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Opinión

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El T-MEC no se murió, pero tampoco se salvó

Jorge A. Castañeda | Columna invitada

El 1 de julio, Estados Unidos no firmó la prórroga de dieciséis años del T-MEC. México y Canadá sí. Washington, no. Con esa decisión, el tratado no expiró —sigue vigente hasta 2036—, pero sí entró a un régimen distinto: una revisión anual, cada año, hasta nuevo aviso.

Desde la narrativa oficial se dice que no pasa nada mientras que desde la oposición se habla de catástrofe. Ninguna describe lo que realmente pasó. Pasó lo intermedio, que a veces es peor.

Para poder señalar las problemas hay que reconocer lo que sí funciona. De acuerdo con el Departamento de Comercio de EEUU: en enero de 2025, apenas 45% de las exportaciones mexicanas entraba bajo el T-MEC. Para noviembre del mismo año, la proporción había subido a casi 90%. Trump, en el fondo, disciplinó a las empresas mexicanas para cumplir las reglas de origen. El resultado es que México paga hoy un arancel efectivo de 3.7%, mientras que China paga 31.6%. Esa diferencia es la mayor ventaja competitiva que tiene el país.

Pero no es que todo esté bien. Los aranceles de Trump y la incertidumbre sobre la renovación del TMEC ya pasaron factura. Banamex calcula que restó 0.3 puntos al PIB en 2025, mientras que Oxford Economics estima que la inversión empresarial cayó 6.8% y proyecta otro recorte cercano al 11% este año. El consenso de Banxico prevé un crecimiento de apenas 1.1% para 2026 y de 1.8% para 2027. Nada de llegar al misero 2% de la pesadilla neoliberal.

El engaño estadístico está en la inversión extranjera directa. En 2024, México registró un récord de 36,872 millones, pero de ese monto 28,710 millones fueron reinversión de utilidades. Es dinero que ya estaba aquí. Los proyectos nuevos —el capital que decide instalar una planta donde antes no la había— siguen congelados. El comercio bate marcas, pero la inversión productiva no.

La revisión anual no es capricho de Trump; es un lastre estructural. J.P. Morgan lo así: no es un shock, sino un peso que empresas y mercados deberán cargar con una prima de riesgo permanente. Cada año habrá una fecha de revisión, una lista de exigencias y una amenaza en el aire. Planear inversiones a cinco años bajo esa lógica resulta más costoso. Esta semana llega Jamieson Greer, representante comercial de Estados Unidos, para la tercera ronda bilateral. Ebrard reporta que los pendientes bajaron de 54 a 14. Es un progreso administrado bajo amenaza.

Pero hay un pleito de fondo que rara vez se nombra: el verdadero objetivo de Trump es China, no México. Mientas: las ventas de autos chinos en México crecieron 30% en el primer semestre, pese al arancel del 50%; las importaciones asiáticas a México ya superan a las estadounidenses. Washington quiere elevar el contenido regional automotriz de 75% a 82%, endurecer el escrutinio sobre la inversión china y reformar el IMMEX. El Plan México prometió sustituir insumos chinos por producción nacional, pero eso no ha sucedido. Sobre este punto es que se centrarán las revisiones anuales. ¿Qué tanto México hizo para evitar ser un puerto de transshipment para productos chinos que buscan entrar a Estados Unidos?

Somos el principal socio comercial de Estados Unidos. En 2025 le vendimos 534,900 millones de dólares en bienes. Esa condición no está en riesgo. Lo que sí lo está es la capacidad de traducir ese comercio en inversión, empleo formal y crecimiento por encima de 2%. Habrá que aprender a vivir con la incertidumbre. Cada inversión y proyecto que se evalúe tendrá que considerar estas revisiones anuales e incorporar este riesgo en su valoración.

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