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Lo que se pierde cuando la boca enferma
Rafael Lozano | Columna Invitada
La boca ocupa un lugar singular en la vida humana. Es la salida de la mente en forma de palabras, pero también la entrada de energía en forma de alimentos y líquidos. Por ella hablamos, reímos, discutimos, cantamos, besamos y nos presentamos frente a otros. Por ella también comemos y bebemos. Los dientes participan en muchas de esas funciones: nos ayudan a masticar los alimentos, a articular sonidos, a mantener la estructura de la boca y a hablar con seguridad.
Perder dientes no silencia una voz, pero puede cambiar la manera en que las palabras salen de la boca y la seguridad con que una persona canta, habla o sonríe. No es sólo perder piezas. Es perder capacidad para comer ciertos alimentos, pronunciar con claridad, sonreír sin reserva o estar frente a otros sin esconder la boca. También puede significar faltar al trabajo por dolor, evitar ocupaciones donde la imagen y la palabra cuentan o participar en una actividad colectiva con una desventaja que nadie debería cargar.
A veces se pierden uno a varios dientes por un accidente. Más frecuentemente la pérdida llega de otra manera: una caries que no se atendió, una encía que sangraba desde hace años, una muela que dolía hasta que la única solución posible fue extraerla.
Un grupo de investigadores de América Latina y el Caribe, encabezado por María Jesús Ríos-Blancas e integrado por especialistas de México, Chile, Brasil, Colombia y otros países de la región, junto con colaboradores de la OPS y la OMS, acaba de poner cifras a esa historia. Su análisis, publicado en The Lancet Regional Health – Americas, revisa las estimaciones de la Carga Mundial de la Enfermedad y, a partir de ellas, analiza lo ocurrido entre 1990 y 2023 en 33 países de la región, con proyecciones hasta 2050.
El trabajo pone el foco en caries no tratada, enfermedad periodontal grave, pérdida completa de dientes y una categoría residual de otras afecciones de la boca. Tampoco intenta explicar por qué una persona perdió los dientes ni demostrar que una política específica funcionó o fracasó. El estudio de la Carga Global de la Enfermedad (GBD por sus siglas en inglés) sirve para otra cosa: describir la magnitud; la distribución por edad y geográfica; así como los cambios en el tiempo.
Según la publicación, en 2023, más de 308 millones de personas en América Latina y el Caribe vivían con alguno de los padecimientos incluidos en el estudio. Es el conjunto de padecimientos más frecuente de la región. No suelen ser letales ni llenar las salas de urgencias, pero acompañan a las personas durante gran parte de la vida.
Si bien es conveniente saber cuántas personas tienen caries o enfermedad de las encías, también es importante conocer cómo cambia el problema con la edad. La caries de dientes temporales predomina en la infancia. La de dientes permanentes acompaña la adolescencia y a los adultos jóvenes. La periodontitis grave gana peso en los adultos, y la pérdida completa de dientes concentra la mayor discapacidad en edades avanzadas. Esto no invalida que se presenten caries en adultos mayores o se pierdan piezas prematuramente.
No son etapas inevitables de una sola enfermedad, pero sí daños distintos que pueden acumularse en una misma boca. La boca no envejece súbitamente. En muchas personas se van sumando enfermedad, atención intermitente, tratamientos incompletos, restauraciones postergadas, piezas que se pierden y soluciones de urgencia. El resultado puede ser alguien que ya no mastica como antes, evita ciertos alimentos, habla con menos soltura o ha dejado de sonreír abiertamente.
Hay una parte de esta historia que se juega todos los días. La higiene bucal —cepillarse con pasta adecuada, limpiar entre los dientes y atender el sangrado de las encías— es una base real para conservar las piezas dentarias. Eso exige educación: aprender desde la infancia qué hacer y por qué hacerlo. Pero también exige promoción en un sentido más amplio: agua, productos al alcance, tiempo, alimentación posible, escuelas que acompañen y servicios a los que se pueda llegar cuando la higiene ya no basta.
El estudio muestra que hay países que lograron reducir con mayor rapidez la caries infantil y otros donde la carga se ha mantenido estable. Hay lugares con menor pérdida dental en edades avanzadas y otros donde el problema es mayor. Pero debajo de esas diferencias aparece una advertencia común: conforme envejece la población, aumentará el número de personas que viven con las consecuencias de perder dientes.
El estudio proyecta que los años vividos con discapacidad asociados a estos padecimientos pasarían de 2.4 millones en 2023 a casi 3.8 millones en 2050. Lo anterior no significa que el riesgo se vaya a disparar en cada edad. Si comparamos las tasas controlando por la estructura de edad, los valores cambian poco. Lo que crece es el número de personas que llega a edades en las que la enfermedad acumulada y la pérdida dental pesan más.
México no es una excepción a esa historia.
Se estima que en 2023 había 8.8 millones de personas que vivían sin ningún diente natural, condición conocida como edentulismo. Entre la población de 20 años o más, este padecimiento representó 10%. Si enfocamos la mirada en las personas de 60 años o más, la cifra alcanza 34.4%: una de cada tres. En este grupo de edad, la mayoría de las personas con edentulismo son mujeres.
No es una rareza clínica ni un detalle de la vejez. Es una forma de discapacidad acumulada que afecta a millones. La pérdida dental no ocurre sólo cuando desaparece la última pieza. Empieza mucho antes: cuando faltan varias muelas, cuando ya no se puede masticar de ambos lados, cuando se dejan de comer ciertos alimentos o cuando una prótesis parcial se vuelve parte indispensable de la vida cotidiana.
Aquí conviene leer con cuidado la cifra. Para el estudio de la Carga Global de la Enfermedad, edentulismo significa la pérdida completa de todos los dientes naturales. Es una definición precisa y útil para comparar países y años. No es una falla del método. Pero mide el extremo del problema, no todo el camino que lleva hasta él.
Quedan fuera de esa cuenta quienes conservan algunos dientes, pero ya han perdido varios; quienes mastican de un solo lado; quienes dejaron de comer carne, fruta dura o semillas porque ya no pueden triturarlas; quienes usan una prótesis parcial o se acostumbraron a comer distinto. Los 8.8 millones de personas sin dientes naturales no son toda la pérdida dental de México. Son su expresión extrema.
Esa precisión importa porque obliga a cambiar la pregunta. No basta con saber cuántas personas perdieron todos los dientes. Hay que preguntar cuántas ya perdieron parte de la función de la boca.
La diferencia no está solamente en quién pierde un diente. Está en quién puede conservarlo, repararlo o reemplazarlo. Quien tiene recursos puede pagar consultas periódicas, restauraciones, tratamientos de encías, endodoncias, coronas, prótesis bien hechas o implantes. Puede seguir comiendo y hablando en mejores condiciones. Quien no los tiene suele llegar tarde, con dolor, y recibe la solución más inmediata: la extracción.
La extracción resuelve una urgencia, pero no recupera la función. Después empieza otra desigualdad: quién puede pagar una prótesis funcional, quién puede ajustarla cuando lastima, quién puede reemplazarla cuando deja de servir y quién termina acostumbrándose a vivir sin ella.
La tecnología moderna sabe cómo reemplazar dientes; lo que no ha resuelto es quién puede acceder a ella. Una persona puede recibir tratamiento para conservar una pieza. Otra puede perderla porque no tenía cómo pagar la atención cuando todavía era posible salvarla. Una puede recuperar la capacidad de masticar. Otra queda con la extracción y el espacio vacío como destino final.
Por eso el sistema de salud no puede aparecer en esta historia como una nota al pie de página.
El estudio no demuestra que haya causado la pérdida dental de cada persona. No podría hacerlo. Pero vuelve imposible esquivar una pregunta: ¿por qué un daño tan frecuente y una discapacidad tan concreta siguen resolviéndose como un gasto privado que cada familia enfrenta como puede?
Ahí empieza la responsabilidad del sistema de salud. Una política de cuidado de la boca tendría que acompañar a las personas durante toda la vida: enseñar y hacer posible la higiene desde la infancia, prevenir y atender caries antes de que terminen en extracción, tratar enfermedad periodontal en la adultez y garantizar, a los adultos mayores, rehabilitación cuando ya se perdió una pieza o toda la dentadura.
No se trata de prometer implantes para todos. Se trata de no aceptar que la extracción sea la solución ordinaria para quien no puede pagar otra cosa. Se trata de reconocer que conservar dientes no es un lujo anatómico ni un capricho estético. Es conservar capacidad para alimentarse, hablar, reír, trabajar, relacionarse y estar frente a los demás sin vergüenza.
El artículo de Ríos-Blancas y sus colegas convierte en cifras un problema que vemos todos los días. Que hemos normalizado. La pregunta para México es si seguiremos mirando la boca sólo cuando duele o si empezaremos a verla antes de que comer, hablar y sonreír se vuelvan una desventaja permanente.
Referencia
Rios-Blancas MJ. Y cols. The burden of oral disorders in Latin America and Caribbean countries from 1990 to 2023 and projections until 2050: a systematic analysis for the Global Burden of Disease Study 2023. Lancet Reg Health Am. 2026 Jun 8; 60:101517. doi: 10.1016/j.lana.2026.101517
*Elmautor es investigador Emérito del SNII. Profesor Emérito del Instituto para la Medición y Evaluación de la Salud. Universidad de Washington. rlozano@uw.edu; @DrRafaelLozano