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El renovado impulso a la industria audiovisual
Vidal Llerenas Morales | Columna Invitada
La Presidenta anunció un decreto que representa una gran noticia para el sector audiovisual en México. El nuevo estímulo fiscal permitirá atraer inversiones, generar empleos especializados y fortalecer un ecosistema creativo que ya ha demostrado su calidad y competitividad internacional.
Para entender la importancia de esta medida, conviene mirar el contexto en el que opera hoy la industria audiovisual. Se trata de un mercado global profundamente competitivo. Prácticamente todos los países que aspiran a atraer producciones ofrecen algún tipo de incentivo. En muchos casos se trata de devoluciones directas en efectivo sobre el gasto realizado, es decir, subsidios presupuestales explícitos. Las decisiones sobre dónde filmar una serie, producir una película o realizar efectos visuales se toman comparando países, no en abstracto.
México optó por un diseño distinto: un crédito fiscal transferible contra el impuesto sobre la renta. No implica un desembolso inmediato de recursos públicos, está acotado en monto anual y opera dentro del sistema fiscal. Es un instrumento competitivo frente a lo que ofrecen otros países, pero preserva la responsabilidad financiera. Esto no es un detalle técnico, sino una decisión estratégica: participar en la competencia global sin entrar en una escalada de subsidios crecientes.
Además, la naturaleza misma del sector explica el diseño del instrumento. A diferencia de una industria manufacturera que se instala mediante una planta fija y relaciones de proveeduría estables, la industria audiovisual funciona proyecto por proyecto. Cada producción arma una red temporal de talento, servicios técnicos, logística, hospedaje, postproducción y efectos visuales. Es una cadena productiva móvil, difusa y altamente especializada, que se reorganiza en cada nuevo proyecto.
Por ello, el crédito fiscal es transferible. Puede circular dentro de esa red y beneficiar directamente a proveedores nacionales vinculados a la producción. El incentivo no se concentra en una sola empresa; se distribuye en el ecosistema que hace posible el proyecto, activando una red amplia de servicios y capacidades técnicas.
Es cierto que en muchos casos participarán productoras extranjeras. Sin embargo, el diseño del decreto establece condiciones claras: exige montos mínimos de gasto realizado en territorio nacional y que al menos 70% de la proveeduría esté vinculada a proveedores nacionales. El estímulo no se otorga por el simple hecho de registrar una producción en México, sino por generar actividad económica verificable dentro del país. En un entorno donde los proyectos se asignan comparando países, la alternativa no es que el proyecto ocurra sin estímulo, sino que ocurra en otro país. El objetivo, por tanto, no es subsidiar corporaciones, sino atraer actividad productiva que fortalezca capacidades internas.
Aquí se encuentra el punto central: esta es una industria intensiva en capital humano. La producción audiovisual contemporánea demanda especialistas en animación digital, efectos visuales, sonido, iluminación, programación, producción técnica compleja y gestión logística avanzada. Son empleos formales y altamente especializados. Cada proyecto relevante fortalece equipos técnicos, consolida experiencia y acumula conocimiento que permanece en el país más allá de la duración del rodaje.
En esa acumulación de capacidades reside el valor estratégico del instrumento. El Plan México parte de una premisa clara: el desarrollo sostenible requiere diversificar la base productiva, escalar tecnológicamente y generar empleo formal de calidad. La economía creativa forma parte de ese esfuerzo. No sustituye a otros sectores estratégicos, pero amplía el portafolio de industrias donde México puede competir globalmente con talento y conocimiento.
Este decreto no es una política cultural aislada ni una apuesta desmedida. Es un instrumento táctico dentro de una estrategia mayor. Reduce la desventaja frente a otros países y permite que las fortalezas estructurales de México —talento, creatividad, experiencia técnica e integración regional— pesen más en la decisión final. Competir no siempre significa gastar más; a veces significa diseñar mejor. En una industria donde el talento es el principal activo, apostar por consolidarlo no es un lujo, sino una decisión económica racional.