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Cuando la IA responde ¿para qué ir a la Universidad?
Jorge Alberto Hidalgo Toledo | Columna invitada
Un estudiante puede llegar a su primera clase con una respuesta que obtuvo antes de conocer a su profesor. Lleva una explicación convincente, quizá un proyecto completo. Todavía no sabe qué preguntas merece hacerse. Esa distancia entre disponer de una respuesta y encontrar una orientación vuelve incómoda una interrogante que las universidades necesitan escuchar: ¿qué encuentra una persona entre nosotros que justifique entregarnos años de su vida y una parte considerable de los recursos de su familia?
La pregunta tiene un contexto concreto. La encuesta de HEPI y Kortext publicada en 2026, realizada en diciembre de 2025 entre 1,054 estudiantes de licenciatura de tiempo completo del Reino Unido, encontró que 95% utilizaba IA de alguna manera y 94% recurría a IA generativa como apoyo para trabajos evaluados. Son prácticas declaradas en una población específica; extrapolarlas a México sería improcedente. Aun con ese límite, permiten reconocer una transformación: la conversación educativa puede comenzar antes del aula, bajo mediaciones que la institución apenas empieza a comprender.
Me interesa detenerme en lo que sucede después de esa conversación. Mi hipótesis es que la tensión entre universidad e inteligencia artificial compromete las relaciones mediante las cuales aprendemos a conocer y a participar en el mundo. La cuestión alcanza nuestra posibilidad de construir una voz propia junto a otros y hacernos responsables de aquello que sabemos.
Pensemos en alguien que aprende a leer el cielo. Las estrellas ofrecen referencias cuando se comprende cómo relacionarlas con la posición del observador. Sobre la tierra, reconocer un río exige saber hacia dónde corre y qué ocurre cuando cambia la estación. Orientarse involucra una atención educada por la experiencia. También supone advertir cuándo necesitamos escuchar a quien conoce un trayecto que todavía nos resulta ajeno.
En Old Ways, New People, Tim Ingold desarrolla una concepción de la educación que desplaza el énfasis de la transmisión hacia la atención y la transformación de quienes participan. Aprender implica abrirse a un mundo con el que entramos en relación. Encuentro aquí una clave para pensar la universidad: el conocimiento disciplinar adquiere profundidad cuando modifica lo que somos capaces de percibir. Un estudiante de comunicación comienza a escuchar lo que una entrevista silencia; quien estudia arquitectura reconoce las exclusiones inscritas en una banqueta. El territorio empieza a hacernos preguntas.
Gert Biesta sitúa precisamente en ese encuentro una exigencia educativa: que la persona pueda existir como sujeto de su vida y responder a lo que el mundo reclama de ella. Su planteamiento permite cuestionar una personalización que adapte toda experiencia a las preferencias del estudiante. Hay aprendizajes que comienzan cuando algo interrumpe nuestros deseos. Una comunidad puede rechazar el proyecto que elaboramos para ayudarla. Escuchar sus razones exige revisar nuestra manera de entender el problema.
Ahí se forma una voz. Su singularidad depende de reconocer las palabras recibidas y aprender a responder por ellas. Cada estudiante trae saberes familiares, experiencias que rara vez aparecen en un expediente. La universidad necesita hacer lugar a esas herencias sin volverlas intocables. Algunas nos sostienen; otras conservan prejuicios o han dejado fuera la memoria de quienes no pudieron narrarse. El arraigo se vuelve fecundo cuando permite examinar lo recibido y decidir qué merece continuar.
La IA puede acompañar ese trabajo. Un modelo de lenguaje permite ensayar una pregunta que todavía da vergüenza formular ante el grupo, explorar objeciones o buscar otra explicación. La evidencia ofrece motivos para tomar en serio esas posibilidades. En un ensayo aleatorizado con 194 estudiantes de física de Harvard, Greg Kestin y sus colegas investigadores encontraron mayores ganancias de aprendizaje, en menos tiempo, con un tutor de IA diseñado pedagógicamente que con las sesiones de aprendizaje activo comparadas. El resultado corresponde a contenidos y condiciones delimitados. Su alcance deja abierta la pregunta por la formación que se construye durante años de convivencia universitaria.
Podemos recibir una explicación y volver al encuentro mejor preparados. También podemos dar por terminada la búsqueda. Esta segunda posibilidad me preocupa porque reduce las ocasiones de descubrir que entendimos mal, justificar una decisión ante alguien que discrepa y permanecer en una dificultad hasta reconocer su forma. Es un riesgo que debe investigarse según las prácticas de uso. Convertirlo en diagnóstico universal de deterioro cognitivo sería otra manera de sustituir la indagación por una respuesta cómoda.
La conversación con una IA suele organizarse alrededor de una petición individual, aunque también pueda integrarse en trabajos colectivos. La universidad puede ampliar ese horizonte al poner las preguntas personales en relación con problemas compartidos. ¿Qué ocurre cuando la solución que me favorece perjudica a alguien más? Ninguna fluidez conversacional resuelve por sí misma esa disputa. Hace falta reconocer intereses distintos y construir acuerdos revisables. La formación ciudadana comienza también en ese esfuerzo: aprender que nuestra libertad convive con otras libertades, y que ejercerla nos obliga a escuchar razones que nunca habríamos solicitado a un asistente.
La autonomía intelectual necesita oportunidades para ejercerse. Una síntesis asistida puede convertirse en punto de partida si el estudiante reconstruye sus razones y contrasta sus fuentes. Una propuesta generada necesita confrontarse con quienes vivirán sus consecuencias. Evaluar ese proceso exige observar cómo cambia un argumento cuando aparece evidencia que lo incomoda. La autoría adquiere espesor cuando alguien puede explicar las decisiones de su trabajo y reconocer las aportaciones ajenas, incluida la asistencia tecnológica.
Conviene mirar también quién configura la conversación. La cercanía verbal de un sistema puede hacernos olvidar las organizaciones que establecen sus condiciones de funcionamiento. Su disponibilidad tiene costos y sus respuestas dependen de decisiones de diseño que no controlamos plenamente. Aprender a relacionarse con la IA incluye conocer esos límites, decidir qué información compartir y conservar alternativas. La confianza educativa requiere que podamos interrogar la mediación que nos ayuda a comprender.
La universidad debe aplicarse esa exigencia. Si automatizar ciertas tareas libera horas de trabajo docente, corresponde decidir qué ocurrirá con ellas. Pueden convertirse en tutoría o quedar absorbidas por nuevas obligaciones. Cada presupuesto expresa una idea de persona: cuánto tiempo merece una dificultad que todavía no tiene nombre, cuánto vale acompañar a quien piensa más despacio. Incorporar IA y reducir simultáneamente las condiciones del encuentro puede vaciar la promesa humanista que aparece en el discurso institucional.
El argumento económico merece cuidado. Preguntar por el valor de una matrícula es legítimo. Quien trabaja mientras estudia quizá necesite una certificación breve para sostener a su familia. Esa elección no autoriza a suponer desinterés por una formación profunda. La posibilidad de demorarse en una pregunta está socialmente distribuida. Una universidad comprometida con las personas debería ofrecer trayectorias flexibles y condiciones para regresar, reconociendo que las interrupciones también forman parte de una vida.
Me inquieta que terminemos aceptando una educación dividida: acompañamiento humano para quienes puedan pagarlo y atención predominantemente automatizada para los demás. La IA podría ampliar el acceso a una ayuda antes inaccesible. Precisamente por ello necesitamos evaluar qué oportunidades efectivas abre para participar en comunidades de conocimiento. El ahorro institucional merece examinarse junto con la distribución del tiempo y la atención.
Tampoco basta con reunir personas en un campus. La pertenencia puede reproducir silencios, y una autoridad académica puede desalentar la pregunta que amenaza su prestigio. La comunidad universitaria tiene que sostener procedimientos de crítica y corrección, incluso cuando incomodan a sus miembros. El encuentro alcanza valor formativo cuando permite disentir sin humillación y reconocer un error sin perder la dignidad. Ese cuidado comprende también la posibilidad de enseñar y aprender a distancia.
En un proyecto con una comunidad, por ejemplo, la IA puede ayudar a organizar información y preparar escenarios. Después habrá que escuchar a las personas, devolverles lo interpretado y modificar aquello que no reconoce su experiencia. Ese regreso forma parte del conocimiento. Enseña que comprender a alguien implica aceptar que puede corregir la representación que hicimos de su vida.
Hay una profundidad de esta experiencia que difícilmente cabe en un indicador de rendimiento. Estudiar puede enseñarnos a reconocer nuestra finitud, a agradecer saberes que no producimos y a preguntarnos al servicio de quién ponemos nuestras capacidades. La búsqueda de sentido tiene lugar cuando descubrimos que nuestra existencia importa para otros. Cuidar esa apertura exige respetar la libertad de conciencia y dar espacio a preguntas cuyo valor no depende de una respuesta inmediata. También se aprende a permanecer ante lo que nos excede.
La relación universitaria con las personas debería poder sostener esa experiencia a lo largo de la vida. Que volver a estudiar permita recuperar interlocutores; que cambiar de rumbo no equivalga a empezar desde la intemperie. Juzgaría la incorporación de IA por cuánto contribuye a esas posibilidades, además de examinar la calidad de sus resultados.
Vuelvo al estudiante que llegó con una respuesta. Ojalá encuentre a alguien dispuesto a preguntarle qué ve ahora, qué le falta comprender y ante quién responderá por lo que haga. Un mapa, por elaborado que sea, deja pendiente aprender a reconocer dónde estamos. Hagamos lugar en la universidad para ese aprendizaje compartido. Cuando alguien encuentre su voz, escuchemos qué mundo está dispuesto a construir con ella. Y cuidemos que tenga con quién comenzar.