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El petróleo, Ormuz y México en medio de la tormenta
Irasema Andrés Dagnini | Sextante financiero
La nueva escalada militar en Medio Oriente, con ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán y la respuesta de Teherán, ha devuelto al centro de la escena al Estrecho de Ormuz, el paso marítimo más estratégico del planeta. Por allí transita cerca del 20% del crudo mundial y una proporción significativa del gas natural licuado. La sola amenaza de cierre ha disparado la volatilidad en los mercados energéticos y financieros.
En los últimos cinco años, el petróleo ha mostrado una montaña rusa de precios. El WTI alcanzó máximos cercanos a 120 dólares por barril en 2022 tras la invasión rusa a Ucrania, y mínimos de 47 dólares en 2020 durante la pandemia. Su promedio quinquenal ronda los 75 dólares. El Brent ha seguido una trayectoria similar, con picos de 125 dólares y pisos de 50, promediando unos 80 dólares.
Al cierre de febrero, previo a los ataques en Irán, ambos crudos finalizaron entre 67 y 72 dólares, sin embargo, el domingo, en el mercado extrabursátil, el precio del Brent ya rondaba los 80 dólares y podría superar los 100 dólares si el conflicto se prolonga y se interrumpe el suministro del Estrecho de Ormuz de manera prologada.
El impacto no se limita al petróleo. El oro y la plata se han disparado como refugios de valor, mientras que monedas como el franco suizo y el yen japonés se aprecian. Los mercados bursátiles globales, en cambio, sufren caídas, especialmente en aerolíneas y transporte marítimo, por el encarecimiento del combustible y el riesgo logístico. El gas natural licuado también se ve comprometido: un quinto de las exportaciones mundiales pasa por Ormuz.
Al momento de escribir estas líneas, Irán no ha cerrado formalmente el Estrecho de Ormuz. Las autoridades han declarado que sigue abierto al tráfico comercial, aunque han advertido que los buques de guerra estadounidenses son “objetivos legítimos”. Sin embargo, ataques a tanqueros y la presencia militar han reducido el tránsito y elevado los costos de seguros. La amenaza de cierre total sigue latente.
La voz de la ONU y organismos internacionales
El cierre de un paso internacional como Ormuz plantea dilemas jurídicos. La Convención de Ginebra de 1958 sobre el Derecho del Mar estableció principios de libre tránsito en mares y estrechos internacionales. Posteriormente, la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (UNCLOS) reforzó el concepto de “paso inocente” y “tránsito internacional” en estrechos estratégicos. Un bloqueo unilateral violaría estos marcos, generando responsabilidad internacional y potencial intervención del Consejo de Seguridad.
El Secretario General de la ONU, António Guterres, ha pedido “de-escalación inmediata” y respeto al derecho internacional, advirtiendo que la situación representa una “grave amenaza a la paz global”. Otros organismos han alertado que un cierre prolongado podría conducir a una nueva recesión mundial dada la dependencia de Asia y Europa de los hidrocarburos del Golfo.
El Estrecho de Ormuz ha sido escenario de tensiones recurrentes. En los años 80, durante la “guerra de los tanqueros” entre Irán e Irak, buques fueron atacados y minados, pero el paso nunca se cerró completamente. La sola amenaza bastó para elevar los precios del crudo y justificar la presencia naval de Estados Unidos. Hoy, la situación recuerda esos episodios, pero con un riesgo mayor: ataques simultáneos en Ormuz y el Mar Rojo han creado un “doble cuello de botella” sin precedentes.
En esta ocasión el conflicto podría ser breve, de semanas, aunque existe la posibilidad de que la confrontación se prolongue por meses. En el peor caso, con cierre total de Ormuz, el petróleo podría superar los 120 dólares, elevando la inflación global entre 0.6% y 0.7% y disparando activos como oro, plata y bonos del Tesoro estadounidense. En escenarios más moderados, un cese al fuego podría estabilizar precios del crudo entre 80 y 90 dólares por barril.
Implicaciones para México
Para México, el choque externo se suma a un escenario interno marcado por la violencia del narcotráfico y la presión sobre las finanzas públicas. Un petróleo más caro implica mayores ingresos por exportaciones de crudo, pero encarece las importaciones de combustibles y puede elevar la inflación, afectando a los hogares. Al mismo tiempo, el alza en metales preciosos y combustibles abre oportunidades para el crimen organizado, que ya ha diversificado hacia el robo de hidrocarburos y la extorsión en minería. La combinación de inseguridad interna y volatilidad externa coloca al país en una posición frágil.
El Estrecho de Ormuz es mucho más que un punto geográfico; es el termómetro de la seguridad energética global. Su vulnerabilidad expone la fragilidad de un sistema dependiente de rutas estrechas y de la estabilidad de regímenes volátiles. Para México, la lección es clara: la política energética y la seguridad interna no pueden disociarse. En un mundo donde los precios del petróleo se definen tanto por bombas como por barriles, la resiliencia nacional depende de diversificar fuentes, fortalecer instituciones y enfrentar con decisión la violencia que erosiona la economía desde dentro.