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El “Súper Niño” y el villano de la ensalada
Enrique Campos Suárez | La gran depresión
Duele ver al querido y sabroso jitomate estigmatizado en la narrativa gubernamental al nivel de sus villanos favoritos; ya lo ubican como el García Luna de la canasta básica y como responsable solitario de 90% de la variación inflacionaria de México durante este 2026. Es más, hasta le cargan la falta de crecimiento económico.
Por supuesto que la explicación es muy cómoda para un desacreditado Banco de México que falla en su meta de una inflación general de 3.0 por ciento. Fácil: es por culpa de una ensalada, no de las debilidades estructurales.
Pero si al gobierno le asusta el precio de esta hortaliza, que apenas explica 0.17% de toda la inflación general, lo que viene en el horizonte meteorológico debería quitarles el sueño; porque, mientras acá buscan explicar las lluvias de la semana pasada como “atípicas”, la Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) y la Organización Meteorológica Mundial ya anticipan la llegada del “Súper Niño”.
Los datos son contundentes. De acuerdo con los reportes de este mayo, la anomalía de temperatura en el Océano Pacífico central superará 2.5ºC e incluso los 3ºC durante el último trimestre del año.
Los efectos climáticos son graves, pero en la parte económica, el Programa de Investigación en Cambio Climático de la UNAM estima pérdidas económicas acumuladas que podrían alcanzar los 27,000 millones de dólares; por el impacto directo de los desastres naturales, así como de la caída en la productividad agrícola y los aumentos en los costos de salud y energía.
Ante un choque de esa magnitud el “efecto jitomate” se revela como la distracción que es ante la alarmante falta de preparación técnica y presupuestal de la actual administración.
La primera línea de defensa que tenía el país ante esos fenómenos hoy predecibles era el Fonden, pero hoy es solo un recuerdo institucional y una sombra presupuestal de apenas 19,430 millones de pesos para la atención de desastres.
Sin un fideicomiso con reglas de operación técnicas y reservas plurianuales, la respuesta ante una eventual devastación agrícola e industrial dependerá de la discrecionalidad del Poder Ejecutivo, que seguro medirá su respuesta en función del impacto en su popularidad. Las áreas gubernamentales encargadas de los ramos financiero, energético, agropecuario, turístico y de protección civil deberían echarle un ojo a los estudios públicos ya disponibles de la NOAA para que dimensionen lo que esos expertos ven y advierten.
Un “Súper Niño” puede implicar, desde huracanes poderosos, hasta sequías prolongadas que, no solo quemen el campo, sino que reduzcan drásticamente la generación hidroeléctrica y eso al final dispara los costos y presiona el ya abultado déficit fiscal.
Es irresponsable culpar de los males monetarios y del bajo crecimiento a una hortaliza mientras se navega sin seguro y con el radar apagado. Si hoy el régimen se siente acorralado por un jitomatito, urge que entiendan que el clima no entiende de dogmas ni de austeridad selectiva.
La estabilidad financiera no peligra hoy por una ensalada, sino por un “Súper Niño”. Todo por esa incapacidad autoinfligida del Estado que decidió desmantelar su resiliencia por mera ignorancia dogmática.