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En resistencia, por la libertad y por la vida
Lucía Melgar | Transmutaciones
Este sábado 28 se llevó a cabo en Estados Unidos la tercera manifestación contra las pretensiones autocráticas de quien pretende actuar como monarca absoluto y se cree emperador del mundo. “No Kings 3” reunió a más de 8 millones de personas en 3,300 localidades en el país y algunas ciudades del extranjero, una de las más grandes manifestaciones en la historia de EU. Para las organizaciones convocantes y la ciudadanía éste es un gran triunfo político y simbólico: contra la desinformación, la manipulación ideológica, la represión brutal de ICE y la policía y pese a la expansión de la vigilancia gubernamental a través de las tecnologías, millones de personas de comunidades rurales y urbanas, de zonas muy conservadoras incluso, salieron a las calles para expresar abiertamente, con muchas otras, su rechazo al régimen oligárquico (neo)fascista, que está destruyendo su país y parece empeñado en acabar con el mundo.
Quienes salieron a protestar con sus pancartas, camisetas o gorras, en grupos de 200 o 200,000, repudian los afanes totalitarios de Trump y la peligrosa deriva militarista que ha empujado a su gobierno hacia otra “guerra sin fin”, a la par que impulsa una represión brutal, abierta, contra su propia población. “No Kings, No ICE, No War”, “No a los tiranos”, “NO a la guerra”, se leía en carteles difundidos en redes y medios. También hubo llamados a la acción: “¡Resiste! Defiende la democracia y lucha contra el fascismo”, reivindicaciones del poder del pueblo contra los patronos billonarios y los cortesanos del tirano: “ El poder del pueblo es más potente que la gente en el poder”. Algunos recurrieron a la historia: “Desde 1776 sin reyes”; otros al ingenio: “Make lying wrong again” (en contraste con el lema trumpista).
Además de confirmar la importancia política de la organización local que han impulsado organizaciones como “Indivisible”, esta tercera marcha por la democracia le ofrece a participantes y espectadores la posibilidad de dialogar, de identificarse con otros, de solidarizarse, de saber que no están solos/as. Compartir la calle con vecinos y desconocidos, con gente diversa que expresa demandas y sentimientos comunes, permite darse cuenta de que otros muchos también critican o repudian al gobierno y ni están “locos” ni son “terroristas”. La “locura”, más bien, caracteriza al sistema que encumbró a un aspirante a dictador; el terror es el método de dominación extrema de la oligarquía corrupta, la industria militar y tecnológica, del gabinete de publicistas que implementa políticas de crueldad y destrucción.
Si ya las políticas del año pasado, que afectaron a universidades, bufetes de abogados, medios… y restringieron el acceso a la salud, a la educación, los derechos de las mujeres y la diversidad, eran alarmantes, la fallida guerra contra Irán ilumina brutalmente la inversión de prioridades y valores del grupo que (mal) gobierna EU. Como afirmó el senador Bernie Sanders en St. Paul este sábado, el obsceno gasto billonario en destruir Irán podría (y debería) invertirse en resolver gravísimos problemas y mejorar la salud, la educación, la vida de millones de personas. Con el monto del gasto militar anual, por ejemplo, “se podrían construir millones de viviendas de bajos ingresos y accesibles”. En el mismo sentido, Bobby Kogan, colaborador del Center for American Progress, informa que con el costo de una sola bomba de 30,000 libras se podría cubrir un año de lunch escolar para 5,925 niños/as aproximadamente; por su parte, la senadora Warren señaló que “mientras que no hay dinero para 15 millones de estadounidenses que perdieron su seguro de salud, se tiran 1,000 millones de dólares diarios en bombardear Irán”.
Esta dilapidación criminal se deriva de lo que Sanders llamó “una visión orwelliana” que nos condena “a vivir con miedo, siempre con enemigos y en guerra”. Esos 8 millones de manifestantes y muchos más, en cambio, buscan justicia, dignidad para todos; preservan empatía y solidaridad. Resisten.