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Opinión

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El precio de una idea equivocada del éxito

Antonio Domínguez Sagols | Columna invitada

Cada vez es más común escuchar conversaciones sobre jóvenes agotados emocionalmente, profesionistas que sienten ansiedad constante y adultos que, aun habiendo alcanzado metas importantes, experimentan una profunda sensación de vacío. La pregunta que surge es ¿qué está pasando para que tantas personas se sientan exhaustas tan temprano en la vida? 

Un dato que se volvió viral recientemente ofrece una pista interesante. Una encuesta realizada por Talker Research a 2,000 adultos encontró que la persona promedio experimenta su punto máximo de agotamiento o burnout alrededor de los 42 años, mientras que entre integrantes de la Generación Z y los millennials ese pico aparece aproximadamente a los 25 años. Es importante precisar que no se trata de un estudio académico formal ni de una investigación de Deloitte, como se difundió erróneamente en diversos medios, sino de una encuesta de mercado cuyos resultados fueron retomados por publicaciones internacionales.

Más allá de la discusión sobre la metodología, el dato refleja una realidad que muchos observan en su entorno, las nuevas generaciones parecen enfrentar niveles de presión emocional y mental mucho antes que sus padres o abuelos.

La raíz del problema podría estar en algo más profundo que el exceso de trabajo. Durante décadas, familias y sistemas educativos han transmitido una idea muy específica de lo que significa triunfar. Desde la infancia se insiste en obtener buenas calificaciones, estudiar una carrera rentable, conseguir un empleo prestigioso, ascender profesionalmente y ganar más dinero y hoy esa narrativa se amplifica más con el uso de las redes sociales. El mensaje suele ser claro, el éxito se mide por los ingresos y por la posición que una persona ocupa en la sociedad.

Esa visión, aunque comprensible, resulta insuficiente. Reduce una vida humana compleja a indicadores económicos y profesionales. Se educa para competir, para producir y para destacar, pero pocas veces se enseña cómo construir bienestar, cómo cuidar la salud emocional o cómo desarrollar relaciones profundas y significativas.

Cuando el éxito se limita al dinero o al estatus profesional, otras dimensiones esenciales de la vida comienzan a verse como secundarias. El ejercicio se pospone porque “no hay tiempo”, la alimentación saludable se sacrifica por la prisa diaria, el descanso se convierte en un lujo y las relaciones familiares o de amistad quedan subordinadas a la agenda laboral. Con el tiempo, muchas personas descubren que han alcanzado metas importantes, pero lo han hecho perdiendo equilibrio, salud o vínculos afectivos fundamentales.

Por eso es necesario recuperar una idea más amplia e integral del éxito. Una vida verdaderamente plena incluye estabilidad económica y desarrollo profesional, pero también salud física, hábitos alimentarios adecuados, tiempo para el deporte, relaciones fuertes y profundas con la familia y los amigos, un sentido de propósito y espacios para descansar y disfrutar de la vida. Ninguna de estas áreas, por sí sola, garantiza la felicidad; la plenitud surge de la capacidad de mantenerlas en equilibrio.

Las nuevas generaciones enfrentan además una presión adicional, viven en un entorno hiperconectado donde el éxito ajeno se exhibe permanentemente. Redes sociales llenas de emprendedores exitosos, viajes espectaculares, ascensos tempranos y estilos de vida aparentemente perfectos generan la sensación de que siempre se está llegando tarde. La comparación constante produce una exigencia silenciosa de obtener resultados extraordinarios antes de los treinta años, como si la vida fuera una carrera que debe ganarse lo más rápido posible.

Tal vez por eso el agotamiento aparece tan temprano. No necesariamente porque los jóvenes sean más frágiles, sino porque están expuestos a una combinación inédita de competencia global, incertidumbre económica y presión social permanente.

La solución no consiste en abandonar la cultura del esfuerzo. La disciplina, la perseverancia y la ambición siguen siendo virtudes indispensables para el desarrollo personal y colectivo. Lo que necesita cambiar es la definición de aquello que consideramos una vida lograda. Educar para la plenitud implica enseñar que trabajar es importante, pero descansar también lo es; que ganar dinero aporta independencia y comodidad, pero la salud no puede recuperarse fácilmente después; que el desarrollo profesional es valioso sobre todo si es parte de nuestro propósito de vida, pero las relaciones humanas requieren tiempo, presencia y cuidado; que el el bienestar emocional son tan importantes como cualquier logro material.

Si las cifras sobre agotamiento temprano nos están diciendo algo, es precisamente esto, ha llegado el momento de ampliar nuestra idea del éxito. El dinero y los puestos importantes pueden ser parte de una vida plena, pero nunca deberían convertirse en su única medida. El verdadero éxito no consiste solamente en llegar más lejos, sino en hacerlo sin perder la salud, la familia, las amistades y la capacidad de disfrutar el camino. Y todas las anteriores no caen del cielo, requieren de trabajo y esfuerzo continuo.

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Director General de Fundación Azteca de Grupo Salinas

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