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Opinión

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De vender productos a provocar emociones: Los creadores de contenido

Alfredo Duplan | Más allá del éxito

Durante décadas, la publicidad tuvo una misión relativamente clara: hacer que el consumidor conociera un producto y darle razones para comprarlo. Las marcas invertían grandes presupuestos en televisión, radio, periódicos, revistas, espectaculares y material en el punto de venta. El reto era alcanzar a la mayor cantidad de personas posible y repetir el mensaje suficientes veces para permanecer en su mente.

Buena parte de esa comunicación giraba alrededor del producto y del precio. “Ahora con 20% de descuento”, “lleve dos y pague uno”, “últimos días”, “venta nocturna” o “precio especial”. Cupones, folletos, ferias de descuento, temporadas y promociones eran herramientas indispensables para generar tráfico. El consumidor recibía el mensaje y decidía si reaccionaba. La comunicación era predominantemente de una sola vía: la marca hablaba y nosotros escuchábamos.

Ese mundo no desapareció. El precio sigue importando, las promociones funcionan y los medios tradicionales conservan relevancia. Pero algo cambió radicalmente: hoy las marcas ya no solamente compiten por nuestra cartera. Compiten por nuestra atención.

Las redes sociales transformaron las reglas. TikTok, Instagram, YouTube y los reels nos permiten descubrir productos de una manera completamente diferente. Ya no necesariamente vemos un anuncio; vemos a alguien viajando, cocinando, entrenando, decorando su casa, probando un restaurante, estrenando unos tenis o utilizando un producto en su vida cotidiana.

Pasamos de mostrar productos a contar historias. De comunicar atributos a transmitir experiencias. De explicar lo que algo hace a enseñarnos cómo podría hacernos sentir.

Ahí está uno de los grandes cambios de la industria de contenido. Una habitación de hotel puede anunciar metros cuadrados, ubicación y tarifa. Pero un video de alguien abriendo las cortinas y mostrando una vista espectacular al amanecer puede hacernos imaginar ahí. Un restaurante puede anunciar su menú y precio, pero ver la reacción de alguien al probar un platillo puede despertar inmediatamente nuestras ganas de conocerlo. La emoción se convirtió en un poderoso vehículo comercial.

Y en medio de esta transformación apareció una nueva industria: los influencers y creadores de contenido. Lo que comenzó muchas veces como personas compartiendo partes de su vida se convirtió en un ecosistema profesional que conecta audiencias, plataformas, agencias y marcas.

Su valor no está solamente en cuántos seguidores tienen. Está en la relación que construyen con ellos. Seguimos a determinadas personas porque nos entretienen, nos enseñan, nos inspiran o porque compartimos intereses. Cuando esa relación es auténtica, una recomendación puede tener una capacidad de influencia difícil de conseguir mediante un anuncio tradicional.

Por eso las marcas destinan cada vez más recursos a esta industria. Ya no se trata simplemente de contratar a una celebridad para sostener un producto frente a una cámara. Los mejores creadores entienden a su comunidad y saben traducir el mensaje de una marca a su propio lenguaje. Generan contenido capaz de provocar curiosidad, deseo, identificación y, finalmente, acción. Pero existe una condición fundamental: la credibilidad.

La industria de influencers seguirá creciendo mientras sea capaz de conservar algo muy valioso: sentirse honesta, cercana y real. Cuando cada publicación parece un comercial, la conexión se debilita. Cuando un creador recomienda cualquier producto simplemente porque recibió un pago, pone en riesgo su activo más importante: la confianza de su audiencia.

Por eso ser influencer tampoco es tan sencillo como parece. Muchos jóvenes aspiran hoy a convertirse en creadores de contenido. Y es una actividad legítima, pero cada vez más profesional. Crear, grabar, editar, publicar, analizar métricas, negociar contratos, administrar comunidades y mantener relevancia requiere disciplina. Para muchos es un trabajo de tiempo completo.

Además, existe una responsabilidad importante frente a las marcas. Una empresa que contrata a un creador le está confiando parte de su reputación. Espera alcance, pero también profesionalismo, cumplimiento y coherencia con sus valores. La relación debe funcionar en ambos sentidos.

En México y Latinoamérica esta industria representa una enorme oportunidad. Somos mercados profundamente sociales, emocionales y culturales. La comida, la música, el deporte, la familia, los viajes, la moda y el entretenimiento generan conversaciones permanentes. Cada una puede convertirse en un punto de encuentro entre consumidores, creadores, marcas y comercio.

Tal vez por eso la pregunta para las empresas ya no debería ser únicamente: ¿cómo anuncio mi producto? La pregunta debería ser: ¿qué quiero provocar en las personas?

Porque hoy podemos conocer un producto sin estar buscándolo, descubrir un restaurante sin tener hambre, desear un viaje que nunca habíamos considerado o comprar algo que hace apenas treinta segundos ni siquiera sabíamos que existía. Eso es poder de influencia. Pero también es poder de emoción.

Las marcas que entiendan esta evolución dejarán de pensar únicamente en impactos, promociones y conversiones para comenzar a construir momentos que las personas quieran ver, compartir y, sobre todo, vivir.

¿Qué nos mueve hoy? Probablemente las mismas cosas que siempre nos han movido: pertenecer, descubrir, disfrutar, aspirar, sentirnos mejor y vivir nuevas experiencias. Lo que cambió fue quién nos las cuenta y cómo llegan hasta nosotros. Y ahí, en ese espacio entre una emoción y una decisión, está una de las industrias más interesantes del comercio moderno.

Esto es Más Allá del Éxito!! Nos leemos pronto.

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