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Opinión

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¿Y si tu profesión ya no cabe en tu profesión?

Maribel Núñez Mora F. | Columna Invitada

Durante mucho tiempo, especializarse tenía una lógica bastante clara. Un abogado estudiaba derecho, adquiría experiencia y, con el tiempo, buscaba una especialidad. Un contador hacía algo parecido. Un arquitecto profundizaba en su disciplina. Un médico continuaba formándose dentro de su campo. La lógica era sencilla: mientras mayor fuera nuestro conocimiento y experiencia, mayor sería nuestro valor profesional.

Esa lógica no estaba equivocada. Respondía a un modelo de trabajo en el que la mayoría de los profesionistas desarrollaban buena parte de su trayectoria dentro de una organización. El despacho conseguía clientes, la empresa desarrollaba mercados, la institución construía procesos y alguien más se ocupaba de buena parte de aquello que convertía el conocimiento profesional en una actividad económica.

El profesionista aportaba su especialidad. La organización aportaba la estructura alrededor de ella.

Durante décadas, esa división funcionó razonablemente bien.

El problema es que el entorno cambió y nuestra manera de formar a los profesionistas no necesariamente cambió al mismo ritmo.

Hace unos días escuché una conversación entre Luis Cárdenas y Gonzalo Hernández Licona, director del Observatorio Social CEEY, sobre educación, movilidad social y mercado laboral. Entre los distintos temas que abordaron apareció una idea que me parece fundamental: la educación superior sigue siendo presentada como una de las principales vías de movilidad social, pero el mercado ya no ofrece necesariamente las condiciones que hicieron funcionar esa promesa para generaciones anteriores.

No significa que la universidad haya dejado de ser importante. Tampoco significa que estudiar una profesión haya perdido sentido. Significa que el contexto en el que esa formación adquiere valor se está modificando.

Y ahí aparece una pregunta que me parece poco discutida: ¿qué sucede cuando formamos profesionistas para ejercer una profesión dentro de un sistema laboral que cada vez menos personas encuentran en la forma en que fue concebido?

El recién egresado se encuentra con un problema evidente. Tiene una carrera, quizá una especialidad y una expectativa razonable de comenzar a construir experiencia, pero entra a un mercado donde la organización que imaginaba como siguiente paso ya no necesariamente existe para él.

El profesionista con veinte o treinta años de experiencia enfrenta otra versión del mismo problema. Durante buena parte de su trayectoria desarrolló conocimiento, reputación y experiencia dentro de una organización. Ahora puede encontrarse fuera de ella y descubrir que algunas funciones que antes realizaba la estructura que lo rodeaba ahora dependen de él.

Hay quienes tienen clientes, quienes trabajan por proyectos, quienes construyen consultorías, quienes combinan distintas fuentes de ingreso y quienes simplemente dejaron de tener una organización alrededor de su profesión.

No todos quieren ser empresarios. No todos quieren contratar empleados. No todos quieren construir una startup. Muchos solamente quieren seguir haciendo aquello para lo que se prepararon y obtener de ello ingresos suficientes para sostener su vida.

Pero hay una diferencia importante.

Antes, la organización convertía buena parte de nuestro conocimiento profesional en actividad económica. Hoy, cada vez más profesionistas tienen que participar directamente en esa conversión.

Y ahí es donde la especialización empieza a quedarse corta.

Un abogado puede estudiar otra especialidad en derecho. Un contador puede obtener una certificación adicional. Un arquitecto puede dominar una nueva tecnología. Todo eso puede aumentar su capacidad profesional. Pero si el problema que enfrenta es que no tiene clientes, no logra explicar el valor de su trabajo o no sabe diferenciarse frente a otros profesionistas con credenciales similares, otra especialización quizá no resuelva el problema.

No porque estudiar sea inútil. Sino porque estamos utilizando una herramienta diseñada para resolver un problema de conocimiento frente a un problema que pertenece a otro ámbito.

Esto me parece particularmente relevante porque las universidades siguen cumpliendo una función fundamental: formar profesionales capaces de dominar una disciplina. Ese es su trabajo y sigue siendo necesario. Lo que debemos preguntarnos es si esa formación resulta suficiente para el entorno en el que esos profesionales tendrán que construir sus trayectorias.

Un estudiante puede salir de la universidad sabiendo ejercer su profesión y, al mismo tiempo, no tener idea de cómo funciona el mercado que tendrá que enfrentar. Puede conocer su disciplina y no saber identificar qué problemas de un cliente puede resolver con ella. Puede tener una preparación sólida y no saber comunicar por qué su conocimiento tiene valor. Puede haber pasado años aprendiendo una profesión sin haber tenido que preguntarse cómo esa profesión se convierte en una actividad económica sostenible.

Y algo parecido sucede con quienes llevan años ejerciéndola.

La diferencia es que el profesionista joven todavía no ha construido experiencia, mientras que el profesionista experimentado puede haber construido toda su experiencia bajo un modelo que está cambiando.

Por eso creo que estamos frente a un problema que no pertenece exclusivamente a una generación. Los jóvenes están entrando a un mercado diferente al que sus universidades daban por supuesto. Los profesionistas mayores están descubriendo que algunas de las condiciones que hicieron posible su trayectoria ya no son las mismas.

Ambos grupos enfrentan una transición para la cual nadie necesariamente les dio un manual. El riesgo está en seguir suponiendo que aprender una profesión es suficiente para construir una trayectoria profesional en el entorno actual.

Porque ejercer una profesión y construir una carrera no son exactamente la misma cosa. Ejercer requiere conocimiento técnico, experiencia y actualización. Construir una trayectoria requiere además comprender el entorno en el que ese conocimiento adquiere valor. Requiere reconocer quién necesita lo que sabemos hacer, qué problema estamos ayudando a resolver y qué parte de la responsabilidad que antes asumía una organización ahora tenemos que asumir nosotros.

No estoy planteando que todos los profesionistas deban convertirse en vendedores, empresarios o expertos en negocios. Tampoco creo que la respuesta consista en llenar los planes de estudio de materias adicionales hasta convertir cada carrera en una especie de administración de empresas.

Necesitamos reconocer que el modelo profesional cambió.

Si antes la organización estaba alrededor de nuestra profesión, hoy cada vez más profesionistas necesitan construir parte de esa estructura alrededor de su propia actividad profesional.

Eso significa que la conversación sobre educación no debería terminar cuando alguien obtiene un título. Tampoco debería limitarse a preguntarnos cuántas especializaciones, certificaciones o cursos necesita acumular una persona para mantenerse vigente.

Quizá necesitamos empezar a preguntar qué otras capacidades requiere un profesionista para convertir su conocimiento en valor dentro de este nuevo entorno.

Esa conversación todavía está pendiente.

Tal vez el primer paso sea reconocer algo incómodo.

No estamos frente a una generación que no sabe trabajar.

Estamos frente a generaciones de profesionistas que fueron preparadas para un modelo de trabajo que está dejando de ser la única forma de construir una vida profesional.

Y quizá por eso la pregunta que deberíamos hacernos ya no es solamente qué profesión estudiar o qué especialización cursar.

La pregunta es otra:

¿Qué necesitamos aprender, además de nuestra profesión, para construir una trayectoria profesional en el mundo que nos tocó vivir?

*La autora es fundadora de El Poder del Riesgo y Directora General de Punto Cero Consultores.

"La incertidumbre no se elimina. Se estructura."

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Abogada de formación y maestra en administración de negocios y mercadotecnia.

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