertenecer a las publicaciones que tuvieron su mayor popularidad al conseguir México su Independencia, en 1821, todavía puede conseguirse en el 2018 en su puesto de periódicos favorito. Evidentemente actualizado, incluye datos calendáricos anuales, predicciones meteorológicas no científicas y astronómicas, santorales y estadísticas útiles para entender la bóveda celeste y enterarse de los efectos de la canícula. El del 2018 nos asegura que comenzamos un año diferente, pero afortunadamente muy normal (inició en lunes).

Entre sus muchas particularidades, habrá 26 lluvias de meteoritos, cinco eclipses; todos parciales de sol o de luna. Los judíos celebrarán su año 5779, comenzando el 10 de septiembre; los chinos festejarán el Año del Perro, que comenzará el 16 de febrero; se cumplirán 526 años del Descubrimiento de América, 487 de la primera aparición de la Virgen de Guadalupe, 208 del Grito de Independencia, 101 años de la Constitución que hoy nos rige y —como se puede leer con orgullo y textualmente— 192 de la fundación de este calendario, el más antiguo de cuantos se publican en toda América y 172 de la fundación de la Librería Murguía editora de este calendario desde 1856.

Si acaso no le convence porque cree, como Asimov que los relojes y los calendarios se fabrican para regular nuestras relaciones con los demás; en realidad, para regular la sociedad entera y así es como se usan y no sirven para nada más, también puede distraerse leyendo en el calendario Galván un pequeño artículo inicial sobre el muy triste destino de la vaquita marina o repasar el himno nacional completo.

En lo que se decide por un calendario de papel o por los fechas digitales en su celular acudo al presente. Es decir, a lo que cuenta la historia que ocurrió un día como hoy.

El 2 de enero de 1912, tras tres años de batallar y mirar al cielo con un oculto deseo de alcanzar las nubes y una secreta admiración por los que ya lo habían logrado, en un taller mecánico de la Plaza de las Vizcaínas de la ciudad de México, Juan Guillermo Villasana y el ruso inmigrante Santiago Poveregsky le pusieron la última tuerca al primer avión fabricado en el país. El aparato, monstruoso pero bello, resultó la culminación de muchos días de bordar quimeras, propósitos tan buenos como los de año nuevo y de una tenacidad sin límites. Todo ello sin la ayuda de la astrología, la cartomancia, los cuarzos o los eclipses.

Sin embargo, no a todo el mundo le fue bien el segundo día del año. Benito Juárez, por ejemplo, se levantó casado y se fue a dormir viudo, y hasta el día de su muerte hubo de padecer la ausencia de su esposa, Margarita Maza, fallecida el 2 de enero después de una triste agonía en su casa de San Cosme.

Juárez entró en tal tristeza, que cambió la cama matrimonial por una individual (que hoy puede visitarse en el Castillo de Chapultepec), emprendió con más ahínco el estudio del francés para leer una historia de la evolución política de las naciones en el galo idioma, comenzó a escribir todo lo que comía y cenaba y falleció un año después en sus habitaciones del Palacio Nacional.

Esta fecha, pues, ha estado teñida de alegrías y dolores: nació Isaac Asimov pero se murió Ovidio; una preciosa ciudad californiana dejó de llamarse Yerbabuena pero fue rebautizada como San Francisco, Martín Lutero fue excomulgado pero en Guanajuato nació el Pípila y muchos, que no dejaron de fumar, comer, despilfarrar y reventarse el primero de enero (como es nuestro caso, dejemos de fingir) llegaron a la conclusión de que el tres de enero, o hasta el cuatro todavía son días perfectos para volver a empezar. (Y por cierto, ¿usted qué desayunó?).

Ocuparse de cosas más sensatas, tradicionales y casi sacras sería adecuado para limpiar el espíritu, acallar la conciencia y acordarse de que, como bien decía Sir Francis Bacon, escoger el propio tiempo es ganar tiempo. Ya si ninguna de estas cosas le provocan esperanza, respeto y optimismo ya ni piense ni vacile: al final todo será lo mismo.

Sin duda alguna, el 2018 será uno de los mejores años de este siglo XXI y uno de los más felices de la vida de usted, lector querido. Es obvio: el 18 ha sido todos los calendarios, religiones y almanaques un número de buena suerte.