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Opinión

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Reyes y las palabras bien puestas

Foto: Especial

Nacido en Monterrey, el 17 de mayo de 1889, Alfonso Reyes fue el noveno de los doce hijos del General Bernardo Reyes Ogazón y de Doña Aurelia de Ochoa Garibay, ambos de origen jalisciense. Su padre ocupó importantes cargos durante los gobiernos de Porfirio Díaz: entre ellos jefe de operaciones militares de Nuevo León, gobernador del estado y Secretario de Guerra y Marina. Afirman sus biógrafos que, gracias a aquella  familia acomodada,

Alfonso vivió en un entorno favorable para el cultivo de la mente y el espíritu. Sin embargo, como todos los genios legendarios, desde muy niño mostró las inclinaciones talentos y destrezas  que provocarían que lo llamaran “el regiomontano universal”, el Maestro de México y el Caudillo de  las Letras Mexicanas.

Reyes, realizó sus  primeros estudios en colegios de Nuevo León, en el Liceo Francés de México, en el Colegio Civil de Monterrey y posteriormente en la Escuela Nacional Preparatoria y la Escuela Nacional de Jurisprudencia, que tiempo después sería la Facultad de Derecho de la ciudad de México. Institución donde, en julio de 1913, se graduó como abogado. Aunque provenía de una familia fundamentalmente dedicada a la milicia y al gobierno, Alfonso estaba decidido a dedicarse a las letras. Quizá porque su padre le leía poesía desde pequeño y  apoyaba a artistas como Guillermo Prieto, Salvador Díaz Mirón y Rubén Darío o  tal vez, porque cuando  las cuestiones políticas parecían devastarlo todo, se consolaba con los libros y la  pluma.

Nacido  un poco a trasmano en una América heredera de las culturas  y costumbres del viejo mundo, Reyes  no  le juró devoción a ninguna de ellas, pero las aprendió todas; tuvo mucha  suerte –como él decía–    pues  le tocó el español como lengua materna, pero como no le bastó, tuvo que adquirir el hábito de otras.

“El arte de la expresión, confesó alguna vez, no me apareció como un oficio retórico, independiente de la conducta, sino como un medio para realizar plenamente el sentido humano. Escribo, eso es todo. Escribo conforme voy viviendo. Escribo como parte de mi economía natural. Después, las cuartillas se clasifican en libros, imponiéndoles un orden objetivo, impersonal, artístico, o sea artificial. Pero el trabajo mana de mí en un flujo no diferenciado y continuo”.

No se imaginaba, lector querido, que el estallido de la Revolución de 1910  traería funestas consecuencias  para su familia. Su padre, que había participado en el golpe de estado en contra del presidente Francisco I. Madero, fue también asesinado en 1913, el primer día de la Decena Trágica. Como consecuencia, Alfonso escribió una de sus obras más emotivas: “Oración del 9 de febrero” dedicada a la memoria de aquella tragedia,  pero también abandonó el país.

Afortunadamente, ni el dolor ni el exilio pudieron acabar con  sus creaciones. Poesía, cuento, ensayo, antologías, estudios, artículos y hasta un minutario de cocina  siguieron saliendo de su pluma  y se irían multiplicando página tras página

Tiempo después, diría el mismo Reyes, sufrir  el exilio le había resultado un arma poderosa para descubrir que la patria es tan preciosa, como los verdaderos amores y el mismísimo universo. Y lo demostró con hechos; es decir con palabras impresas.

En 1915  ya establecido en Madrid, escribió uno de sus obra más significativas: Visión de Anáhuac, una suerte de recreación de la mirada que los navegantes españoles tuvieron al observar el Valle de México por primera vez. El texto, calificado por la crítica  como es “un registro de asombros” resulta  un ensayo que va y viene de la crónica a la viñeta histórica, del poema en prosa a la estampa costumbrista y de la narración más fina a la más estricta. Lo mismo describiendo  la vida cotidiana de los mexicas que estableciendo una relación entre la naturaleza y la poesía.

Por si fuera poco, Reyes tenía también un sentido del humor que revelaba casi una cualidad de niño travieso. Lo mismo para satirizar las imprudencias de sus amigos, que para seducir muchachas y divertir a cualquier concurrencia. ( y no hay que caer en la tentación de decir que  su “temperamento cómico” obedece a que todo le fue dado, como si su vida hubiera sido pura risa y bendiciones. Cierto que hasta los disfavores son favores secretos, pero fueron la inteligencia, el tesón  y el trabajo los que realizaron la magia de convertir las maldiciones en bendiciones y muchas de sus lágrimas en carcajadas.

Una de sus frases favoritas, porque era de Goethe, uno de los autores consentidos de Reyes, fue “Acuérdate de vivir”, Y, efectivamente  siempre disfrutó de la buena mesa, el buen vino, las tertulias, los amigos en su casa y las conversaciones infinitas.

“Personalmente  –dijo Alfonso Reyes antes de morir– no me hace falta más corazón que el poco que me ha quedado” Y no lo dijo con la nostalgia prematura de los que huelen a la muerte , ni lamentando un corazón despedazado.

Su diario, que llevó hasta el final de sus días, termina con una frase contundente. “Me mataron” Y es muy probable, lector querido, que no estuviera apelando al drama ni a la tragedia de la muerte. Solamente, y como siempre, a las palabras bien puestas.

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Estudió Letras Hispánicas en la UNAM, es especialista en historia y literatura mexicana del siglo XIX. Comenzó escribiendo sobre temas culturales en El Economista y no ha abandonado el periodismo ni las letras desde entonces. Actual­men­te trabaja en el IMER haciendo guiones e inventando y transmitiendo contenidos.

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