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El moralismo mata: negarse a crecer

OpiniónEl Economista

Para Marc Pol Admoni

Resulta notoria la eficacia de la propaganda iraní en amplios sectores de la izquierda internacional. No se trata solo de adhesiones tácticas ni de críticas legítimas a Occidente sino de una fascinación que, de momento, suspende el juicio. Como si la complejidad del mundo cupiera en una fábula de liberación en que Irán y sus aliados hacen de agentes emancipadores universales. La ilusión se disipa dos segundos después al ver a quiénes deja fuera: mujeres, disidencias sexuales, artistas, voces seculares o creyentes de otras confesiones. Morir por moralismo consiste en esto: sacrificar la realidad –tal como es– por una droga narrativa.

¿Qué mejor ejemplo de ello que las animaciones pro iraníes que han circulado en semanas recientes? Son piezas que mezclan estética infantil, humor, hip-hop y tecnología avanzada. Generadas con inteligencia artificial, muchas veces en estilo Lego, en ellas Trump y Netanyahu son ridiculizados y derrotados. La trama es simple: Occidente agrede e Irán es la víctima que logra una revancha. En ellas el conflicto se transmuta en animación ligera. La violencia se banaliza y se vuelve fácilmente consumible, sobre todo entre audiencias jóvenes. Estas piezas circulan como sátira o entretenimiento independiente. En realidad, muy hegemónicamente, modelan percepciones a través de una historieta moral que se viraliza como un meme.

Es propaganda que no busca convencer, sino agitar afectos. Y encuentra un aliado inesperado en nuestro clima actual, en que la crítica ha sido desplazada por la resonancia moral. No se trata aquí de negar las violencias de Occidente sino de advertir cómo su denuncia puede volverse un principio de simplificación. Cuando todo se reduce a oprimidos y opresores, la complejidad se vuelve sospechosa. Y el análisis, innecesario. Usando su propio lenguaje moral, la propaganda iraní le susurra coquetamente al oído a la izquierda occidental.

Sorprende la rapidez con la que muchos intelectuales de todo el mundo han desechado sus recursos críticos. Quienes se formaron con los maestros de la sospecha –Marx, Nietzsche, Freud– hoy son discípulos irregulares que desconfían solo muy selectivamente. Es verdad que, contra las advertencias de las feministas iraníes, Michel Foucault se vio inicialmente seducido por la “espiritualidad política” de la revolución iraní. A pesar de la vocación sacrificial que no dejó de percibir en ella, privilegió la insurrección sobre sus consecuencias. Pero a la postre terminó por distanciarse tras la instauración del régimen encabezado por los ayatolas.

Hoy la paradoja es evidente. En gran parte del mundo árabe, Irán no es visto como liberador, sino como una amenaza mucho mayor que Israel. Esta percepción rara vez aparece en el debate occidental. Zineb Riboua subraya cómo, en ciertos círculos, Irán se presenta como fuerza de resistencia frente a Estados Unidos y a esa entelequia denominada el “sionismo”. Tal imagen encaja en marcos anticoloniales familiares. Pero no coincide con la experiencia vivida en Líbano, Iraq, Yemen o Siria. Allí, la presencia iraní ha implicado milicias, captura de soberanía y cientos de miles de víctimas árabes como resultado de sus guerras – por no mencionar los enormes costos para la sociedad iraní. En Líbano, Hezbolá condiciona al Estado. En Iraq, múltiples facciones operan dentro de instituciones formales. En Yemen, los hutíes responden a una estrategia regional. Lo que se presenta como emancipación es percibido como injerencia.

Esta divergencia se agrava con la cuestión de los proxies. No se trata solo de apoyo militar, sino de fuerzas paralelas a los Estados: redes financieras, lealtades políticas, élites dependientes. Desde esta perspectiva, la exportación revolucionaria se vive como dominación indirecta. Una forma de colonialismo por intermediarios. Por eso, para ciertos nacionalismos árabes, Irán representa una gran amenaza. Este dato desecha el análisis occidental, que no logra integrar esta complejidad, acostumbrado a pensar la región en torno al eje binario Israel-Palestina, reduciendo todas las violencias en Medio Oriente a ese conflicto. Al criticar a Israel en nombre del mundo árabe, parte de Occidente termina reforzando lo que para muchos árabes es una enorme amenaza.

Así que la cuestión deja de ser geopolítica para volverse epistemológica. ¿Qué significa pensar en un mundo saturado de moralejas? Kant brinda cierta perspectiva. En ¿Qué es la Ilustración?, define la Ilustración como la salida de la minoría de edad. Es decir, la capacidad de pensar por uno mismo. Devenir adulto implica usar el propio juicio y asumir sus riesgos. La dependencia no se debe a falta de inteligencia, sino a pereza y cobardía. Pensar toma esfuerzo.

Pero hoy, en lugar de pensar, se adhiere. Se multiplican las lecturas que confunden la revolución de los ayatolas o alyihadismo salafista con luchas de liberación, ignorando su violencia autoritaria, segregación y pasión desmedida por el pensamiento único. En este punto la supuesta crítica progre a Occidente converge con discursos del campo reaccionario.

Pensadores como Alexander Dugin describen a Occidente como decadente: sin valores, sin identidad, sin rumbo. Ese diagnóstico puede resonar. Pero su conclusión empuja hacia la autocracia y los mitos de autenticidad. Lo mismo ocurre con la perspectiva islamista, que denuncia el secularismo, el individualismo y la erosión de la comunidad en nombre de la ley religiosa. En ambos casos, la alternativa a la crisis de sentido es la clausura de la diversidad y la incertidumbre. Quienes rechazan el liberalismo, se complacen en dormir con sus propios mayores enemigos.

El moralismo mata. La convergencia no es accidental, pues responde a una transformación más amplia; la política se expresa cada vez más en términos morales. Ya no es mediación, sino identificación. No se argumenta: se toma partido sin más. La distinción entre análisis y adhesión a una causa se diluye, con sus lamentables consecuencias. Bien lo anticipó Theodor W. Adorno: cuando, como decía, ha lugar una “estetización de la política”, el juicio cede a la emoción. Hoy la moralización de los enfrentamientos noveliza, simplifica sin remedio y exacerba las pasiones hasta bloquear el pensamiento.

En tal caldo, la propaganda prospera. No necesita imponerse, encuentra un terreno fértil de antemano. Hoy la propaganda ya no persuade, solo confirma. La saturación de afectos convierte el conflicto en espectáculo, la guerra en videojuego, y la servidumbre en elección. Morir por moralismo es abdicar del juicio, elegir la pureza imaginaria sobre la realidad. Es sustituir ambivalencia por certeza, complejidad por consigna, pensamiento por caricatura. Entonces la crítica deja de comprender se enlista. Hay que ver el entusiasmo con el que tantos intelectuales militantes sienten que la cúspide de su trayectoria ha de consistir en dejar de pensar.

Estaríamos de vuelta en la escena descrita por Günter Grass en El tambor de hojalata. En tiempos nazis, el pequeño Oskar de tres años deja de crecer para no ingresar al terror del mundo adulto. ¿Sucederá algo parecido hoy entre aquellos que optan por limitar su pensamiento para no enfrentar el horror que conlleva la pérdida de sentido –del sentido único– por efecto de la complejidad irreductible de lo que acontece?

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