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Música, comunidad y las neurociencias del sentir
Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada
El sábado por la noche regresé a uno de los espacios que más significado tienen para mí: la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Volver a un concierto en la Sala Nezahualcóyotl fue regresar a casa. Esta vez, además, no fui sola. La invitación de dos amigos —un gesto aparentemente simple— terminó siendo parte central de la experiencia.
Compartir la música con otros transforma la vivencia estética. Mirarnos de reojo durante un pasaje particularmente conmovedor, intercambiar silencios y comentarios al salir, amplifica la experiencia de una manera profunda. Hoy sabemos que el cerebro humano no está diseñado para sentir en aislamiento. La experiencia estética compartida sincroniza emociones, activa circuitos de empatía y refuerza el sentido de pertenencia. En un contexto social cada vez más fragmentado, esta sincronía emocional es casi medicina.
La Orquesta Filarmónica de la UNAM (OFUNAM) presentó un programa que podía leerse como una narrativa neuroemocional en tres actos: tres obras, tres estados mentales, tres formas de habitar el cerebro humano.
El concierto abrió con Ethiopia’s Shadow in America (1932), de Florence Price, una compositora cuya vida estuvo marcada por la discriminación racial y de género. Price atravesó episodios de depresión, precariedad económica y una lucha constante por el reconocimiento en un entorno profundamente hostil. Su música encarna lo que hoy podríamos describir como trauma colectivo y resiliencia. Desde la neurociencia, este tipo de obras activa redes vinculadas a la memoria emocional y al procesamiento del dolor histórico —incluyendo estructuras como la amígdala y el hipocampo—, recordándonos que el cerebro no solo conserva memorias individuales, sino también huellas culturales compartidas. Más que representar el trauma, la música de Price lo procesa.
En el marco del Festival Internacional de Piano se interpretó el Concierto para piano núm. 1 en mi bemol mayor de Franz Liszt, estrenado en 1855 bajo la dirección de Hector Berlioz. Esta vez, el piano fue habitado por la pianista mexicana Daniela Liebman, cuya ejecución fue un ejemplo claro de integración extrema entre cuerpo, emoción y mente. Liszt, figura del virtuosismo romántico, vivió episodios de intensa exaltación emocional, relaciones amorosas tumultuosas y periodos de retiro casi místico. Biógrafos describen rasgos que podríamos asociar a una alta sensibilidad emocional y a estados de hiperfoco creativo, propios de lo que hoy llamaríamos un genio neurodivergente.
Desde la neurociencia, Liszt representa el cerebro en flow: una integración excepcional entre la corteza motora, la auditiva y los circuitos emocionales. En estos estados disminuye la autocrítica consciente y aumenta la eficiencia neuronal. El resultado es lo que vimos en escena: un sistema nervioso completo expresándose a través de un instrumento.
La segunda parte del concierto estuvo dedicada a la Sinfonía fantástica (1830), de Hector Berlioz, obra autobiográfica inspirada en su obsesión amorosa por la actriz Harriet Smithson. Berlioz vivió episodios de ansiedad intensa, pensamientos obsesivos y estados emocionales extremos. Su sinfonía puede leerse hoy como una representación musical temprana de lo que entendemos como pensamiento rumiativo, obsesión y estados alterados de conciencia. Desde la neurobiología, estos estados implican una hiperactivación del sistema límbico y una dificultad para modular la respuesta emocional desde la corteza prefrontal. Escuchar esta obra es entrar, por momentos, en la mente enamorada y desbordada de su autor.
Aquí aparece una pregunta central: ¿Existe el cerebro virtuoso? Investigadores como Isabelle Peretz y Robert Zatorre han dedicado décadas al estudio de la relación entre música y cerebro. Sus trabajos muestran que los músicos profesionales desarrollan una mayor plasticidad cerebral, una integración sensoriomotora más eficiente y, en algunos casos, habilidades como el oído absoluto: la capacidad de identificar notas sin referencia externa. Años de entrenamiento intenso, generalmente iniciado desde edades tempranas, transforman de manera profunda la organización y eficiencia de estos circuitos.
¿Y del otro lado? ¿Qué ocurre en el cerebro del oyente, del melómano, de quien no solo escucha sino habita la música? La investigación clínica muestra que la experiencia musical activa circuitos de placer, memoria, regulación emocional y conexión social. Por eso hoy se utiliza como herramienta terapéutica en depresión, ansiedad, trauma y demencias. La música modula el sistema nervioso autónomo, reduce la respuesta al estrés y favorece estados de mayor coherencia emocional.
Nada de esto es nuevo. Mucho antes de las salas de concierto, nuestros antepasados vivían inmersos en paisajes sonoros: el viento, los pájaros, el agua, el fuego. Más tarde crearon instrumentos para acompañar rituales, ceremonias y ritos de paso. La música ha sido, desde siempre, un eje de la vida comunitaria y una forma de organizar la experiencia humana compartida.
En algunas personas, esta experiencia sensorial es aún más intensa. La sinestesia describe cerebros capaces de integrar los sentidos de manera espontánea, de asociar sonidos con colores, de percibir la música de forma corporal o incluso olfativa. Se trata de una variación de la percepción humana que la neurociencia ha estudiado ampliamente para comprender cómo se expande la experiencia sensorial.
Por ello, en la psiquiatría integrativa la música ocupa un lugar terapéutico. Prescribir sonidos, ritmos o melodías que favorezcan estados de calma, regulación o sentido actúa directamente sobre el sistema nervioso y forma parte de intervenciones clínicas cada vez mejor documentadas.
La música trabaja el espíritu y la conexión con uno mismo y con los otros.
Al salir del concierto, acompañada de amigos, algo en mí estaba distinto, más ordenado y más abierto a la vez. Pensé que quizá no necesitamos entender del todo la música, porque el cerebro y el cuerpo ya saben qué hacer con ella.
La música no entra solo por los oídos; entra por el sistema nervioso y, cuando se comparte entre amigos y personas que amas, llega más profundo y puede sanar aún más.
Me encantaría conocer tus dudas o experiencias relacionadas con este tema. Sigamos dialogando; puedes escribirme a dra.carmen.amezcua@gmail.com o contactarme en Instagram en @dra.carmenamezcua.