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Opinión

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Rossana Reguillo. Iluminación en las sombras

Lucía Melgar | Transmutaciones

El fallecimiento de Rossana Reguillo este fin de semana deja un enorme hueco, una honda desgarradura en el espacio público y académico. En estos tiempos obscuros de violencias que parecen incomprensibles, su mirada lúcida y empática, trasladada a la escritura en sus numerosos libros y artículos, su intervención en momentos de crisis, su voz en el mundo digital que ella analizó con rigor, nos ayudaron a orientarnos en este “cambio de época”. Ejemplo de ética profesional y compromiso con la sociedad, con los jóvenes más vulnerables, con realidades dolorosas y complejas que muchos preferirían rehuir o negar, apostó por el pensamiento creativo. Crítica del poder, aun amenazada por quienes prefieren denostar que dialogar, mantuvo su independencia intelectual.

Doctora en ciencias sociales, profesora investigadora del ITESO en Guadalajara, su curiosidad intelectual, su necesidad de responderse preguntas para las que no tenía (aún) respuesta, la llevaron a transitar de la teoría a la convivencia con jóvenes precarizados, atrapados en las redes del crimen organizado; a combinar la observación participante en movilizaciones sociales como Occupy Wall Street  con profundas reflexiones sobre el presente y futuro de una juventud a la que el sistema neoliberal y la criminalidad de todo tipo cierran las puertas; a indagar sobre el miedo en ciudades inseguras; a analizar y explicar los mecanismos de sistemas criminales que destruyen vidas en pos de lucro (la narcomáquina) y su transformación en maquinarias demoledoras de cuerpos, personas y territorios (la necromáquina), impulsadas y sostenidas por el terror, poder omnímodo que se manifiesta en la multiplicación de fosas y ruinas

Gracias a la generosa inteligencia de Reguillo podemos comprender mejor fenómenos sociales como #YoSoy132, la conexión entre las movilizaciones callejeras y las redes, entender que la violencia en éstas está intrínsecamente ligada a las violencias sociales porque el “afuera” y el “adentro” forman parte de un mismo universo en que se juegan la identidad, la pertenencia. A través de sus observaciones y diálogos con jóvenes, Reguillo percibió el nuevo sentido de los movimientos juveniles del siglo XXI: no fracasan, como algunos creen, porque no tomen el poder o no formen partidos políticos (cada día más irrelevantes), buscan y crean nuevas formas de relacionarse, nuevas subjetividades, lo que implica, me parece, un cambio en la concepción y el tejido mismo del mundo y un fuerte cuestionamiento de lo que entendemos por “política”.

Aguda observadora de la vida nacional, Reguillo supo mirar de frente la barbarie de Ayotzinapa “sinónimo del horror”, la llamó; reconfigurar el rostro de Julio César, el joven desollado entonces, para devolverle su humanidad. Siempre comprometida con los derechos humanos no dejó de nombrar el horror de las fosas clandestinas, de las desapariciones en todo el país, desde la “guerra contra el narco” hasta la atrocidad de Teuchitlán.

Dar nombre a lo terrible, explicar “la gramática de las violencias”, cuando el vocabulario de la tortura se infiltra y contamina el lenguaje cotidiano, nombrar la barbarie cuando “la normalización” y “estetización de las violencias brutales” impregna el imaginario social, es reivindicar el poder de la palabra ética.  Escuchar y transmitir la experiencia de quienes han visto de frente al monstruo de la necromáquina, rechazar la estigmatización y criminalización que el Estado (ausente, corrupto) impone contra jóvenes que merecen otra vida, es reivindicar la humanidad de todos.

Pese a explorar la faz más oscura de nuestro país y de nuestro mundo, cada vez más violentos y fragmentados, Rossana Reguillo mantuvo una mirada abierta a la esperanza: en la transformación creativa del lenguaje, en el arte, en el trabajo de las madres buscadoras, en las aspiraciones de los/as jóvenes que logran huir de la necromáquina, en la difusión de saberes expertos, vio posibilidades de cambio social, “de reponer humanidades”, de crear “contramáquinas”.  Su obra nos invita a “abrazar la incertidumbre, a mirar sin titubear, aunque el aire se agote”.

Gracias, Rossana, por tanto.

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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