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Morena a los 15: los problemas de la adolescencia
Roy Campos | Números, Opinión y Política (NOP)
Morena cumple quince años. Conviene precisar la fecha, porque en ella hay una primera lección: en octubre de 2011 Andrés Manuel López Obrador fundó un movimiento, no un partido. Ni siquiera renunció entonces al PRD; de hecho, en 2012 fue su candidato presidencial por segunda ocasión. Sólo después de esa derrota decidió convertir el movimiento en partido, reunió las firmas, las presentó en 2013 y en 2014 obtuvo el registro. Así que, en rigor, el movimiento tiene quince años y el partido doce. La diferencia no es menor: Morena nació como una organización alrededor de un liderazgo y de una causa, y sólo después adquirió la forma jurídica de partido. Buena parte de lo que hoy le ocurre se explica desde ese origen. Lo que siguió es, sin exagerar, el ascenso más rápido de un partido en la historia moderna de México.
Su primera elección fue la intermedia de 2015. Ahí conservó el registro con holgura, con más de 8% de la votación nacional efectiva para diputado federal, muy lejos del 3% que exige la ley, y ganó 14 distritos federales de mayoría. Para dimensionarlo vale una comparación: el PRD, que en buena medida fue su antecedente, no ganó un solo distrito en su primera incursión, en 1991. Superar ese umbral le dio además a Morena el derecho a formar coaliciones, y lo usó en la siguiente elección.
En 2018, con la tercera candidatura presidencial de López Obrador, Morena se convirtió de golpe en la primera fuerza política del país. Junto con sus aliados obtuvo la mayoría en el Congreso, ganó la elección presidencial en 31 de las 32 entidades —sin gobernar entonces ninguna de ellas— y consiguió sus primeras gubernaturas: cinco de las nueve que estaban en juego. Esas cinco hoy son 23 gobernadas sólo por Morena, y con sus aliados tiene mayoría calificada en ambas cámaras. En ocho años de gobierno pasó de ser la novedad a ser el eje del sistema.
Y aquí empieza el análisis que me interesa. Con ese tiempo en el poder Morena no sólo ganó elecciones; cambió el régimen. Tiene cercanía con todas las áreas del Poder Judicial reformado, con las autonomías que todavía existen, con el INE y con el Tribunal Electoral, y con la mayoría de los congresos locales. Del otro lado, los partidos de oposición son hoy poco visibles y, en muchos lugares, testimoniales. No lo digo como juicio, lo digo como descripción: México transitó en menos de una década de un sistema de tres partidos competitivos a uno de un partido dominante.
Y el poder, sobre todo cuando es mucho y dura años, produce siempre los mismos efectos. Los he visto en las encuestas durante tres décadas y los veo ahora. Identifico tres problemas que hoy son evidentes, y que yo llamaría problemas de adolescencia.
El primero es el conflicto con los aliados. El Partido del Trabajo y el Verde fueron indispensables para construir las mayorías, y hoy exigen un mejor trato a la hora de repartir el poder: candidaturas, espacios, presupuestos. Es la lógica de cualquier coalición dominante. Mientras hay un adversario poderoso enfrente, los aliados se disciplinan; cuando el adversario se debilita, empiezan a cobrar.
El segundo es el conflicto interno. Ya no es sólo con los aliados; es dentro del propio Morena, y lo estamos viendo justo ahora, con el proceso electoral de 2027 recién arrancado y diecisiete gubernaturas en juego. Cuando ser candidato de un partido equivale prácticamente a ganar, la verdadera elección se traslada a la interna. Y en esa elección no hay boleta, hay grupos, encuestas, cuotas y, cada vez más, inconformes. Quien pierde la candidatura no se va a otro partido competitivo porque casi no los hay; se queda adentro, pero molesto y resentido.
Esto, por cierto, ya lo vivimos. Le ocurrió al PRI. La diferencia es el tiempo: al PRI le tomó décadas llegar a ese desgaste; a Morena le está tomando años. Hoy todo se mueve mucho más rápido, en la política igual que en la información.
El tercero es el más delicado: la vigilancia. Ser el partido prácticamente único tiene una consecuencia que muchos en Morena no terminan de asimilar: también se convierte en el único observado. Todo lo que hace se revisa, se graba, se comparte y se cuestiona. Y han aparecido evidencias de miembros del movimiento que violaron los dos principios que le dieron identidad, la austeridad y la honestidad. De ahí vienen las acusaciones de corrupción y de impunidad que hoy enfrenta. Para un partido que nació con el discurso de que no eran iguales, cada caso pesa doble.
A eso hay que sumar el contexto que rodea a la presidenta emanada de Morena: presiones económicas por un crecimiento insuficiente, presiones internacionales al quedar en medio de conflictos mayores entre potencias, y un entorno en el que el margen para el error se reduce. Ninguno de esos problemas lo creó el partido, pero todos se le cargan a quien gobierna.
¿Qué significa todo esto en términos de opinión pública? Hasta ahora, poco. Morena sigue siendo con claridad la primera preferencia y su principal fortaleza sigue siendo la debilidad de sus adversarios. Pero los problemas que describo no aparecen primero en las encuestas de intención de voto; aparecen antes, en la confianza, en la percepción de corrupción y en la participación. Son síntomas que se acumulan en silencio y que un día se ven todos juntos.
Como todo adolescente, Morena muestra problemas al llegar a los quince años. Tiene más fuerza de la que sabe administrar, cree que nada la puede derrotar y le cuesta aceptar reglas que antes exigía a los demás. La adolescencia no es una enfermedad; es una etapa. Lo que define a un adulto no es cómo la vivió, sino cómo salió de ella. Esa es la pregunta que Morena tendrá que contestar en los próximos años, y la respuesta no la tendrán sus dirigentes, la tendrán sus votantes.