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La economía compra valor, no promesas
Opinión
Apenas terminó enero y la acumulación de eventos ya equivale, en intensidad, a un semestre completo. El inquilino de la Casa Blanca ha sido un catalizador de sobresalto en todos los frentes, y los factores geopolíticos derivados configuran un entorno de riesgo elevado y poco convencional
Arranquemos por Japón.
Lo que sucede ahí no es menor y podría derivar en un vacío de liquidez de proporciones relevantes. El mercado de bonos de largo plazo está comenzando a poner en jaque la viabilidad del famoso carry trade en yenes.
Durante años, los inversionistas japoneses han sido proveedores silenciosos de liquidez global, financiando activos alrededor del mundo bajo la premisa de un costo de dinero artificialmente bajo. Cuando ese costo se altera, el flujo cambia de dirección.
El capital comienza a repatriarse y deja huecos en mercados que aprendieron a operar con liquidez abundante.
El resultado no es ordenado pues aparecen liquidaciones forzadas y una presión simultánea sobre múltiples activos.
Los mercados accionarios, particularmente el tecnológico, operan con valuaciones exigidas y una concentración extrema. No es solo un tema de múltiplos altos, sino de expectativas apalancadas. Y cuando el entorno de liquidez se tensa, ese tipo de estructura se vuelve frágil.
Desde Washington se habla de tasas al 1 por ciento. La intención es clara: abaratar el dinero. Pero en un país con una deuda históricamente elevada, ese mensaje genera dudas legítimas sobre la sostenibilidad de largo plazo del dólar como ancla de valor.
No es casualidad que el oro haya marcado nuevos máximos. El mensaje del mercado es sencillo: los bonos soberanos ya no compensan. El capital busca refugio en activos tangibles.
La alineación actual de eventos no tiene precedentes recientes.
En paralelo, se abre un frente delicado alrededor de la Reserva Federal. La discusión sobre su conducción futura y su autonomía vuelve al centro del debate. El fin de semana Donald Trump anunció a Kevin Warsh, como relevo de Jerome Powell como presidente de la Fed.
El riesgo no es el nombre, sino la señal: una política monetaria potencialmente más acomodaticia y una institución más permeable a la línea del Ejecutivo.
Estados Unidos mantiene una estrategia de presión comercial agresiva. Los acuerdos que se anticiparon tras el llamado “día de la liberación” no se han materializado y varios socios —Corea del Sur, India y la Unión Europea— muestran tropiezos evidentes. El tono respecto a Groenlandia tensó aún más la relación transatlántica.
En lo interno, demócratas y republicanos vuelven a enfrentar un nuevo cierre parcial del gobierno. A esto se suman fricciones sociales derivadas de la política migratoria, que elevan la temperatura política doméstica. Trump entra en modo campaña: este año se recomponen las cámaras y perder el control legislativo haría irrelevante la segunda mitad de su mandato.
La estrategia es predecible. Nacionalismo económico, estímulos directos al ciudadano —ya se habla de transferencias cercanas a los 2,000 dólares—, esfuerzos por mejorar la asequibilidad de la vivienda y un intento claro de devolver rentabilidad al sector agrícola, golpeado por años de fricción comercial con China y otros destinos.
En el plano geopolítico, el tablero tampoco ofrece claridad. Venezuela sigue sin definición, los roces con la OTAN se intensifican y la presencia naval estadounidense frente a Irán introduce un riesgo adicional que no puede ignorarse. El resultado es un entorno dominado por la confusión.
Un dólar más débil, por diseño, suele impulsar a los commodities denominados en esa moneda. Sin embargo, en el caso de los agrícolas, el contexto es distinto. La oferta global es holgada y Sudamérica está cerca de sumar más inventarios al sistema. El clima sigue siendo un factor a monitorear —las próximas dos semanas son clave—, pero hoy no justifica pánico.
La demanda es eminentemente transaccional. El usuario compra cuando el precio viene a él; no persigue rallies. Al menos, no todavía.
El mundo debate qué monedas valen. Mientras tanto, aquello que cae sobre el pie y duele sigue siendo refugio.
Oro, plata e incluso cobre comienzan a ser vistos como activos de acumulación, no de especulación.
Los mercados son caprichosos. Pero los movimientos tectónicos no pasan desapercibidos. Cuando el régimen cambia, no todos los activos conservan su estatus de refugio.
¿Estás en buenas manos?
La economía global ya no quiere promesas. Quiere cosas que valgan. Y no todos los commodities valen lo mismo en este entorno.
Perspectivas con RMC Alternatives