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A las protestas juveniles les falta una estética
La dictadura franquista hacía que la vida pasara con lentitud, opina el autor de la novela ganadora del Premio Tusquets.

Fernando Aramburu, vasco de nacimiento, ahora es sobre todo un hombre disciplinado, de ritos , como todo un alemán. Desde hace 27 años vive en el país teutón y en noviembre pasado fue galardonado con el VII Premio Tusquets de Novela por su obra Años lentos, en la que repasa, a través de sus personajes, un fondo turbio de culpa que habla sobre la historia reciente del País Vasco.
La semana pasada estuvo en nuestro país. En charla con El Economista, el escritor habló de sus razones como escritor, de su vida en Alemania país al que llegó por la razón más sencilla: una mujer bellísima-, sobre la situación de Europa y la rebelión de los jóvenes indignados del Movimiento 15-M, con respecto al cual comentó:
Tengo una doble impresión sobre el Movimiento: por un lado, celebro que los jóvenes no bajen la cabeza, no se resignen, protesten y se hagan escuchar. Por ese lado, siento cierta simpatía hacia ese movimiento. Por otro lado, veo su ingenuidad, veo que no están organizados políticamente; por tanto, están muy alejados de las decisiones del poder, no forman un partido, sólo se manifiestan. Yo no le veo mucho futuro a este movimiento, salvo como manifestación de protesta.
El Mayo del 68 en principio también fue lo mismo, pero había otros ingredientes que no hay ahora: había un ingrediente estético, por ejemplo.
Esto puede parecer una tontería pero no lo es. Que en 68 los jóvenes llevaran el pelo largo, se vistieran con jeans, escucharon un tipo de música, eso tuvo una repercusión muy grande que afectó los modos de vida de la gente. Yo imitaba esa estética del pelo largo aunque tenía nueve añitos.
Nada de esto hay ahora. Ahora bien, no quiero ser rotundo .
TRAS LA MUERTE DEL DICTADOR, CONSEGUÍ REEDUCARME
Uno de los temas por los que pasa Años lentos es el de la identidad. Al respecto, Aramburu comenta: Toda persona tiene derecho a una identidad, entendiendo por ésta una identificación con el paisaje, con las personas, con la cultura. Esto me parece sencillamente natural. Ahora bien, no acepto que esa sensación de pertenencia derive en actitudes discriminatorias o limitadoras de las personas.
Yo soy vasco, de una manera natural; nadie elige su lugar de nacimiento, ni sus padres ni su religión. Y por eso nunca me gustó que esto tuviera consecuencias políticas. Me considero un ciudadano del mundo. He decidido no considerar a ninguna persona en este planeta extranjera.
Titulé mi novela Años lentos a partir de una impresión personal. Años lentos no es un concepto histórico; doy por hecho que muchos que vivieron en mi ciudad en aquellos años tengan una impresión distinta. Yo los recuerdo como lentos porque vivíamos sometidos a la dictadura.
Pasaban pocas cosas, en comparación con lo que pasa hoy en día.
No hay más que mirar los periódicos de la época para darse cuenta de lo ridículas que eran las noticias que ocupaban las páginas preferentes de los periódicos: cosas que, si acaso, hoy ocuparían un rincón interior sin fotografía. Lo que venía del extranjero, venía tarde, venía a cuentagotas y censuradas. La música: los Beatles; el Mayo del 68, los movimientos intelectuales, las novedades políticas, la revolución sexual. Todo eso a nosotros nos estaba vedado por la dictadura. Entonces tuve esa sensación de monotonía, de atonía política e histórica, de lentitud, de minutos que duraban mucho. Yo tuve relativa suerte porque cuando murió el dictador tenía 16 años y conseguí reeducarme con los libros que estaban prohibidos; había un deseo colectivo de libertad, de ver mujeres desnudas, de poder decir en la calle lo que uno quisiera. Ésa es una época que yo veo feliz, pero ésa es una historia posterior a la desarrollada en mi novela , cuenta el escritor.
UN HOMBRE DE RITOS
A mí me enseñaron a terminar todas las tareas. Yo soy un hombre de ritos y todos los días hago lo mismo. Soy muy disciplinado y llevo una vida muy ritualizada porque de esa manera soy productivo , cuenta Aramburu.
Es riguroso, su itinerario de escritura es el siguiente: a las 8:30 de la mañana se sienta a escribir; después, a las 9:30 am, come una manzana.
Fijo, eso es fijo. No me gustan las manzanas, tampoco me desagradan, pero esa manzana de las 9:30 me garantiza 40 minutos de agilidad mental. En ese periodo de tiempo que es breve se me ocurren los títulos, la manera de terminar un capítulo o de empezar otro; lo tengo comprobado . Más tarde, a las 10:30 toma el té y un pequeño descanso. Por lo general, a las 11:15 toma un café.
Esta serie de rituales significa que en cualquier momento del día sé cómo va mi trabajo, cuánto me falta. Me pongo un horizonte diario de trabajo, pequeño para no terminar frustrado. Desde que dejé la docencia en el 2009, retrasé la hora del almuerzo a las 12 y, para evitar mareos, tomo un café bastante fuerte , comenta Fernando Aramburu.
Dejó de dar clases porque deseaba desde joven cumplir un sueño en esta vida, que es dedicarme intensamente a escribir .
Cree que es posible vivir de la literatura siempre que uno este dispuesto a llevar una vida modesta y no tenga aspiraciones de enriquecerse. Si uno tiene hijos pequeños es mejor que no intente vivir de la literatura .
aflores@eleconomista.com.mx