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Opinión

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El déficit de atención y el estimulante que ordena

Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada

Llegó a mi consultorio un hombre de cuarenta y dos años que parecía ser la estampa del éxito: director de un equipo, gran negociador, cruzaba husos horarios sin despeinarse. Sin embargo, me contaba todo esto con un tono de derrota.

Me platicó de las listas que hacía y perdía, de los proyectos que iniciaba con entusiasmo solo para dejarlos a la mitad, de esa sensación de estar siempre unos pasos por detrás de sí mismo.

Lo que finalmente lo trajo, me confesó, no fue su propio cansancio —a ese ya se había resignado—, sino que semanas antes le habían diagnosticado a su hijo un trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). Al escuchar cómo describían al niño, algo dentro de él se reconoció allí.

El TDAH en México

Al menos un millón y medio de niñas, niños y adolescentes viven con TDAH en México, y la condición acompaña a cerca de la mitad de ellos hasta la vida adulta. La Encuesta Nacional de Epidemiología Psiquiátrica calcula que lo presenta el seis por ciento de la población de entre seis y dieciséis años y que, de todos ellos, apenas el ocho por ciento está diagnosticado y recibe tratamiento.

En los adultos el silencio es todavía mayor. Se estima que entre dos y medio y cuatro de cada cien lo padecen, pero menos del medio por ciento recibe tratamiento. Dicho de otra manera, caminamos todos los días junto a miles de personas que han construido su vida entera alrededor de una dificultad invisible, sin sospechar que tiene nombre ni tratamiento.

El TDAH no es un defecto de carácter, ni una falla de crianza, ni un invento cómodo para justificar la distracción. Es un trastorno del neurodesarrollo. Se trata de un cerebro cuyo sistema de frenos y de prioridades quedó afinado en otra frecuencia. La corteza prefrontal, esa región que dirige la atención, contiene el impulso y decide qué merece nuestro esfuerzo, hace ese trabajo con más fatiga y menos constancia. Así que no es que la persona no quiera concentrarse, sino que el mando que sostiene la concentración se le suelta solo, una y otra vez.

El hallazgo que nadie estaba buscando

La anfetamina se sintetizó por primera vez a finales del siglo XIX y durante décadas no fue más que una molécula olvidada en un cajón de laboratorio. En los años treinta reapareció convertida en un inhalador contra la congestión nasal —la famosa Benzedrina— y la gente no tardó en descubrir, por su cuenta y riesgo, que también servía para espabilar, estudiar de madrugada y no dormir.

El giro decisivo llegó en 1937, en un hospital de Rhode Island. Un pediatra llamado Charles Bradley atendía a niños con problemas de conducta y les dio Benzedrina buscando aliviarles unos dolores de cabeza. Observó que, en lugar de acelerar a los niños, estos se calmaban, se concentraban y mejoraban de manera asombrosa en la escuela. Sin buscarlo, Bradley había abierto la puerta al tratamiento moderno del TDAH, décadas antes de que la condición tuviera siquiera un nombre.

El segundo protagonista apareció en 1944, cuando el químico Leandro Panizzon sintetizó una molécula emparentada: el metilfenidato. Cuenta la historia que su esposa, Rita, lo tomaba para animarse antes de sus partidos de tenis y que de ella heredó el fármaco su nombre comercial: Ritalín. Se lanzó al mercado en los años cincuenta y desde entonces no ha dejado de ser el estimulante más recetado del mundo para esta condición.

Me detengo un momento en lo insólito de todo esto. Aquí tuvimos un tratamiento que funcionó mucho antes de que supiéramos por qué. Primero funcionó, y solo después la ciencia alcanzó a explicarlo.

¿Por qué un estimulante calma?

Y así llegamos a la paradoja que desconcierta a tantos: ¿cómo puede ser que un estimulante tranquilice y ordene a quien tiene TDAH? La respuesta vive en dos mensajeros del cerebro: la dopamina y la noradrenalina, encargadas, entre muchas otras cosas, de la atención y la motivación.

En el cerebro con TDAH, esas señales llegan débiles y entrecortadas justamente a los circuitos de la corteza prefrontal. Es como una estación de radio que uno quiere escuchar, pero que entra con estática. Lo que hacen estos medicamentos es, sencillamente, subir el volumen y limpiar la señal. Cuando por fin la emisora se oye clara, el cerebro puede hacer lo que siempre quiso: sostener la atención, frenar el impulso, terminar la frase. Por eso calma. El propósito del tratamiento no es empujar hacia arriba sin freno, sino devolver el punto justo. La misma sustancia, a dosis altas, agita y, a dosis medidas, ordena.

Las dos familias de estimulantes consiguen esto por caminos distintos. El metilfenidato, dicho sin tecnicismos, pone un tapón a la recaptación: impide que la dopamina y la noradrenalina se retiren tan pronto, de modo que permanecen más tiempo y hacen mejor su labor. Las anfetaminas hacen eso mismo y, además, empujan activamente a la neurona a liberar más mensajero. Son, por decirlo de algún modo, un poco más insistentes a la hora de tocar la puerta.

El botiquín de hoy

El metilfenidato sí lo tenemos en México —como Ritalín, Concerta y el genérico Tradea—, pero es un psicotrópico que exige receta médica y cuyo costo mensual no es cosa menor. De la familia de las anfetaminas, la lisdexanfetamina —Vyvanse— tiene registro sanitario en el país, aunque estuvo fuera del mercado desde enero de 2021 y apenas volvió a comercializarse el 11 de febrero de 2026. El Adderall, en cambio —las sales mixtas de anfetamina, tan populares del otro lado de la frontera—, no se vende aquí.

Y están los no estimulantes, pensados para quienes no toleran los anteriores o no deben usarlos. La atomoxetina actúa sobre la noradrenalina, no es un estimulante, se consigue con receta ordinaria y tiene una peculiaridad que conviene advertir al paciente desde el inicio: puede tardar entre cuatro y seis semanas en mostrar su efecto. Exige paciencia. A su lado figuran otras opciones, como el bupropión, que a veces empleamos fuera de indicación cuando, además, hay un componente depresivo.

El balance

Sería deshonesto de mi parte venderles solo la mitad luminosa de esta historia.

Por un lado, no exagero al decir que los estimulantes están entre los tratamientos más eficaces de toda la psiquiatría. El mayor análisis del que disponemos, publicado en 2018 en The Lancet Psychiatry, reunió ciento treinta y tres ensayos y más de diez mil pacientes, y concluyó que el metilfenidato es la primera elección en los niños por su buena tolerancia, mientras que las anfetaminas rinden un poco más en los adultos.

Del lado de las cautelas, hay que ser igual de claros. Cerca de uno de cada cien pacientes tratados con metilfenidato presenta un efecto adverso serio, y una proporción parecida suspende el tratamiento por esa razón. Los efectos adversos más frecuentes son el insomnio y la pérdida de apetito. En los niños, además, conviene vigilar cuidadosamente el crecimiento. En general, se trata de efectos manejables.

Pero la evidencia sobre el uso a muy largo plazo es más escasa de lo que quisiéramos. Funcionan, sí, y aun así sabemos menos de lo que nos gustaría sobre lo que ocurre después de años y años de uso. A ello se suma el capítulo del abuso y el desvío —el estimulante convertido en combustible de rendimiento en aulas y oficinas—, que bien merecería una columna entera.

El medicamento, aun el mejor indicado, rara vez trabaja bien a solas. Las guías más serias casi siempre lo colocan dentro de un plan más amplio. En los niños, por ejemplo, el entrenamiento a los padres —aprender a estructurar, anticipar y reconocer los logros— suele ser tan decisivo como la pastilla. En los adultos, la terapia cognitivo-conductual y el acompañamiento —lo que hoy llamamos coaching en funciones ejecutivas— enseñan a construir los andamios externos que el cerebro no sostiene por sí mismo.

Hay, además, dos aliados que solemos menospreciar precisamente por ser gratuitos. El ejercicio aeróbico regular mejora la atención y el ánimo, con un efecto pequeño pero real. El otro es el sueño, pues el insomnio y el TDAH se alimentan el uno al otro.

En el terreno de lo complementario pido más cautela, porque es donde más se promete y menos se cumple. Los ácidos grasos omega-3 tienen un efecto modesto y desigual: pueden servir como coadyuvantes —sobre todo en quienes parten de niveles bajos—, pero nunca como sustituto.

Lo integrativo, bien entendido, no consiste en renunciar al fármaco ni en idolatrarlo, sino en apoyarlo, en reconocer que a un cerebro se le ayuda desde varios frentes a la vez —químico, conductual, corporal y ambiental— y que el paciente será siempre mucho más que su diagnóstico.

Una pregunta crucial

Conviven en nuestro país dos verdades que parecerían contradecirse. Por un lado, un subdiagnóstico enorme: millones de personas sin identificar y sin tratar, cargando en silencio. Por el otro, la sospecha —a veces fundada— de que estamos medicalizando en exceso la inquietud, la distracción, la infancia misma. ¿Cómo sostener ambas verdades a la vez, sin caer en la caricatura de que a todos los drogan ni en la de que aquí no pasa nada?

Hace unas columnas les escribí sobre el propranolol y el dilema de medicar la vulnerabilidad. Este tema es su pariente cercano. ¿Dónde termina tratar una enfermedad y dónde empieza retocar un temperamento, o incluso perseguir un mayor rendimiento? Para un cerebro que de verdad lo necesita, estos fármacos le devuelven a la persona el mando que nunca tuvo firme y, con él, una libertad que a veces no había conocido. La pregunta —que les dejo a ustedes y que me sigo haciendo yo misma cada vez que extiendo una receta— es si somos capaces, como sociedad y como pacientes, de distinguir con delicadeza una cosa de la otra.

Aquel hombre de cuarenta y dos años volvió a mi consultorio unas semanas después de empezar su tratamiento. Me dijo, con una mezcla curiosa de alivio y de duelo, que por primera vez en su vida había leído un documento entero de principio a fin sin levantarse. Y que no sabía si llorar por lo bien que se sentía o por todos los años que creyó que simplemente no se esforzaba lo suficiente.

Cuídense mucho,

Ninguna molécula, por sí sola, resuelve la vida de nadie. El medicamento, cuando está bien indicado, abre una puerta —despeja la estática, aquieta el ruido—, pero lo que viene después, el trabajo hondo de conocerse, integrarse y sanar, es un territorio mucho más ancho y mucho más suyo. De ese territorio, y de los caminos menos transitados para recorrerlo, hablo largamente en Tu Viaje de Sanación Psicodélica.

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Carmen Amezcua es consultora, conferencista y experta en psiquiatría integrativa. Tiene más de 17 años de experiencia dentro de la industria farmacéutica y de la salud.

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