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Opinión

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La F1 y la paradoja de la velocidad

José Nery Pérez Trujillo | Estado, Mercado y Sociedad

Existe una idea profundamente equivocada que comparten muchos reguladores: confundir competencia con competitividad. La diferencia parece semántica, pero de ella depende el éxito o el fracaso de mercados enteros. La Fórmula 1 ofrece una de las mejores lecciones económicas para entender por qué algunas regulaciones fortalecen la competencia mientras otras la destruyen.

La competencia es la rivalidad entre participantes. La competitividad es la capacidad de cada participante para superar a sus rivales. No son lo mismo. Un mercado puede albergar organizaciones extraordinariamente competitivas y, al mismo tiempo, sufrir una preocupante falta de competencia. El economista John Hicks lo resumió con una frase memorable en 1935: “la mejor de todas las ganancias monopolísticas es una vida tranquila”. Cuando una organización ya no siente presión de sus rivales, deja de competir de verdad, aunque siga siendo eficiente o rentable.

La paradoja es que muchos reguladores creen que proteger la competencia significa intervenir para corregir cualquier diferencia entre los participantes. La experiencia de los mercados deportivos demuestra que esta intuición suele ser errónea. Lo importante no es eliminar las ventajas, sino impedir que las ventajas se vuelvan permanentes e inalcanzables.

La Fórmula 1 entendió este problema mejor que muchos reguladores de otros sectores. Durante años, los equipos más ricos podían gastar varios cientos de millones de dólares más que sus competidores. El resultado era previsible: la rivalidad se reducía y las posibilidades de éxito quedaban concentradas en unos pocos participantes. La respuesta no fue castigar la innovación ni repartir victorias artificialmente. La FIA estableció un límite presupuestario que para 2025 alcanzó 140 millones de dólares por equipo, con el objetivo de preservar el equilibrio competitivo sin eliminar los incentivos para innovar. Como consecuencia, el campeonato siguió creciendo hasta generar cerca de 4 mil millones de dólares en ingresos, atraer a casi 7 millones de espectadores presenciales y aumentar un 21% sus audiencias en vivo.

La enseñanza es contraintuitiva. La regulación funciona cuando obliga a los mejores a seguir esforzándose, no cuando protege a los menos eficientes de la competencia. En otras palabras, una buena regulación no reduce la intensidad de la carrera; evita que la carrera termine antes de empezar.

El fútbol ofrece ejemplos reveladores. Durante décadas, varias ligas europeas permitieron una creciente concentración de recursos, ingresos comerciales y derechos audiovisuales en unos cuantos clubes. El resultado fue una reducción progresiva de la incertidumbre competitiva. En algunos campeonatos, los mismos equipos acumulan títulos durante largos periodos, convirtiendo el torneo en una confirmación anual de lo que ya todos anticipan. La regulación no consiguió preservar la competencia porque se concentró en administrar el negocio y no en proteger la rivalidad.

La NBA siguió un camino diferente. Sus límites salariales, mecanismos de reparto de ingresos y reglas de contratación restringen la libertad de gasto de los clubes más poderosos. Desde una perspectiva simplista, algunos podrían considerar estas medidas anticompetitivas. Sin embargo, desde la economía de los mercados deportivos ocurre exactamente lo contrario: buscan evitar que unos cuantos participantes conviertan el éxito pasado en una barrera permanente para los demás.

Los economistas deportivos Simon Rottenberg y Walter Neale explicaron hace décadas que el producto que consumen los aficionados no es la victoria de un equipo, sino la incertidumbre del resultado. Un fabricante de automóviles puede eliminar a todos sus competidores; una liga deportiva no puede permitirse ese lujo. Cuando desaparece la incertidumbre, desaparece gran parte del valor económico del espectáculo.

Por eso resulta preocupante que tantos reguladores continúen diseñando reglas sin comprender la naturaleza del mercado que pretenden ordenar. Unas veces confunden igualdad con competencia. Otras, toleran concentraciones de poder que transforman la rivalidad en una mera formalidad. En ambos casos el resultado es el mismo: menos competencia, menos innovación y menos valor para los consumidores.

La verdadera pregunta no es cuánto deben intervenir los reguladores, sino si entienden aquello que están regulando. Porque cuando las reglas convierten la competencia en una ceremonia vacía, ¿siguen protegiendo el mercado o simplemente están administrando su desaparición?

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José Nery Pérez es economista por el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey (Tec de Monterrey) y maestro en Política Pública por la Universidad de Chicago. Tiene 20 años de experiencia profesional en las materias de competencia y regulación, análisis de mercados, planeación y evaluación.

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