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Una explicación al porqué el mundo está loco, loco

OpiniónEl Economista

Hace 25 años, el 11 de septiembre de 2001, un ataque terrorista al corazón financiero y emblema del capitalismo, Nueva York y sus torres gemelas, aceleró los cambios sociales, políticos y económicos que hoy vivimos. Este trágico suceso y la crisis financiera de 2008 (efecto de una desbocada liberación financiera y comercial) explican el fenómeno Donald Trump y un gradual deterioro de las libertades y de los derechos. En México, ese evento lejano y sin aparente relación lo padecemos como cacería de migrantes, declaración de organizaciones terroristas a los cárteles, la virtual ruptura del T-MEC, la obsesión por la seguridad, el acoso a nuestra nación, la guerra contra lo que se considera socialista… Y las redes sociales y la IA intensifican y llevan al límite estos fenómenos. Intentaré dar una visión al gran cambio social, político y económico que presenciamos, que afecta directamente nuestras vidas y estabilidad.

El efecto del atentado terrorista fue el miedo. El temor embargó al imperio, que había ganado la Guerra Fría y era la única opción filosófica, económica y política del mundo: dominaba el pensamiento único. Era la superpotencia. Francis Fukuyama sugería que se trataba de una especie de fin de la historia. El miedo y la impotencia ante lo ocurrido nos arrastraron a lo que hoy es el mundo: Bush hijo creó el Department of Homeland Security (departamento de Seguridad Nacional) para asegurar las fronteras, del que depende el temido antiinmigrante Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE). También declaró ilegalmente la guerra a Irak, mintiendo que había perpetrado los ataques. Así destruyó el frágil multilateralismo que dio el tiro de gracia a la ONU.

Las piezas del antiguo orden liberal han ido cayendo una a una. Otra víctima fue la Organización Mundial del Comercio (OMC), que arbitraba el comercio global y era un freno al proteccionismo que hoy tensa al mundo y amenaza con desembocar en guerras comerciales y más tarde armadas. El sistema financiero también padece los embates: la congelación y los embargos de activos financieros de diversos países por Estados Unidos para impedirles que utilicen sus dólares que guardan en la banca mundial abre la puerta a un nuevo sistema financiero, a la multipolaridad monetaria. Este unilateralismo desmorona la confianza en el dólar: los países se deshacen de los bonos del Tesoro y otros papeles denominados en dólares para comprar oro y plata. Un mazazo al dólar como moneda mundial es el intento de destruir la independencia del banco central (Fed) y manipular las tasas de interés.

Hace poco, Estados Unidos tenía la capacidad de endeudarse casi sin límite. Hoy ya encuentra dificultades. La deuda del país ya asciende a 40 billones de dólares, equivalente a 124% del producto interno bruto (PIB). Por ese pasivo cada año tiene que pagar intereses por 1.4 billones, una cantidad cercana a toda la producción anual de México. Los inversionistas piden cada vez mayores rendimientos para adquirir los bonos del Tesoro estadunidense con los que el gobierno financia sus gastos y el pago de deudas. La desconfianza en el gobierno de este país por el manejo de su deuda y los embargos a los ahorros de otros países, que atenta contra uno de los mitos sagrados del capitalismo, la inviolabilidad de la propiedad privada, ha dañado irreparablemente el sistema monetario basado en el patrón dólar. También limitan la capacidad de endeudarse la liquidación de dólares de muchos países para refugiarse en los metales preciosos, vendiendo sus reservas en dólares. A su vez, muchas naciones con enormes deudas emiten bonos para financiar sus gastos. A ello se suma la competencia de las grandes tecnológicas que emiten bonos para financiar la carrera por la IA.

Los sucesos aquí narrados son inexplicables si se obvia el proceso que se gestó cuando Estados Unidos y otros países decidieron trasladar parte importante de lo que producían para abaratar los costos de sus mercancías. Muchas empresas mudaron su producción a China y otros países de Asia. Las políticas visionarias de los asiáticos para aprovechar ese desplazamiento de las fábricas a sus territorios fueron impulsar la educación, imitar los productos de occidente a precios bajos, apoyar el desarrollo tecnológico y la transferencia de tecnología. El resultado está a la vista: hoy China es una superpotencia, que supera a Estados Unidos en diversos campos. Como resultado, la participación estadunidense en el PIB mundial (en términos de paridad de poder adquisitivo) se redujo a la mitad desde el final de la Segunda Guerra Mundial, de alrededor de 30% a poco menos de 15% en 2025. Por tanto, dejó de ser la potencia dominante y perdió sus dispositivos para dominar.

El traslado de empresas y procesos productivos completos de Estados Unidos a otros países tuvo serias consecuencias internas: parte del país se desindustrializó y quedó desolado, en particular la región conocida como el cinturón del hierro u óxido, que producía metales, automóviles y diversas manufacturas. Muchos empleos se perdieron y el credo neoliberal impidió que hubiera programas para ayudar a los desplazados, así como políticas de industrialización. Ese contexto fue un caldo de cultivo para muchos movimientos antisistema y de repudio a las élites, entre los cuales figuró destacadamente el llamado Tea Party, dominado por grupos evangélicos. Su agenda ultraconservadora se centra en limitar o eliminar los derechos de las minorías raciales, sexuales y culturales para recuperar los valores tradicionales: familia, patria y religión. Ha sido el detonante de las guerras culturales. Es el fruto de la dislocación social causada por la desindustrialización. El rechazo al diferente, al otro, es uno de los efectos del miedo causado por la pérdida del estatus económico y social de quienes perdieron su modo de vida por las políticas económicas y financieras ultraliberales.

El plato estaba servido para que lo engullera un falso mesías. Y los atentados terroristas de septiembre 11 de 2001 allanaron su llegada. El país estaba listo para abrazar y adorar a Donald Trump. Como se aprecia, el trumpismo es un fenómeno subterráneo, de profundas raíces económicas, políticas y sociales, así como ideológicas. Es consecuencia de un cambio radical. El mundo se desdibuja ante nuestros ojos a gran velocidad. Y no volverá. Es un mundo desconocido. Es un mundo incierto. Las antiguas certezas y valores están mutando. Todos estamos extrañados. Todos estamos atemorizados. Nos sentimos a la deriva, jalonados por extrañas fuerzas. La incertidumbre, el miedo y el resentimiento nos embargan y confrontan. Tememos al futuro. Al desaparecer las certezas se debilitan los lazos entre unos y otros: la socialización languidece. Hay una especie de sálvese quien pueda y como pueda. La desconfianza nos paraliza. Ante el temor, abrazamos liderazgos que nos prometen el Paraíso en la tierra con fórmulas ilusorias y simplistas. En este entorno llega una nueva revolución tecnológica que añade incertidumbre sobre nuestro trabajo y estabilidad. Además, potencia las tendencias aislacionistas, narcisistas y la crisis de valores.

Una de las probables tragedias sobre la falta de control social de las empresas tecnológicas lo expresa con meridiana claridad la filósofa y teóloga británica Carmody Grey, en entrevista con el diario El País: La inteligencia artificial (IA) “Concentra el poder, difumina responsabilidad, esquilma la naturaleza, expropia culturas y lenguas con ánimo de lucro y probablemente nos haga más solos y tontos”. Carroll Wainwright, que conoce las entrañas de OpenAI, añade que si la gente empieza a confiar en asistentes de IA como amigos o apoyos psicológicos, “El riesgo de alienación a largo plazo se produce si se obtiene un modelo que es más inteligente que los humanos. ¿Cómo se puede estar seguro de que ese modelo realmente está haciendo lo que el humano desea que haga o que la máquina no tenga un objetivo propio?”. ¿Esclavos de máquinas al servicio del lucro? La humanidad parece estar en muy serios peligros.

El poder que hemos dado a los dueños de la IA para que nos manipulen es inconmensurable. En el mismo reportaje de El País, Mrinank Sharma, jefe de investigación de salvaguardas en Anthropic, dice en su carta de despedida: “El mundo está en peligro. He visto repetidamente lo difícil que es dejar que nuestros valores gobiernen nuestras acciones”. Zoë Hitzig, de OpenAI, publicó un artículo en The New York Times titulado OpenAI comete los errores de Facebook. Lo dejo. Asegura que ChatGPT ha acumulado un archivo de sinceridad humana sin precedentes acerca de miedos médicos, problemas de pareja, dudas religiosas o existenciales porque la gente cree hablar con un ente que carece de una finalidad oculta. En pocas palabras, damos poder a la IA para que nos manipule mediante los sentimientos. Por si fuera poco, algunos de los modelos más avanzados de OpenAI y de Anthropic se han salido de control y hackeado sistemas de seguridad. Asimismo, se han usado con el propósito de crear armas bioquímicas.

Si vemos el ascenso de la ultraderecha en tantos países con agendas fascistas, de exterminio de razas diferentes a las banca, en parte también es efecto de la IA y sus magnates que pugnan por un cambio radical del mundo, donde se borre la pluralidad y la diversidad.

Este ciclo de incertidumbre se cierra con la guerra de Estados Unidos contra Irán. El antecedente de esta guerra ilegal fue otra guerra, también ilegal: el ataque del gobierno de Bush hijo a Irak para destruir un arsenal nuclear inexistente. Mintió. Fue un paso decisivo para destruir el multilateralismo y antecedente de la invasión rusa a Ucrania. Trump se ha encargado de socavar a la ONU y reducirla a un adorno. Como se aprecia, hay una línea invisible entre aquellos sucesos trágicos del 11 de septiembre de hace 25 años y lo que padecemos hoy en día. Por supuesto, en este lapso sucedieron fenómenos que hoy nos marcan y atenazan: la crisis financiera de 2008, efecto de la libertad sin contrapesos de los mercados financieros, que culmina el largo proceso de dejar hacer y dejar pasar (libertad total al capital y represión a los movimientos sindicales y sociales) iniciado en los años ochenta, que desindustrializó a Estados Unidos y otras naciones, que arruinó el modo de vida de millones de personas en todo el mundo. Este proceso se torna más complejo con la revolución tecnológica que genera muchas interrogantes, suma incertidumbre y temor. La civilización está en juego. Solamente la organización social y política nos salvará de un desastre.

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