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Stoner: encontrar belleza en lo mundano de una vida americana

La novela de John Williams es ejemplo del lenguaje engañosamente sencillo de la mejor literatura estadounidense.

OpiniónEl Economista

Hace unos días vi una entrevista de la actriz Kate Hudson en la sección de video de The New Yorker. Una sola pregunta: ¿qué estaba leyendo? Hudson reconoce que no es una gran lectora (tiene déficit de atención y demás) pero el libro que la había atrapado era Stoner de John Williams. Hudson: “Me entristecía pasar páginas porque no quería que acabara”. La novela, explica la actriz, a pesar de ser estadounidense no era tan famosa en Estados Unidos pero un amigo suyo la recomendó por su boom reciente en Europa. Y ya sabemos que los artistas hollywoodenses siempre van en tendencia.

Ah, caray, dije para mis adentros. Luego las celebridades tratan de adornar su “cultura” respondiendo alguna tarugada: “estoy leyendo a Kafka, La metamorfosis, qué inspiración”. La respuesta de Hudson me resultó tan honesta que tomé nota mental. “Nota mental”, pffft, fui a Amazon y lo compré porque no tengo contención.

Nunca había oído hablar de John Williams y menos de Stoner. Me causó curiosidad otra cosa: la edición en inglés es publicada por The New York Review of Books, toda una institución en cuanto al canon literario estadounidense—la versión viene con una introducción del escritor irlandés John McGahern, recomiendo saltársela, está llena de detalles de la trama que el lector debe descubrir por sí mismo y ni siquiera es una reflexión iluminadora—.

Así que esto es un clásico, pensé. Hay que desconfiar de los powers that be del mundillo literario, luego ensalzan a cada bodrio, pero en el momento que leí en la columna de Nick Hornby una reseña favorable y muy conmovedora supe que en este tomo había algo que tenía que explorar.

La novela comienza con una condena: esta es la historia de un catedrático que nadie recuerda. Vivió su vida dedicado a su labor académica y de su paso por el mundo sólo queda un volumen de literatura medieval, su especialidad, que junta polvo en la biblioteca de la universidad en la que trabajó casi cinco décadas.

Stoner fue publicada en 1965. Mucho había pasado en el mundo. La vida de William Stoner, el personaje epónimo, comienza a finales del siglo diecinueve y termina sesenta años después. Su paso por la vida fue largo (al menos para una época en la que llegar a los sesenta era considerado longevo) pero insignificante. Un desastre empezar tu novela advirtiendo al lector que el personaje principal no ocupa ningún lugar importante en la memoria de sus colegas, alumnos y coetáneos.

Lectores: no hay mejor razón para leer Stoner que sumergirse en la belleza del olvido. Todos tenemos vidas pequeñas, hasta los héroes. William Stoner, en su modestia a lo Eleanor Rigby, se va volviendo nuestro héroe página a página. Que digo página, a cada enunciado.

La biografía de nuestro héroe no tiene oropel ni guirnaldas de olivo. William Stoner nace en una granja, muchacho diligente que trabajaba sudor a sudor con su padre en el campo. Bueno en la escuela, no tiene mayor propósito que terminar la preparatoria y trabajar en la granja familiar. Un día su padre llega con una noticia: la universidad local ha abierto la carrera de Agronomía. Sería bueno que fuera a estudiar el tema y pasar cuatro años universitarios para que después ejerza lo aprendido en la granja.

Cuatro años que a Stoner lo intimidan, pero obedece a su padre. La universidad en cuestión es la Universidad de Missouri, en la pequeña ciudad de Columbia. Y quizá no haga falta decirlo, los párrafos introductorios nos informaron que Stoner nunca saldrá más de las aulas. Su parcela fue la literatura, sus aparejos los libros.

¿Como un muchacho del que no se esperaba gran cosa se convirtió en profesor de Literatura? La epifanía es, valga el oxímoron, discreta y silenciosa. En el curso obligatorio de literatura que llevan todos los estudiantes de primer año, el profesor le pide a Stoner que interprete un soneto de Shakespeare. El alumno se queda sin palabras, se esfuerza pero no las halla. La clase se le termina sin encontrar respuesta. Ese silencio, ese no saber aterra a nuestro protagonista. Qué es esto, qué significan estas palabras. Comenzó a estudiar con denuedo para ese curso y no se dio cuenta que se estaba enamorando. Como con los buenos amores.

La novela sigue por ese arroyo. La narración no corre como un torrente. La vida fuera del campus sucede: la Gran depresión, las guerras, los cambios generacionales. Los efectos de la Historia tienen su impacto en la microhistoria de William Stoner. Pierde un amigo querido en la Primera Guerra Mundial, vive el desgaste emocional y físico de su mentor por la terrible realidad de esos años. Pero lo que John Williams, el autor, propone no es la vida de los grandes acontecimientos, sino la muy normal de un profesor decente que conoce la belleza, la pasión, el arrojo y vive la ética de su trabajo sin escándalo.

Hay varias formas de contar chismes. El chismoso promedio cuenta riendo y con detalles de mala entraña, humilla y se burla. Pero hay otro tipo de chismoso, el que da un recuento preciso de los hechos. Ese es un chisme de calidad, el que te deja lleno de respuestas y más: te da una retrato completo del sujeto chismeado. Así es Stoner. La novela va de tropiezos y aciertos, pero nunca deja de, digamos, suceder. Cada hecho pasa sin escollos y sin errores al siguiente, con la gracia de un bailarín solista. Cada momento aumenta el misterio de esta vida sencilla. A straight story, como la película de David Lynch.

Es posible que exagere, pero el legado de la novela de Williams puede sentirse en otras “historias americanas”. La que me viene en este momento a la mente es A little life, de Hanna Yanagihara. La influencia no se aprecia en la trama (los hechos en A little life no son en absoluto discretos) sino en el estilo y el tono. En el caso de Yanagihara la historia camina paso a paso al barranco. En el de Williams las palabras brotan sin parar para llegar a una hermosa conclusión. El lector de Stoner puede apreciar esa construcción sin florituras, hermosa en su engañosa simpleza (escribir así conlleva años de trabajo de cortar hasta el hueso dejando sólo lo útil y bello). El lector de Stoner no se detiene y sigue la narración con apetito.

¿De dónde abreva John Williams para esta historia triste y sabia, como la llama Nick Hornby? Está el estilo Hemingway y el Fitzgerald (el primero por la economía de su lenguaje, el segundo por su interés en lo esencialmente estadounidense), por supuesto, pero sobre todo hay mucho de Sinclair Lewis, Thomas Wolfe y hasta de Theodore Dreiser. Como buena novela estadounidense, Stoner propone una explicación del “experimento americano”: la libertad, el derecho a una vida normal y feliz, los altibajos de esa promesa. Como escribo más arriba, los grandes hechos suceden pero las vidas continúan.

La de William Stoner sin duda sigue y sigue hasta su feliz y triste conclusión. Un hombre que en su decencia vivió según sus propios términos. Siquiera por conocer esos principios personales y admirables en su discreción hay que echarle ojo a Stoner. Es uno de los libros más bellos de mi vida como lectora. Gracias, Kate Hudson.

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