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Arrasados, un experimento muy fallido
Arrasados, la ópera experimental de Rogelio Sosa, presenta una falta de sutileza y de inteligencia de la trama. Esta obra se presentó durante la celebración del Festival Cervantino en Guanajuato.
En Arrasados, la ópera experimental de Rogelio Sosa, no molesta tanto la violencia exagerada ni el sexo incómodo como la falta de sutileza y de inteligencia de la trama, de la cual se puede decir, temiendo ofender a los creadores, que es llanamente torpe y estúpida.
Además no es una ópera, por muy experimental que sea: los actores no cantan sus parlamentos y los cantantes no actúan sus partes. Es, quizá una obra de teatro musicalizada en vivo.
Bien y convincentemente musicalizada, por cierto (no todo podía estar mal). Las voces de Carmina Escobar y Juan Pablo Villa y la electrónica diversa del propio Sosa acompañan las acciones escénicas, y en muchas ocasiones protagonizan, con gran tino.
Una pareja llega a un hotel. Él, Juan (Ignacio Paredes), es violento, desagradable, grosero, no se quita la funda sobaquera de pistola ni para bañarse. Ella, Blanca (Anajosé Aldrete), es mucho más joven, insegura, nerviosa, se deja maltratar bastante, en general no parece querer a Juan sino tenerle repulsión.
Juan maltrata a Blanca hasta que una incomprensible guerra, que aparentemente es entre lo que él llama nahuales o nacos contra los mexicanos de ascendencia europea, les cae encima en la figura de una soldado desequilibrado (Baltimore Beltrán). Blanca desaparece y Juan pasa a ser maltratado por el soldado.
Hasta ahí la historia parece tener coherencia. Pero es en los detalles donde se pierde y llega al extremo de la idiocia.
Los calzones rojos
Como ejemplo de la falta de cuidado en el desarrollo de la trama baste el ejemplo de los calzones rojos.
Después de pelear sin parar, Blanca y Juan se duermen. A la mañana siguiente no sabemos si tuvieron sexo (no podrían haber hecho el amor) porque ambos están medio vestidos, Juan está en bóxers y camiseta con la sobaquera puesta y Blanca, en camiseta y calzones notablemente rojos. La vemos ponerse los pantalones.
Siguen las humillaciones y los insultos soeces que son interrumpidos por disparos. Blanca corre al baño, entra el soldado y, tras unos minutos la busca ahí. No está, se ha ido. Más humillaciones y violencia. Cae una bomba a la que sobreviven Juan y el soldado. Este último encuentra entre los escombros ¡unos calzones rojos¡ que, nos muestra, huelen a su dueña.
Siguen las escenas violentas, que a estas alturas ya no espantan sino aburren y, tras un momento pretendidamente climático, regresa Blanca. La guerra debe estar muy fea porque ha perdido los pantalones y, sí, trae puestos sus calzones rojos.
Es uno de una infinidad de detalles que no cuadran: diálogos que se enciman de tal forma que las respuestas se ofrecen cuando apenas se inicia la pregunta, reacciones incomprensibles, unos desayunos continental que tienen salchicha y tocino (¿?) pero no fruta ni pan, personajes acartonados que no evolucionan un desastre que parece partir de la idea de que si se ataranta suficientemente al público con escenas de la violencia cruda y desagradable va a perder su capacidad de pensar.