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El honor de tomar Cuba
Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar
Hay frases que se dicen para pasar a la historia y otras que se dicen para que el psiquiatra tome nota. La del lunes pasado pronunciada por Donald Trump pertenece, sin duda, a la segunda categoría. Desde el Despacho Oval, con esa solemnidad que sólo da el poder cuando se ejerce sin freno ni rubor, el Orate Anaranjado anunció ante los periodistas que para él sería “un gran honor tomar Cuba”. Y lo dijo con la naturalidad de quien comenta que piensa comprarse una corbata roja.
Un reportero que pensó que no escuchó bien, preguntó: “¿Tomar Cuba?”. Y el presidente respondió como quien sabe que la corbata roja combina bien con su traje azul: “Tomar Cuba. Creo que puedo hacer lo que quiera con ella”.
El comentario llegó en medio de una situación particularmente delicada; Cuba atraviesa una crisis energética profunda, agravada por el bloqueo petrolero impulsado desde Washington, que ha provocado apagones generalizados, escasez de combustible y una creciente tensión social.
El acontecimiento genera una analogía: el macho alfa del barrio que presume su valentía anunciando que puede golpear a una mujer que lleva varios días sin comer. El mérito es impresionante: valentía de gimnasio y ética prostibularia.
Trump no se limitó a insinuar la posibilidad. Lo hizo con entusiasmo imperial, tomar Cuba sería, dijo, “un honor”. Es una forma peculiar de entender el honor, palabra que en otros tiempos implicaba caballerosidad, prudencia y respeto. En la versión trumpiana significa, al parecer, quedarse con el territorio del vecino si éste parece lo suficientemente débil.
La historia de América Latina conoce bien esa lógica. Durante décadas se llamó “patio trasero”. Luego, para suavizar la expresión, se habló de “zona de influencia”. Y ahora, en el lenguaje directo del magnate se vuelve, simplemente, “algo que puedo tomar”.
Trump ha dejado entrever desde hace meses esa ambición. Primero vino la captura espectacular del venezolano Nicolás Maduro en una operación militar estadounidense que dejó boquiabiertos a los diplomáticos. Después vino el bloqueo petrolero contra la isla, acompañado de presiones para que el presidente cubano Miguel Díaz-Canel abandone el poder.
La estrategia parece clara: asfixiar primero, negociar después y, si es necesario, “liberar” finalmente. Porque, en la retórica geopolítica moderna, invadir se llama liberar, ocupar se llama estabilizar y bombardear se llama operación quirúrgica.
Trump incluso ha sugerido que la toma podría ser “amistosa”. Esta idea merece un momento de reflexión. ¿Una invasión amistosa? Algo así como un atraco cordial: el ladrón toca a la puerta, sonríe y explica que viene a llevarse la televisión por el bien del propietario.
Es alarmante que los países se conviertan en piezas del tablero personal de un personaje con evidentes rasgos narcisistas —y con una relación tan flexible con la realidad. En su narrativa, los pueblos no aparecen, aparecen los territorios. Cuba deja de ser diez millones de personas para convertirse en una propiedad inmobiliaria caribeña: “tienen buena tierra, paisajes bonitos”, comentó Trump en otra ocasión. Uno imagina al magnate mirando el mapa con el mismo gesto con que evaluaría un campo de golf.
Cuando el líder más poderoso del planeta habla de “tomar” un país como quien presume una hazaña deportiva, el mundo entero entra en una zona peligrosa, la zona donde el capricho personal puede convertirse en política exterior.
La política internacional siempre ha tenido su dosis de cinismo, pero rara vez se había expresado con tanta franqueza. El imperialismo clásico al menos se disfrazaba de civilización. El moderno ya ni se molesta, basta con decir que es un honor.
Alguien debería de decirle al energúmeno inquilino de la Casa Blanca que Cuba no es un condominio en quiebra ni un casino en Atlantic City. La isla tiene una vieja costumbre, cada vez que alguien anuncia que va a “tomarla” termina descubriendo que el Caribe está lleno de huracanes, algunos llevan barba, tienen memoria histórica y alergia a los machos alfa.