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La pitaya y su segunda cosecha. ¿Se atrevería a comerla?
Opinión
La pitaya es el fruto de un cactus nativo de México que crece en todas las zonas áridas del país. Este cactus que crece ramificándose desde la base y erecto como tronco de árbol está representado por 23 especies distintas, la mayor parte de ellas endémicas de México.
El fruto tiene una pulpa jugosa de colores intensos que van del rojo al amarillo y tienen una cáscara cubierta de espinasque sirve para que los animales no se la coman antes de que estén maduras. Una vez madura, las espinas caen con mucha facilidad y las aves y pequeños mamíferos pueden comerlas y dispersar las semillas. Esas espinas también las protegencontra la rigurosidad del sol de estos ecosistemas y así pueden retener mejor el agua.
El fruto ha sido una fuente de alimento desde los primeros tiempos de las comunidades indígenas de México, particularmente importante para los grupos nómadas del norte quienes aprovechaban no sólo la fruta fresca, sino también las semillas una vez que habían pasado por su sistema digestivo; la segunda cosecha, le han llamado los estudiosos de estos grupos indígenas.
Esta práctica era particularmente importante en los años de extrema sequía, cuando la caza o la recolección no aseguraban alimento. Así que colectaban también sus heces, separaban las semillas, las limpiaban, tostaban y molían para hacer una especie de pinole o harina que consumían directamente.
Recuerdo haber primero escuchado y después leído de mis colegas antropólogos de Baja California Everardo Garduño y Efraín García, la descripción de esta práctica, que por supuesto puede erizar la piel de unos cuantos si no se conoce la severidad que impone la vida en el desierto.
Hoy las pitayas se sirven como piezas exóticas y se ofrecen como platillos de alta especialidad en restaurantes gourmet de México y el mundo.
Las pitayas fueron el fruto preferido de mi madre. Cada año, a finales de mayo y durante junio, desde que recuerdo mi vida, salíamos de madrugada - para que el sol no nos consumiera -, a la pisca de pitayas.
En la camioneta de mi padre cargábamos cubetas y un par de largos y gruesos carrizos a los que, una vez unidos, les ponía en la punta una espátula y un pico. Así, el pico ensartaba la pitaya y la espátula la cortaba en la base. Con cuidado la depositaba cerca de donde mi madre y yo quitábamos las espinas de la cáscara y acomodábamos el fruto en las cubetas.
Regresábamos a nuestra casa en cuanto el sol arreciaba, y en esas tierras, eso ocurre también muy temprano. Así que el desayuno incluía pitayas frescas, recién cortadas.
Mi madre siguió comiendo pitayas hasta el último verano que vivió; ya no colectándolas como cuando fue joven, sino comprando a las cada vez más personas que las venden en las esquinas de las calles de Hermosillo. Yo con ella, en mis visitas a verla, recorríamos las calles temprano para escoger las más grandes y rojas.
El gusto de madre y el mío por las pitayas, aunque no incluya la segunda cosecha, es parte de mi piel del desierto y también de mi origen indígena.