Cruzar Estados Unidos por carretera debe ser una de las experiencias más narradas, fotografiadas y filmadas. Usualmente, es una fantasía romántica. Tom Sawyer y Huckleberry Finn en automóvil.

La epopeya clásica del que camina por las carreteras estadounidenses es En el camino de Jack Kerouac. La novela fue estandarte del movimiento beatnik, una brillante lectura del cambio de los tiempos: se venía la contracultura y la década de los 60, la libertad y de las relaciones humanas cambiaron.

Cormac McCarthy, celebrado autor estadounidense, famoso en los últimos años por la adaptación fílmica de su "Sin lugar para los débiles", renueva el recurso del viaje en carretera como metáfora de los tiempos que vivimos.

La próxima semana se estrena en nuestro país la película "El último camino", basada en otra novela de McCarthy. Al parecer la película es una genialidad, pero la novela es un clásico contemporáneo.

Llamada simplemente "La carretera" (Debolsillo, $149, 220 pp.), la breve narración es sencilla y absolutamente desoladora.

Ese miedo omnipresente que vivimos actualmente, esa sensación de que el telón está por caer es perfectamente capturada por McCarthy.

Un padre y su pequeño hijo, de quienes no sabemos ni su nombre, caminan por la autopista. Al fin sucedió el fin del mundo. Ya no hay animales, casi no hay plantas, el agua está contaminada. Un puñado de seres humanos vive el triste epílogo de la Tierra.

Al parecer se sobreviene un invierno glacial. El padre, aferrado a la supervivencia de su hijo, decide que deben recorrer la carretera que los lleva a la costa oeste estadounidense, buscando calor, comida y acaso, otros good guys como ellos. Porque el padre siempre se lo repite al hijo: Somos los buenos .

El padre y su hijo se aferran a eso que nos hace supuestos animales superiores, las costumbres humanas y racionales como el lenguaje, el control de los impulsos, etcétera. Sólo se tienen el uno al otro.

Pero no están solos. "La carretera" también es recorrida por otros sobrevivientes: caníbales que han renunciado a cualquier pretensión de humanidad.

A medio camino, el padre empieza a escupir sangre. Está por morir. ¿Quién protegerá a su hijo?

McCarthy narra con un estilo sucinto, distinto a su verbosidad usual. La desgracia parece ser lo único que queda para los personajes.

Pero así como es un texto desolador, también está cargado de sutilezas conmovedoras. ¿Por qué el hijo y el padre insisten en jugar? ¿Por qué siguen conversando todos los días? Si no sirve para la supervivencia (o aún cuando la supervivencia ya no es posible), ¿por qué aferrarnos a nuestra humanidad?

cmoreno@eleconomista.com.mx