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Opinión

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Deforestación, impunidad menonita

Gabriel Quadri de la Torre | Verde en serio

Los Menonitas son una secta religiosa – hoy ambientalmente siniestra – que se encubre bajo un manto de sencillez, humildad y tradicionalismo. Provienen del este de Europa; ahí surgieron a raíz de la Reforma Protestante, emigrando después a Canadá desde donde se han expandido rápidamente por México y América Latina. Es una secta conservadora, que en general rehúye la tecnología moderna, y se mantiene refractaria a cualquier influencia exterior; solo admiten matrimonios endogámicos, incluso hoy hablan un arcaico dialecto alemán, y sus miembros tienen un origen étnico similar, en su gran mayoría, germánico. Se organizan en comunidades cerradas, con escuelas propias, y se mantienen al margen de procesos cívicos y políticos locales y nacionales. Los Menonitas parecieran inofensivos con sus simpáticos overoles, camisas de cuadros y sombreros color blanco; las mujeres con vestidos largos, dedicadas enteramente a la reproducción, al cuidado de hijos, a la limpieza de la casa y a la cocina; siempre, con el pelo recogido y oculto debajo de un bonete. Pero no son inocuos. Se han convertido en una de las fuerzas destructoras de la naturaleza más poderosas en América Latina. Todo, con la aquiescencia de gobiernos, y en total impunidad. En nuestro país se asentaron originalmente en Chihuahua, donde llegaron por invitación de Ávaro Obregón a colonizar tierras con potencial agropecuario. Se les admira por su disciplina y dedicación al trabajo, por sus quesos, y por su capacidad de hacer producir tierras inhóspitas. Pero pocos ven su lado obscuro. Su organización religiosa se confunde con su organización comunitaria, con su personalidad jurídica como propietarios o arrendatarios de tierras, y con sus emprendimientos mercantiles agroindustriales, donde emplean frecuentemente a pobladores locales. La individualidad queda subsumida en un todo colectivo. Han desbordado sus posesiones en Chihuahua por su muy alta fecundidad y crecimiento demográfico. Se han expandido hacia la península de Yucatán, y más allá, hasta Belice y Guatemala, a través de un eficaz mecanismo de apropiación de tierras forestales públicas, ejidales, comunales, o propiedades individuales, que son transformadas ilegalmente a explotaciones agropecuarias sin que (misteriosamente) las autoridades intervengan. Esto, aunque en México sus actos sean constitutivos de flagrantes delitos ambientales por deforestación y destrucción de ecosistemas (Artículo 418 del Código Penal) sin mediar permisos de cambio de uso del suelo, ni Manifestaciones de Impacto Ambiental. Para establecer sus nuevas colonias y explotaciones agropecuarias han destruido miles de hectáreas de bosques tropicales en Campeche y Quintana Roo. Sólo en Belice han devastado más de cuarenta mil hectáreas de selvas, incluyendo Áreas Naturales Protegidas como el Corredor Forestal Maya. En Paraguay, Bolivia y Perú la escala de destrucción Menonita es catastrófica: más de cuatro millones de hectáreas, esencialmente en el Chaco y en la Amazonia. No hay quien los detenga. Los Menonitas no adquieren tierras individualmente, sino a través de sus iglesias y fideicomisos, lo que diluye y enmascara las responsabilidades de deforestación. Tienen sus propias uniones de crédito y acceden con facilidad a préstamos bancarios para adquirir tierras y maquinaria. Una vez adquiridas o arrendadas las tierras (en México, a ejidos y comunidades) proceden rápidamente y en total impunidad a destruir los bosques; ninguna autoridad intenta frenarlos o llevarlos ante la justicia, lo cual se dificulta por el enmascaramiento legal de responsabilidades individuales.

Nadie en lo personal es legalmente responsable. Su estrategia de negocio es de gran astucia. Frecuentemente detentan los títulos de arrendamiento o propiedad de tierras a través de sus iglesias y/o de fideicomisos y corporaciones privadas anónimas, gestionadas por líderes religiosos (Vorsteher). Todo esto permite un estricto control social, una expansión continua, un manejo eficiente de recursos, y una mayor certidumbre jurídica, inhibiendo la deserción de individuos o familias. Si bien las tierras se gestionan colectivamente, las familias reciben un documento o título interno similar a un derecho de usufructo. Sólo los Menonitas puros por religión, etnia y pertenencia a una comunidad son elegibles para recibir estos títulos, a cambio de un pago único a los líderes, aunque no tienen valor legal fuera de la propia comunidad, y no aparecen en los catastros oficiales. Este sistema asegura el control colectivo o corporativo de las tierras e impide que alguna familia o individuo pretenda enajenarlas fuera de la comunidad o corporación. No obstante, estos títulos pueden ser aceptados por los bancos como colateral en operaciones de crédito, siempre y cuando estén avalados por la comunidad o la corporación. La comunidad entera lo respalda. Una vez asentadas las nuevas colonias, comienza una estrategia de expansión, no sólo a tierras adyacentes, sino a otras regiones y países, hacia donde viajan emisarios que hacen discretamente la prospección para nuevas cabezas de playa. Hoy en día, viajan regularmente desde México a Belice y Surinam, a la Amazonia peruana y a Colombia. (Me ha tocado conversar con ellos en los aviones). Las utilidades de cada unidad productiva se destinan casi por completo a la adquisición de nuevas tierras a gran escala. Nadie los detiene. En México, la Semarnat, tampoco. ¿Por qué?

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.

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