Lectura 6:00 min
El templo de Lucas
Gabriela Gorab | Entre quimeras y palabras
“Is it fine art? It’s finer art, because it’s actually telling a story”, dijo George Lucas —uno de los genios detrás del cine— en una fiesta del museo hace unos días. Y con esa frase sencilla se entiende casi todo.
Ayer martes 22 de septiembre abrió al público el Lucas Museum of Narrative Art en Los Ángeles. Un edificio con forma de nube —o de sueño, como lo describe la propia institución— que no guarda obras para que las miremos en silencio respetuoso, sino para que nos reconozcamos en ellas. La estructura, diseñada por Ma Yansong de MAD junto con Stantec, se levanta del suelo para preservar la escala humana de la calle: vigas de acero en arco que abarcan 185 pies sostienen una plaza-canopy suspendida, y un óculo elíptico se abre cuatro pisos arriba, conectando el suelo con el cielo. Más de 1,271 paneles de fibra de vidrio reforzada, cada uno tallado de forma única, le dan a la fachada esa fluidez orgánica que parece flotar sobre el parque de 13 acres diseñado por Mia Lehrer.
No es industria del entretenimiento. Es un sistema educativo disfrazado de museo. Uno de los más poderosos que hemos inventado. Porque el cine, la ilustración, el cómic y el mural no solo distraen: enseñan a sentir, a imaginar y a vernos en el otro sin necesidad de sermones, entre un sinfín de virtudes.
Lucas Museum of Narrative Art en Los Ángeles
La colección permanente reúne más de 40 mil obras. De ellas, más de 1,300 están expuestas en las salas inaugurales, repartidas en más de 30 galerías. No es un número cualquiera: es el resultado de
más de cincuenta años de George Lucas juntando imágenes que cuentan historias, y de la mirada que Mellody Hobson sumó desde que se casaron en 2013.
Tres días antes, en la gala de apertura para celebridades y patrocinadores, el cielo ya se había llenado de drones. Oprah Winfrey y Samuel L. Jackson narraban mientras aparecían en el aire el Capitán América de Jack Kirby, R2-D2, el Halcón Milenario, el globo de Banksy y la silueta de Frida Kahlo. No era un show de luces. Era una declaración de inclusión: todas estas historias caben juntas.
Dentro, el recorrido empieza en la planta baja con The History of Narrative Art.
Dentro, el recorrido empieza en la planta baja con The History of Narrative Art. Ahí conviven piezas originales con reproducciones de altísima fidelidad de la Capilla Sixtina, las cuevas de Altamira y la Piedra del Sol azteca. Es el punto de partida: cómo las imágenes han creado mitos, comunidades y creencias durante miles de años.
En los pisos superiores, tres niveles de galerías —82 mil pies cuadrados solo en el cuarto piso, a los que se llega por elevadores cilíndricos de vidrio que dejan ver el trayecto— se organizan por temas y por artistas. Hay salas de Everyday Life dedicadas a la infancia, la familia, el amor, el trabajo y el deporte; de Civic Life; y de formas narrativas como la aventura, la fantasía, el romance y la ciencia ficción, con nombres como Julie Bell, Boris Vallejo y Georges Méliès. Hay salas para los cuentos infantiles, el manga, la fotografía documental de Robert Capa y Dorothea Lange, y los cómics —de Mœbius y Jack Kirby a Alison Bechdel y Frank Miller—. Hay salas individuales para Norman Rockwell, N.C. Wyeth, Jessie Willcox Smith, Maxfield Parrish y Frank Frazetta. Cada una es un mundo completo.
Entre las piezas más especiales está el “Autorretrato dedicado al Dr. Eloesser” de Frida Kahlo, de 1940. Una de las pocas obras mayores de la artista fuera de México. La galería de murales reúne, bajo el mismo techo, a Judith F. Baca, Diego Rivera y JR: el arte público y monumental como memoria compartida. El contraste con el resto de la colección —el “arte fino” frente al “arte popular”— es deliberado y poderoso: se miran de frente y se reconocen.
También hay obras de Artemisia Gentileschi, Jacob Lawrence, Charles White y Robert Colescott, además de piezas de Banksy. En la sala de cine, Star Wars in Motion, se puede ver el landspeeder original de Luke Skywalker y la primera construcción física de la moto de rueda del General Grievous, entre concept art de Ralph McQuarrie y Doug Chiang.
El verdadero cine está en los dos teatros de la planta baja, cada uno con 299 butacas y proyección 4K. El Robert Flaherty Theater proyecta documentales sobre los artistas y los procesos creativos. El Slavko Vorkapich Theater —llamado así por el maestro del montaje que dirigió el departamento de cine de la USC entre 1948 y 1950, la misma escuela a la que después asistiría Lucas— se dedica a la “emoción del movimiento”: cortos experimentales desde los orígenes del cine hasta hoy. Ambos funcionan en ciclo continuo: entras y sales cuando quieres.
Y en el corazón del edificio está la biblioteca de investigación, gratuita, de tres pisos, con ventanales que miran al parque. Ahí vive algo que conmueve especialmente a quien conoce la mitología del propio Lucas: la Colección Joseph Campbell, casi 2,900 volúmenes anotados por el autor que articuló el “viaje del héroe” —el mismo marco que inspiró la creación de Star Wars—, junto a la Skywalker Ranch Library, el archivo de referencia que Lucas y otros cineastas han consultado por generaciones. Es, literalmente, la biblioteca de donde salieron los mitos que hoy cuelgan de las paredes.
Arriba, en el quinto piso, el restaurante Skywalker Grill —diseñado por Rockwell Group, con paneles de madera de cerezo y superficies de ónix iluminado— ofrece vistas panorámicas de Los Ángeles; se puede visitar sin boleto al museo.
En los pisos superiores, tres niveles de galerías —82 mil pies cuadrados solo en el cuarto piso, a los que se llega por elevadores cilíndricos de vidrio que dejan ver el trayecto— se organizan por temas y por artistas.
George Lucas lo dijo claro:
“The Lucas Museum of Narrative Art was created to honor humanity’s stories and the artists who illustrate them.”
Y en otra ocasión lo llamó “a temple to the people’s art”. Un templo al arte del pueblo.
Eso es lo que está quizás hoy en día yo veo en juego: en un tiempo que nos empuja al cálculo y al aislamiento, donde hay incertidumbre y miedo a la tecnología como la IA, este museo abre y nos recuerda que las historias que compartimos siguen siendo la escuela más antigua y más eficaz que tenemos.
Ayer abrió sus puertas. Y con él, una posibilidad concreta de seguir imaginando y creando juntos.