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Más allá del silbatazo final: una lección duradera sobre la moderación

OpiniónEl Economista

Al minuto nueve del partido inaugural en el  Azteca, México anotó el primer gol de la Copa del Mundo y las ochenta mil personas presentes nos pusimos de pie. Los sombreros se alzaron, una ola recorrió el estadio y, por unos segundos, la distancia entre desconocidos desapareció. Ese es el regalo que el fútbol le da al mundo, y esta vez México intentó dar forma a lo que ocurre a su alrededor.

Soy africana y he dedicado mi carrera a la salud pública, un ámbito que ha observado con cautela a la industria del alcohol. Hoy sé que cuando las empresas, el gobierno y la salud pública comparten evidencia, responsabilidad y resultados medibles, se generan experiencias muy positivas. Una Copa del Mundo es quizá la mayor prueba de esa idea.

Los grandes eventos deportivos generan miles de decisiones sobre cómo celebrar, viajar y qué consumir. Para México, el Mundial fue la oportunidad de influir en esos momentos a gran escala y diseñar una celebración más positiva.

La investigación sobre los Objetivos Globales de Consumo Inteligente (Global Smart Drinking Goals) de AB InBev demuestra que el progreso es mayor cuando las intervenciones se diseñan localmente, se evalúan de forma independiente y se implementan en colaboración entre gobiernos, expertos en salud pública, sociedad civil y empresas. En la práctica, significa ir más allá de las campañas para crear entornos donde el servicio responsable, la movilidad segura y la moderación sean opciones más fáciles.

El estudio de caso de la Universidad de Georgetown, del que soy coautora, analizó una década de experiencia en seis ciudades piloto, entre ellas Zacatecas, donde la colaboración alcanzó el objetivo de reducir en un 10% el consumo nocivo de alcohol. La clave fue integrar la seguridad vial y las prácticas de servicio responsable de bebidas en una estrategia más amplia, y no solo en campañas de comunicación.

Por eso, con el programa federal Mundial Social, México amplió el impacto del torneo y lo acercó a comunidades de todo el país. Parte de ese trabajo se enfocó en el consumo de alcohol donde se concentraron los aficionados: en colaboración con Grupo Modelo, se acompañaron transmisiones públicas de los partidos, se capacitó en seguridad vial a policías de la SSC de la Ciudad de México dentro del programa “Conduce sin Alcohol” y se amplió la disponibilidad de bebidas sin alcohol o de baja graduación en los puntos de reunión.

En el partido inaugural observé que la fila para comprar cerveza sin alcohol era más larga que la de los refrescos. Una imagen pequeña con un mensaje importante: la moderación puede volverse parte de la celebración cuando la alternativa está disponible, es visible y cuenta con aceptación social.

Cuando millones de personas celebran juntas, también aprenden juntas: qué se admira, qué se repite, qué se tolera y qué se espera. El programa Mundial Social demuestra que un país anfitrión puede hacer la celebración más incluyente y menos peligrosa, y que cuando el sector privado se suma con responsabilidad, los estándares de toda la industria avanzan. África tiene la dimensión, la pasión y la urgencia para hacer lo mismo cuando la Copa Africana de Naciones llegue a Kenia, Tanzania y Uganda en 2027.

El verdadero éxito del Mundial fue ver a México convertir una celebración global en un referente para otros países. Los estadios y los recuerdos permanecerán, pero también pueden perdurar mejores alianzas y estándares más sólidos. Ese es el legado: demostrar que nuestros mayores momentos de alegría colectiva también pueden ser plataformas para el aprendizaje, la prevención y la responsabilidad compartida.

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