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La sociedad mexicana está despertando: Luis Rubio
Durante los años 60 en el país se discutió si lo mejor era apostar por abrir la economía del país o cerrarla y que el gobierno fuera el principal control de la nación, lo cual se impuso; el presidente López Obrador quiere regresar a eso, expone Luis Rubio.
“El presidente López Obrador no tiene una estrategia para llegar a donde quiere ir, excepto el de concentrar el poder… lo que tiene claro es que, si el logra que la presidencia mande, palabra que le gusta utilizar desde que anunció la cancelación del aeropuerto, si el presidente manda, las cosas solitas se acomodan”, consideró el autor Luis Rubio. Foto: EE: Archivo.
El presidente Andrés Manuel López Obrador pretende regresar al México de los años 70 del siglo pasado, donde el gobierno era el principal control, aunque no cuenta con una estrategia, excepto la de concentrar el poder; sin embargo, la sociedad mexicana está despertando, justo cuando, como país, enfrentamos un gran dilema: optar por el autoritarismo o la democracia, plantea Luis Rubio.
Entrevistado con motivo de la presentación de su libro “La nueva disputa sobre el futuro. Ideas viejas para un México Moderno”, editado por Grijalbo, Rubio expuso que los mexicanos hemos logrado construir una democracia relativamente fuerte en lo electoral pero muy enclenque en lo operativo, además de que hoy tenemos un gobierno que cree que el país progresará, en la medida que él mande y, en su lógica, eso quiere decir ser más autoritario.
Explica que el gobierno mexicano actual es producto de lo que quedó del porfiriato y los arreglos políticos que dieron lugar al PRI y está diseñado para mantener el estado de cosas.
El reconocido intelectual, explica que durante los años 60 en el país se discutió si lo mejor era apostar por abrir la economía del país o cerrarla y que el gobierno fuera el principal control de la nación, lo cual se impuso.
Actualmente, el presidente López Obrador quiere regresar a eso, pues tiene la creencia que si el gobierno manda todo lo demás se acomodará, lo cual, recalcó, evidentemente no ocurrirá, indica.
En ese contexto, plantea que la única salida es la ciudadanía, que está dispuesta a exigir rendición de cuentas y responsabilidad a los funcionarios, sobre todo luego de la pandemia de la Covid-19 y la crisis aparejada a ella que ha puesto en entredicho la estabilidad de miles de familias, así como el mensaje que emitió la clase media en las elecciones del 6 de junio pasado, en el sentido de que va a luchar por preservar lo que se ha ganado.
—Uno de los argumentos de este libro es que el problema de México es que el gobierno dejó de funcionar. ¿Por qué ocurrió eso? ¿Por qué perdió eficacia?
—El gobierno de México fue fundado a partir de lo que quedó del porfiriato y de los arreglos políticos del pacto político que dio origen al abuelo del PRI, al Partido Nacional Revolucionario, en los años 20 y 30 y lo que se hizo fue un arreglo en donde lo importante era mantener la paz política y social para que hubiera posibilidad de crecimiento económico. A cambio de ello, se le darían privilegios a todos los intereses políticos, empresariales y sindicales, que eran parte del sistema y que, en el curso del tiempo, se fueron haciendo un grupo más pequeño y más compacto.
Esa esencia no ha cambiado absolutamente en nada. Ni con los gobiernos panistas, ni con los gobiernos reformadores de antes, ni con el presidente Andrés Manuel López Obrador.
No es un gobierno diseñado para que el país crezca; para que la población mejore sus condiciones. No está diseñado para ser transparente, a ser limpio a diferencia de corrupto. No está diseñado para tratar de construir un mejor país hacia el futuro. Está construido para mantener un status quo y condiciones muy precarias.
—Este es un libro que nos sitúa en la disputa por las ideas con las que se toman decisiones. ¿Qué tanto es un asunto de ideas y qué tanto nos lleva al campo de la ejecución?
—El problema de la ejecución lo hemos tenido en los últimos 30 o 40 años. Sin la menor duda.
Las oportunidades que tenían los tecnócratas de instrumentar reformas, las tuvieron con las restricciones políticas que había alrededor y con las propias que ellos tenían.
Yo creo que hoy en día tenemos un tema de ideas y, sin meterme demasiado en la historia, en la disputa en los 60 de si habría de abrirse la economía del país, que enarbolaba Antonio Ortiz Mena, contra la idea después del 68, de que necesitábamos que el gobierno fuera la fuente principal de control, de demanda en la economía y de funcionamiento del país, que ganó y que siguió Echeverría y los años de López Portillo.
El último de los jugadores de ese lado nacionalista es López Obrador. Él es hijo de eso. Él vivió eso en los 70 y quiere recrearlo. Lo que me impacta de él, es que no tiene una estrategia para llegar a donde quiere ir, excepto el de concentrar el poder. Creo que lo que tiene claro es que, si el logra que la presidencia mande, palabra que le gusta utilizar desde que anunció la cancelación del aeropuerto, si el presidente manda, las cosas solitas se acomodan. Evidentemente no se pueden acomodar porque ni siquiera cuadran.
—¿Cuáles son las exigencias que impone el contexto actual a un país como México?
—Ese es un tema central porque tenemos un mundo donde el valor se agrega en la parte más creativa, en la parte más analítica, en la parte de desarrollo más craneano, a diferencia del manual y eso requiere y tiene exigencias muy distintas al mundo industrial de los años 50 y 60.
Eso es uno. Segundo, la ubicuidad y disposición de información en todas las partes y toda la información y la capacidad que tienen estos aparatitos que todos traemos en la bolsa, de procesamiento de datos, que no existían hace unas décadas. Todo eso cambia el contexto dramáticamente y crea oportunidades de un gobierno muy distintas.
Antes el gobierno tenía que mantener la paz social, tenía que dar cierta certeza. Hoy en día tiene que convencer y el gobierno que no convence no logra que la población lo siga.
Hay un fenómeno social con gobiernos que tienen cierto ADN, esta tentación a concentrar el poder, esta nostalgia por tiempos pasados como referencia. Moisés Naím usa esta frase de necrofilia ideológica.
El país está lleno de eso. Como el sistema en su esencia no se ha alterado, como no se han alterado los valores fundamentales para los cuales esto ha de funcionar, lo que tenemos es una adoración para lo que existía. Una nostalgofilia para reconstruir un mundo que ya desapareció y que no es posible recrear.
Lo que tenemos es una serie de malos arreglos que por unos años funcionaron bien porque no había la intención de ir para atrás. Hoy en día la estrategia es ir para atrás.
Antes teníamos cosas que nos anclaban, eran fardos como en los estados del sur que están atorados en buena medida por intereses políticos, que no quieren que progrese el país ahí.
La gran oportunidad para el presidente López Obrador era que fuera él el gran reformador porque no tenía compromisos con los intereses viejos que anclan al país en el pasado.
–¿Eso tiene que ver con la construcción de instituciones? ¿Qué tanto estamos pagando el hecho de no haber podido construir instituciones que hicieran hoy que no dependiéramos de las personas que están en el gobierno?
–Ese es la clave. Creo para el futuro, después de muchos años de esperar que va a venir el salvador, que va a venir un presidente que nos va a resolver todos los problemas, yo creo que la única salida es la ciudadanía que está dispuesta a demandar, a exigir responsabilidad a los funcionarios públicos, a exigir rendición de cuentas.
Creo que ahí viene. Creo que vimos un pequeño esbozo, por lo menos un atisbo, de lo que podría ser en la elección de hace tres semanas, pero el tiempo dirá si la ciudadanía se pone los pantalones y exige a los políticos.
—Hay una crítica, en algunos casos excesiva, pero no necesariamente injusta, que dice la oposición no solo carece de liderazgos, sino de ideas. Carece de un relato que compita con el relato de la conferencia mañanera del presidente. ¿Coincide usted con eso?
—Tenemos muy pocos estadistas y ciertamente no están a cargo de los partidos políticos.
No tenemos personas que tengan una visión distinta, esperanzadora, promisoria que atraiga a la población. Me parece que en la alianza que se hizo recientemente, entre los tres partidos de la oposición, parte de su problema es que no tienen esa narrativa, porque no la puede tener porque tienen tres muy distintas. Se juntaron para estar en contra de algo. Lo que necesitamos es una posibilidad de ver hacia adelante.
Yo creo que eso no va a venir de los partidos tradicionales, todos, incluido Morena. Lo que vamos a requerir es que, si va a venir alguien distinto que salga de la sociedad y que les robe la candidatura a los partidos y logre consumarse como un candidato o candidata que le ofrezca una visión distinta que le atraiga a la población.
—Le atribuye una gran responsabilidad a la ciudadanía en el papel que debe de jugar, si queremos salir de esta situación. ¿Tenemos la ciudadanía preparada o dispuesta para enfrentar este papel?
—Yo creo que ese es el gran reto. Por supuesto que, en un gobierno tan complejo, en un mundo donde tenemos variables financieras, tecnológicas, que nos dominan y controlan infinidad de nuestras decisiones y empresas enormes en el mundo que nos permiten como ahorita comunicarnos por Zoom, todas estas tienen un impacto dramático sobre nuestras vidas.
Entonces claramente la ciudadanía a través de un voto no puede determinar toda la relación de poder en la sociedad, pero lo que sí creo, es que la sociedad mexicana sí está despertando.
La pregunta, al final del día, va a ser ¿en qué medida esta correlación de fuerzas entre gobierno y sociedad va a permitir ir dándole forma a un país más equilibrado, más capaz, susceptible de crecer y desarrollarse y tener un sistema político que le responda a la ciudadanía directa o indirectamente?
—Su libro hace referencia a ideas viejas. ¿Cuál idea nueva hace falta que se instale en México? ¿Cuál es la más poderosa para transformar México?
—Me recuerda un poco a Xi Jinping, en China que decía que no importa si el gato es negro o blanco, sino que atrape ratones.
Lo que tenemos que pensar es en términos de crear riqueza, de hacernos ricos como país, como sociedad. Que sea legitimo aspirar a ser mejores, que sea una oportunidad de incrementar la productividad, que el país se va a ser grande, en la medida de que todos seamos parte de eso, que el país va a ser mas grande, si todos somos parte de esa ola de transformación. En el país hemos tenido, grandes empresas, grandes innovaciones, pero tenemos muy poca capacidad de transformación, porque todo está pensado en términos de cómo seguimos haciendo lo mismo que hacíamos antes.
Veamos la parte más exitosa de la economía mexicana, la manufacturera relacionada con las exportaciones. Estamos en la parte de relativamente menor grado. Ahí, simplemente podríamos agregar una barbaridad de valor y generar mucho más empleo y hacer mucha más riqueza. Simplemente tenemos que legitimar la creación de riqueza como una parte de nuestra cultura.
—¿Después de las elecciones del 6 de junio, repensó algo de lo que escribió en este libro?
—Creo que el cambio grande que hubo en la elección, aunque veremos los números finales el primero de septiembre, pero es el Congreso donde está el cambio más importante.
Los ataques del presidente las dos semanas siguientes de la elección a la clase media y sobre el aspiracionismo, son muy reveladores, dejan mucho qué pensar, sobre la posibilidad de desarrollo. Tambien mostraron que el presidente es vulnerable.
De las gubernaturas, hubo dos, Campeche y Nuevo León que pudieron haber ido en dirección contraria, si hubieran hecho la alianza. Hay cinco estados donde las diferencias son dramáticas y sí es significativo.
Claramente Morena está creciendo, pero no me parece que sea incontenible, dado el liderazgo que el presidente le ha dado legal o ilegal en términos de la ley electoral, pero no hay duda de que el presidente ha tenido un impacto muy fuerte.
—Hace referencias a clases medias y es inevitable pensar al libro que escribió en la década pasada. ¿Qué ha cambiado de su visión de la clase media a la luz de estos años y a raíz de lo que está pasando en el lopezobradorismo y las elecciones?
—Ese tema ha sido muy activo en las últimas dos semanas. Obviamente primero que nada Luis de la Calle (coautor) y yo estábamos hablando ahí de una clase media que no es equiparable a la europea, que es el parangón que sería deseable tener.
Estamos hablando de unidades familiares que tienen un ingreso suficientemente grande para ya no estar preocupados del día a día.
Lo que estamos viendo con la pandemia y la falta de crecimiento, es que muchas de esas familias sí están en entredicho, en términos de su estabilidad cotidiana.
Cuando estamos en una pandemia el desempleo que esto genera y la desaparición de muchos empleos informales, tenemos un riesgo muy importante para ese segmento.
Entonces claramente se ha comprimido, no se en qué medida, pero habrá que ver los números del Inegi en agosto, pero no tenemos idea de esto.
Lo que creo que es clarísimo en la elección intermedia de hace unas semanas, es que la clase media va a pelear hasta con las uñas por preservar lo que tiene y eso históricamente es lo que ha hecho las revoluciones.
No es la gente que no tiene nada que perder, es la gente que sí tiene que perder, la que quiere preocuparse y trata de defender lo que tiene.
—¿Qué es lo relevante en este estado de cosas?
—Creo que el verdadero dilema que tiene México es entre el del autoritarismo y la democracia. Tenemos una democracia relativamente fuerte en lo electoral, pero muy enclenque en lo operativo y tenemos un gobierno que cree que puede mejorar la manera de funcionar el país en la medida que el gobierno mande y mandar quiere decir ser más autoritario.
No estoy hablando ni estamos ante la tesitura como el caso chino contra occidente, porque los mexicanos nunca actuaríamos disciplinadamente, como los chinos y, segundo, porque no tiene los instrumentos para hacerlo, pero creo que, en términos de cómo vamos a ser y qué tan viable va a ser la economía mexicana y qué tan viable va a ser la política mexicana, sí tenemos una tesitura fundamental, es de si vamos hacer avanzar hacia construir un país más funcional, un país capitalista desarrollado o vamos a ir atorándonos otra vez como nos ha pasado en las últimas décadas.